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El Nueva York de Alfonso Armada

portadilla 2 19-26-22

Recuperamos uno de los mejores reportajes, atemporales como debe ser con cualquier libro, publicados por nuestra revista y con la mano de uno de nuestros colaboradores. Largo, pero de los mejores.

Por José Ángel Sanz

Es ‘En el Camino’ donde dice Ke­rouac: “De repen­te me encontré a mí mismo en Times Square”. Alfonso Armada dio consigo mismo muchas veces en Nue­va York. Ése era su trabajo, si es que, definitivamente, la literatura es un montón de mentiras que al final dicen la verdad. Armada fue siete años corresponsal allí. Diccionario de Nueva York es su crónica de una ciudad casi engullida por sus propios mitos, ebria de sí misma, excesiva y riguro­sa, una ciudad que son todas y a la vez ninguna, virgen y puta, proyección y mito. Un tratado que recoge fechas y nombres y apila costumbres, ritos, historia y nombres pro­pios. La estruendosa nómina de vida entre el subterráneo metro y todos los ojos puestos en el vacío que viajan en su vientre y las elevadas cumbres del Empire State y el Edificio Chrysler.

Armada edifica una atronadora mole de anécdotas en el filo de la autoconfesión y la obligada revisión de lo que encontraron Lorca, Faulkner, Glucksmann, Capote, Tom Wolfe, Henry Roth, Vila-Matas, Eduardo Lago, Gaspar Tato Cumming. Describe a 1001 atribulados neoyorqui­nos, desde la clase privilegia­da que picotea aburrida con gesto desdeñoso en Tiffany’s hasta los homeless que sólo soportan las noches de in­vierno a la intemperie porque duermen encima de las salidas de vapor de las alcantarillas. Todo en Nueva York es vie­jo y al mismo tiempo pueril.

Asombroso y a la vez esperado. La vida, y el asombro, esperan en el transbordador de Staten Island, pero también en la portada del ‘New York Times’ (“lo leí a diario como una Bi­blia pagana”). En el próximo taxi (“los conductores vienen desde muchos lugares: Costa de Marfil, Bangladesh, Kaza­jstán, Nueva Jersey”) o a las puertas del Madison Square Garden. En el puente de Bro­oklyn, en el hall del Waldorf Astoria o del Chelsea Hotel o en Central Station, donde bulle el magma de una po­blación de ocho millones de voces que late en los cinco barrios: Bronx, Queens, Sta­ten Island, Brooklyn y Man­hattan. ¿El 11 de septiembre? Su sombra reposa en muchas páginas. La cicatriz de la zona cero es imborrable, pero quizá los neoyorquinos, hayan ve­nido de donde hayan venido hasta orillas del Hudson, nun­ca estuvieron tan orgullosos de pertenecer a un lugar que se vive como un talismán que nadie quiere añorar. Armada sabe que el cinismo disminuye el dolor, pero incapacita para el placer. La ciudad también.

El día que la selección españo­la de fútbol ganó el campeo­nato del mundo, el primero de su historia, el Empire State anocheció con los colores de la bandera rojigualda flan­queando su coronilla. Incluso en un país ajeno al deporte de masas en Europa, Manhattan y, por extensión la ciudad que lo cobija, es consciente de su lugar en el mundo. De su co­losal peso simbólico. Como admite el propio autor, quizá Nueva York sea algo parecido al copo de nieve del que habla Cormac McCarthy cuando escribe sobre el lobo. Cuando lo atrapas, lo pierdes. Por eso los guías, los experimentados sherpas se cotizan tanto ante una urbe entre el futuro po­sible y la medida de nuestros sueños. Por eso este libro es tan valioso.

Viaje a la Plaza Tahrir

portada

Ahora que vuelven los egipcios a echarse a la calle para seguir exigiendo lo que es suyo por derecho, recuperamos quizás el mejor viaje que hemos publicado, el de un testigo que estuvo en esa Plaza cuando empezó todo.

Por Alberto Sicilia

Me desperté con el canto del mue­cín. Había aterrizado en El Cairo la tarde del 17 de Febrero, seis días después de la dimi­sión de Mubarak. Después de soportar 30 años de dictadu­ra, podrían haber aguantado unos días más y esperar a que yo llegase. Por pura corte­sía. Aquella primera tarde, El Cairo se había mostrado difícil de descifrar. Al final de cada avenida, dos tanques Abrams cerraban el trafico. Pero las calles estaban llenas de jóvenes paseando, fuman­do shisa y bebiendo té en las terrazas. Los escaparates del Zara atraían más atención que la parafenalia militar.

Emociones encontra­das. Por un lado, la euforia de caminar por rincones que por unas semanas habían sido el centro de la atención mun­dial. Por el otro, la inquietud de no ser capaz de respon­derme a la única pregunta relevante: “Porqué he venido al Cairo?” Los siguientes días serian los más fascinantes de mi vida. Pero en aquel mo­mento, yo no lo sabía. Los transeúntes se detenían para abrazar a los estudiantes que limpiaban las aceras. Co­mencé a sentirme conectado al Cairo hablando con ellos. “He sido egipcio durante 24 años. Pero esta es la primera vez que me siento orgullo­so de serlo”. “Estas calles ahora nos pertenecen, y me siento responsable de ellas”. Por siglos, esta ciudad había sido propiedad de turcos, franceses, británicos, y tres dictadores militares. Cuando llegué frente al hotel, todas las luces estaban apagadas. Llamé varias veces y cuando la puerta se abrió, alguien se abalanzó en un abrazo: “Wel­come, Welcome! Sir, you are our first guest in three wee­ks!” Mohammed, el dueño del hotel, me instaló en la mejor habitación, aunque yo había reservado la más barata. “No extra charge, Sir”.

El viernes 18 había sido bautizado como el “Día de la Victoria”. La jornada para celebrar el éxito de la revolución. Las veinte mil mezquitas del Cairo habían convocado un rezo común en Tahrir Square en recuerdo de quienes murieron durante el levantamiento. Me duché y baje a la terraza del hotel. Alguien más estaba desayu­nando. Samuel había pasado la noche en un taxi, cruzando el Sinaí desde Tel Aviv. Venía a entrevistar a las familias judías que aún quedan en El Cairo. Hasta la guerra del 48, esta ciudad, como las otras metrópolis árabes, de Casa­blanca a Baghdad, había sido hogar de una vibrante comu­nidad hebrea. Hoy, apenas tres sinagogas quedan abiertas.

Hablamos de la ce­lebración en Tahrir. “Should we go together?”, me pre­guntó. La perspectiva de que me asociasen con alguien llamado Samuel Finkelstein y sus dos videocamaras no era la más atractiva. “Cabrón, solo te falta una kippa y la Torah debajo del brazo y ya tenemos el pack comple­to”. Pero yo también estaba solo. Bajamos Kasr Al Nile, la avenida que llevaba de nuestro hotel a Tahrir Squa­re. En los check points, Sam solo mostraba su pasaporte americano. Cruzamos los dos primeros sin ningun proble­ma. En el último, un soldado se puso nervioso: “America! America! Friend of Israel!” Sam, con una sonrisa cautiva­dora, respondió: “I come from California, man. Do you know California, man? In California we hate Jews, man. Khanzeer Suhyooni! (cerdos sionistas)”. Los soldados, que apenas tendrían veinte años, soltaron una carcajada y nos dejaron pasar. Supongo que cuatro mil años de persecución te dan habilidades para sortear estas situaciones. Mientras nos alejábamos, nos acorda­mos de Sacha Baron Cohen en Borat cantando “Throw the Jew down the well”. Cinco días después, volviendo a Tel Aviv, Sam no tendría tanta suerte y pasaría dos noches arrestado en una base militar egipcia.

Tahrir es una plaza de medidas descomunales, abierta sobre el Nilo por el flanco oeste, y rodeada de plomizos edifícios oficiales en las otras direcciones. Old Good Soviet Style. Pero esa mañana, era el escenario de la celebración mas multi­tudinaria en la historia de Egipto. En las miradas, la intensidad de quien sabe que son momentos que recordara para siempre. La euforia de sentirse parte de una victoria colectiva. Pocas generaciones tienen el privilegio de vivir momentos tan singulares en la memoria de una nación. Las conversaciones se repe­tían. “Mira de lo que somos capaces cuando trabajamos todos juntos”. “Si otros países se han desarrollado, porque nosotros no vamos a ser capaces de hacerlo?”. “Para mí ya es demasiado tarde, pero que los chicos tengan la oportunidad de una buena educacion”. “Esto no tiene nada que ver con Israel ni con Irán. Lo único que queremos es un Egipto donde valga la pena vivir”. Las mismas frases en la boca del campesino, del chico que había estudiado en Europa, del taxista, del profe­sor universitario. Días después, Hes­ham, uno de los organiza­dores de las protestas, me explicaría que El Cairo era un mosaico de colectivos que, en el mejor de los casos, se ignoraban. Ahora, la chica con vaqueros y el imán de la mezquita, el vecino cristiano y el musulmán, caminaban juntos en la esperanza de levantar un futuro común. Las protestas fueron un ejemplo de coraje y dignidad, pero la verdadera revolución empieza ahora. Tres semanas bastan para despachar a un dictador. Construir una nueva sociedad requiere décadas, seguramen­te generaciones.

Con veinte millones de habitantes, El Cairo es la ciudad más grande del mundo árabe, de África y de la esfera mediterránea. Los retos que quedan por delante son formidables. La corrup­ción es rampante a todos los niveles: en los hospitales, el medico decide el precio de la bolsa de sangre para una transfusión. El mercado negro representa gran parte de la economía. Sin contratos y sin impuestos, el estado se financia gracias al petróleo y las tasas del Canal de Suez. La religión ha vuelto a ocupar un papel desmedido en la vida social. Hace treinta años, casi ninguna chica en el Cairo vestía hijab. Hoy es casi im­posible ver a una sin él. “Me gustaría ponerme una falda, pero sería una deshonra para mi padre y mi hermano” me decía Alyaa, una estudiante de doctorado. El setenta por ciento de los matrimonios es negociado por las familias. Treinta mil niños viven de la mendicidad en las calles del Cairo, y varios cientos de miles empiezan a trabajar antes de completar la educa­ción primaria. Universidades que un día fueron referencia en Oriente Medio son bazares donde uno puede pagar por su diploma.

Pero nada puede cambiar sin esperanza. Y el aire del mediodía en Tahrir era puro aliento de confianza y determinación. El rezo fue un momento sobrecogedor. A mi alrededor, gente postrada en todas las direcciones, tan lejos como alcanzaba la vista: en la plaza y las avenidas, sobre el puente y las riberas del Nilo. Dos millones de per­sonas en silencio. Miré a Sam, y ví sus lágrimas. Yo tampoco había sido capaz de conte­nerlas. Una explosión festiva siguió al “Allah Akbar” final. Canciones, abrazos y llantos. Imposible moverse entre la multitud, solo podías dejarte arrastrar en la riada humana.

Volví al hotel al atar­decer. Me sentía eufórico. En la terraza, una chica pelirroja fumaba un cigarrillo. Cuando me acerqué, me di cuenta de que estaba llorando. Juci ha­bía llegado al mediodía desde Budapest. Dirige un programa de reportajes en la televisión húngara y venía a entrevistar a las familias de los chicos que murieron en las protestas. Juci también había estado esa tarde en Tahrir. Mientras filmaba, un gru­po de hombres la rodeó, le arrancaron la camiseta y empezaron a tocarla. Alguien se percató de lo que ocurría y consiguió arrancarla de la multitud. Le dije que podía ayudarla a buscar un vuelo y acompañarla al aeropuerto. Entre sollozos, me respondió que no se iba hasta que su re­portaje estuviese terminado. Estuvimos un par de horas hablando de sus viajes. En el ultimo año, había filmado en Gaza, Afghanistan y Etiopía. Había atravesado Burma sin permiso del gobierno, y entrevistado undercover a la oposición en Irán. Aprendí que el pasaporte húngaro es un gran activo en zonas con­flicto, “because nobody gives a shit about Hungary”.

Unos días antes, un amigo me había mostrado una cita de Horacio: “Mix a little foolishness with your prudence: It’s good to be silly at the right moment.” Sentí que aquel era el momento adecuado. “Juci, mira, a mí nunca me ha ocurrido que un grupo de mujeres me rodea­se y tratase de abusar de mi cuerpo. Pero, sinceramente, yo lo hubiese disfrutado”. Se echó las manos a la cara, y me miro a los ojos: “Alberto, no me puedo creer que me hayas dicho eso”. Y le salió una carcajada irrefrenable. Una de esas risas que emanan de lo más hondo, y destierran tensión y angustia. El poder de la risa y la complicidad frente al desamparo. Cuando Sam regresó, bajamos los tres juntos a fumar una shisha en la calle. Había sido nuestro primer día en El Cairo.

En Madrid, Tintín de viaje

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De Tintín y de Hergé a estas alturas hay poco más que contar, salvo que juntos crearon un espejo del mundo por el que todos los lectores viajamos sin movernos de un sillón, como en la muestra ‘Los viejas del reportero Tintín’.