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Mars 500 vale un buen viaje

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“Viajar a Marte es un paso necesario que tenemos que hacer para convertirnos en una especie interplanetaria. Tenemos que expandirnos”. Así de contundente se ha expresado Diego Urbina, uno de los seis participantes en el proyecto Mars500, la primera simulación de un viaje al planeta rojo. Un ensayo de lo que podría ser volar y volver a Marte en el futuro. “Hemos demostrado que el hombre puede volar a Marte”, dijo el francés Romain Charles, otro de los voluntarios. Urbina, que se encerró con Charles y otros cuatro voluntarios durante 520 días en el mayor simulacro de odisea interplanetaria realizado hasta la fecha, cree que la conquista de Marte es vital para el futuro de la humanidad.

Este colombiano de nacimiento e italiano de adopción sueña con convertirse en uno de los primeros ‘martenautas’ de la historia y cree que “si ponemos todos los huevos en una cesta, en este caso la Tierra, las probabilidades de que la civilización humana se acabe son reales“. Aunque el proyecto Mars500 era un simulacro, los seis voluntarios realizaron numerosos experimentos científicos y se comportaron como si se tratara de un auténtico viaje interplanetario, lo que convirtió el experimento en un “éxito”, según los organizadores.

El impacto de la ciencia

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Hay una máxima que no falla nunca: cuanto más dinero se destina a investigación científica y tecnológica, más resultados se obtienen. La ciencia no es como la lotería: no se tira el dinero. Siempre se consigue algo que tendrá un impacto en nuestras vidas. Un baremo mide el impacto de esa ciencia. El impacto del conocimiento científico producido en EEUU está en decadencia: la crisis y la competencia extranjera hace mella. El país, en cambio, quien mejor rendimiento saca a cada euro que invierte es Gran Bretaña, seguido de Alemania. Los mismos de siempre. Pero por algo será.

Según la editorial científica Elsevier, y la consultora Thomson Reuters, Gran Bretaña es el país con el mejor rendimiento científico del mundo, es decir, el mejor cociente entre el impacto (normalizado) de sus publicaciones y los fondos públicos invertidos en su financiación. Gran Bretaña produce el 8% de los artículos de investigación publicados en todo el mundo, pero logra producir el 17% de los trabajos de investigación con más de 500 citas y el 20% de los que tienen más de 1000 citas. Entre 1991 y 2011 pasó del segundo lugar en 1991 al primer lugar desde 2007; Alemania pasó del cuarto lugar en 1991 hasta el segundo en 2010; Francia, en el quinto puesto detrás de EEUU, sigue creciendo y se espera que si el gobierno de los EEUU no hace nada para evitarlo, acabará obteniendo el tercer lugar.

Por cierto, España no se encuentra en buen lugar en esta lista. En 2010 fuimos los novenos por número de artículos, los undécimos por número de citas, pero los trigésimo cuartos por número de citas por artículo. Siempre en el furgón de cola.

 

Reportaje – ¿Icebergs en Galicia?

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Hay una razón por la cual no hay ice­bergs flotando frente a las costas de La Coruña un día de principios de enero… (no es broma): la Corriente del Golfo. Es un poco exagerado pero no deja de ser cierto que de no exis­tir esta corriente de agua ca­liente en el Atlántico Norte el clima del oeste y noroeste de Europa sería muy pareci­do al de las costas siberianas.

Desde hace varios años se teme la desaparición o freno de laCorriente del Golfo que suaviza el clima del oeste y norte de Europa haciéndola más habitable

Su funcionamiento y efectos (ver anexo sobre su sistema de circulación) convierte las islas Lofoten, por ejemplo, en un lugar apto para la vida humana y no un peñasco aplastado por hielos polares perpetuos. Las razones para que el hemisferio norte at­lántico tenga esta bendición que afecta a Groenlandia, Islandia, las Islas Británicas, Noruega y el Mar del Norte, así como (en menor medida) la costa portuguesa, gallega y cantábrica, hay que buscarla en los vientos globales, sobre todo en el ciclo eólico del he­misferio norte que influye en las aguas atlánticas, con una alta salinidad que ayuda (y mucho) a que la corriente o “Gulfstream” no desaparezca.

De alterarse el nivel del agua, su salinidad o los vientos (a lo que hay que añadir la rotación de la Tierra como otro factor más) el clima de la Europa oc­cidental y de la costa oriental de Estados Unidos y Canadá cambiaría para enfriarse. Y entonces surgiría ese terror atávico de muchos especia­listas y agoreros del clima: en lugar de más calor y sequedad, una mini era glacial costera para la zona más industriali­zada y desarrollada del mun­do. Desde que en la agenda mundial entrara el cambio climático con fuerza ha habi­do todo tipo de mitología al respecto, pero, por ahora, el temido deshielo de Groenlan­dia y la alteración siguiente de la corriente no han provoca­do cambios. Por ahora. A cau­sa del calentamiento global, se producen más deshielos en el Ártico y fluye, por lo tanto, más agua dulce hacia el At­lántico Norte.

Si esto conti­núa, en un momento dado sus aguas ya no tendrían el nivel salino necesario (y por tanto densidad) como para seguir su camino en las profundidades y luego ascender. Groenlandia es pues la clave, tanto o más que el resto del casquete polar del Norte. El cambio no sería brusco y apocalíptico como en la película ‘El día de maña­na’, sino que se prolongarían durante unos 100 años. La temperatura bajaría gradual­mente, muchas especies ani­males y vegetales desaparece­rían del oeste europeo y vivir en la costa sería más duro que ahora. No obstante, el factor fundamental de la corriente es el viento, y éste no cambia por el calentamiento, así que quizás mucha gente se esté ahogando en un vaso de agua. Como apunte, el último fre­nazo de la corriente coincide con el fuerte descenso de las temperaturas que hubo en Europa entre los siglos XVI y XIX, la “Pequeña Edad del Hielo” que aisló Groenlan­dia, Islandia y las islas nórdi­cas del resto del mundo. Así pues, será cuestión de esperar y mirar al horizonte desde Fi­nisterre.

Circulación de la Corriente

La corriente del Golfo es una corriente oceánica de baja pro­fundidad que desplaza una gran masa de agua cálida procedente del golfo de México y que se diri­ge al Atlántico Norte. Alcanza una profundidad de unos 100 metros y una anchura de más de 1000 km en gran parte de su larga trayecto­ria. Se desplaza a 1,8 m/s aproxi­madamente y su caudal es enor­me: unos 80 millones de m•/s. La circulación de esta corriente asegura a Europa un clima cálido para la latitud en que se encuen­tra e impide la excesiva aridez en las zonas atravesadas por los tró­picos en las costas caribeñas y de­termina en buena parte la flora y la fauna marina de los lugares por los que pasa. El descubrimiento por parte de los europeos de la corriente del Golfo data de 1513, año de la expedición de Ponce de León, una herramienta perfecta para ser usada por los navegantes españoles en el viaje de ida y vuel­ta al Caribe. Pero el primero que sistematizó su funcionamiento fue Benjamin Franklin en 1786 en su obra ‘Sundry Maritime Observa­tions’, que además trazó el primer mapa oficial.

Ocho años más para la ISS

Estacion Espacial Internacional 2

La falta de dinero por culpa de la crisis ha obligado a los científicos y administradores de las agencias espaciales mundiales a replantearse ciertas cosas allá arriba: una de ellas es la longevidad de lo que hay. Porque no hay dinero para cosas nuevas. Y la primera en dar el paso ha sido Rusia, con la complicidad de la NASA: ha propuesto prolongar ocho años, hasta 2028, la vida útil de la Estación Espacial Internacional (ISS).

La ISS comenzó a operar en 1998 y estaba previsto su cierre para 2020. “Los especialistas tienen ante sí la misión de estudiar una propuesta audaz: cómo garantizar el funcionamiento de la ISS en órbita durante 30 años”, afirmó Alexéi Krasnov, jefe del programa de cosmonautas de la agencia espacial rusa, Roscosmos, durante una reunión internacional sobre astronomía y tecnología en Moscú. Todo un aviso de que la astronomía y la exploración espacial entra en la fase de vacas flacas, de mucho ingenio y de aguantar con lo que hay.

La plataforma podría ser utilizada en el futuro como centro de ensamblaje de los aparatos que realicen vuelos interplanetarios. Polanski considera que la ISS tendrá en los próximos años un papel crucial como trampolín para los vuelos a la Luna, Marte y otros lugares remotos del cosmos. La iniciativa rusa recibió de inmediato el apoyo del director de operaciones de la NASA, Mark Polanski, y de los representantes de la Agencia Espacial Europea (ESA), según las agencias rusas. Es decir, que nadie da un paso así si no es con la aquiescencia de sus socios en este gran proyecto. El gesto positivo de Japón también iba implícito.

Esperando el Big One asiático

Chile

Después de los dos tsunamis provocados por terremotos que han asolado Asia en los últimos diez años, hay que tener muy en cuenta de que sigue la amenaza del llamado Big One asiático, vinculado a la actividad del Cinturón de Fuego del Pacífico, la gran cadena de volcanes que de entrar en erupción podría cambiar todo el planeta. Reportaje sobre ese Big One, publicado antes de que Japón fuera sacudido mortalmente.

Por Luis Cadenas Borges

Un megaterre­moto de al me­nos 8.5 grados en la escala de Richter y con el potencial de formar un tsunami tan letal como el que mató a 226.000 personas en 2004 se gesta junto a la isla indonesia de Sumatra, según varios científicos. Otro mucho más al norte, pero vinculado, arrasó el noreste de Japón este mismo año y provocó miles de muertos. Con la comunidad internacional des­bordada por la tragedia humana de Haití, sismólogos y geólogos de Estados Unidos, Indonesia y Reino Unido han coincidido en subrayar que un sismo de gran­des proporciones va a castigar de nuevo el Sudeste asiático. “Hay una gran probabilidad de que se produzca un gran terremoto con una magnitud de más de 8,5 en las (islas) Mentawai, junto a Su­matra.

Y es muy posible que ese seísmo provoque un tsunami”, aseguró el sismólogo indonesio Fauzi, director de la Agencia Meteorológica y Geofísica de In­donesia (BMG). Un movimien­to telúrico de gran magnitud y epicentro próximo al litoral puede generar una ola gigante que arrase las pobladas costas de Sumatra y cause decenas de miles de víctimas. En concre­to, McCloskey apuntó que una de las zonas más proclives a ser devastada es Padang, capital de la provincia de Sumatra Occi­dental, con una población de un millón de habitantes y que fue parcialmente destruida en el seísmo de magnitud 7,6 que el pasado septiembre mató a, al menos, 1.100 personas. El de 2004 mató a unas 226.400 personas y dejó varios millones de damnificados en 13 países hace algo más de cinco años. “La amenaza de un fenómeno así es clara y la necesidad de tomar ac­ciones urgentes para mitigar (el impacto) es extremadamente importante”, añadió el experto, muy reconocido en su ámbito tras prever con dos semanas de anticipación el seísmo de marzo de 2005 en la isla de Nias, al oes­te de Sumatra.

El epicentro del futuro cataclismo, según Fauzi, McCloskey y otros colegas, se situará bajo la pequeña isla de Siberut, en las Mentawai, un apartado archipiélago al oeste de Sumatra con un extenso histo­rial sísmico. Atraviesa su fondo marino la falla de Sonda, donde colisionan las placas tectónicas indoaustraliana y euroasiática, una de las fracturas más activas de la corteza terrestre. Según las investigaciones de McCloskey, la región sufre, de media, un gran terremoto cada dos siglos y la falla lleva acumulando ten­sión desde 1797, el último gran seísmo, por lo que concluye que está “a punto de romper”.

La cuestión sobre la que ningún experto se atreve a pronun­ciarse con exactitud es cuándo se producirá la catástrofe. “Lo más probable es que se produzca en las próximas décadas: en los próximos 30 segundos o dentro de treinta años”, aseguró Kerry Sieh, director del Obser­vatorio Tierra de Singa­pur. Tras coin­cidir en el diagnóstico, los sismólogos apuestan por que los gobiernos centrales y regionales se prepa­ren para minimizar el número de víctimas entre la población. “Lo verdaderamente importante no es saber cuándo ocurrirá ese me­gaterremoto, sino prepararse. La mayoría de las muertes se produ­ce por el derrumbe de edificios, los corrimientos de tierras y los tsunamis. Ahí es donde hay que incidir”, aseguró Fauzi.

El Arca vegetal

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Noruega alberga en este archipiélago el mayor depósito aséptico de semillas y ADN vegetal del mundo, “por si acaso”. Fue uno de nuestros primeros reportajes de Ciencia y uno de los más peculiares de todos.

Por Luis Cadenas Borges

Primavera de 2010, arranca la rueda de la previsión humana. Holocausto, guerra, me­teorito, fusión de los polos… no importa, mientras haya plantas, habrá vida. Y mien­tras haya semillas, habrá plan­tas. Siguiendo esta cadena ló­gica, los científicos noruegos diseñaron años atrás, con apo­yo de organizaciones interna­cionales, el mayor silo pro­fundo de semillas del planeta, pensado para albergar hasta tres millones de esas pequeñas piezas de relojería natural que podrían germinar de nuevo en el futuro para salvarnos. Porque, ya sin ciencia-ficción, ésa es la razón por al que se creó el Banco de Semillas de Svalbard, en el corazón del ártico escandinavo. En­terrado en la dura roca del norte, sería capaz de soportar incluso el impacto directo de una pequeña cabeza nuclear. Su característica esencial es la resistencia: el silo incluye dos estancias excavadas en la roca arenisca a 130 metros por debajo del nivel del mar a las cuales se accede por un túnel de 120 metros de largo, todo recubierto con paredes de hormigón armado, diseñado todo el entramado para resis­tir durante al menos 100 años la fuerza de tsunamis y terre­motos, bombas, invasiones de virus y hasta un aumento del nivel del mar por culpa del calentamiento global. Las muestras se conservarán a una temperatura de -20° y -10° mediante un sistema de refri­geración, pero incluso en caso de una caída del sistema ener­gético se mantendrían a -6° gracias al ambiente natural de la propia estructura, protegida por una gruesa capa de perma­frost o hielos perpetuos.

Se­gún el jefe y padre del proyec­to, Cary Fowler, director de la Fundación para la Diversidad de los Cultivos Globales, este silo es el “mejor congelador del mundo”, y también el más caro: más de dos millones de euros y varios meses de tra­bajo sirvieron para poner en marcha este cinturón de se­guridad para la Humanidad. Y detrás, la FAO, la principal institución alimentaria del planeta, dependiente de la ONU y que ha puesto todo su afán en esta particular Arca de Noé vegetal. Es difícil ima­ginar un lugar más idóneo que la tierra helada de Sval­bard para albergar este banco mundial de semillas. Por una parte, se trata de un lugar re­moto, alejado de cualquier conflicto. De hecho, existe un tratado internacional por el cual se considera una zona desmilitarizada. Además, las condiciones de permafrost en la zona, y el hecho de que la roca de la montaña escogida para su ubicación se mantiene fría las 24 horas durante todo el año, convierte a la bóveda en una especie de congelador natural. Y su principal misión no es otra que garantizar,a toda costa, que la biodiver­sidad natural se mantenga: en perspectiva, para cuando se lleno y albergue más de 4 millones de semillas, será el almacén garante de que todo vaya bien. De hecho la úni­ca amenaza por las Svalbard, zona libre de grandes movi­mientos sísmicos y volcáni­cos, y totalmente desmilitari­zada, son los osos polares. Más allá de eso, sólo hielo, frío y ciencia. Y nuestro futuro.

¿Neutrinos por encima de la velocidad de la luz?

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El CERN anuncia que en varios de sus experimentos, un haz de neutrinos lanzado superó en 60 nanosegundos la velocidad de la luz, lo que equivale a romper uno de los puntos vitales de la teoría física desarrollada por Albert Einstein a principios del siglo XX.

Por Luis Cadenas Borges

Todo un signo de los tiempos: la petición de estado para Palestina coincide casi al unísono con la mayor noticia de los últimos diez, veinte o cincuenta años. Es algo tan grande por sus implicaciones que casi nadie se ha dado cuenta. Aparece, sí, con fuerza, en muchos digitales y medios de comunicación tradicionales, pero el común de los ciudadanos lo ve como una simple anécdota. Falso, muy falso, porque de demostrarse lo ocurrido en el CERN, que un experimento con neutrinos ha conseguido superar la velocidad de la luz, contra la Teoría de la Relatividad de Einstein, dejaría lo de Palestina en un simple gorgorito. La gran precaución sobre el tema es normal en la ciencia, donde cualquier cosa que pueda ser un descubrimiento rompedor, especialmente si da la vuelta a líneas de pensamiento bien establecidas, es siempre probada y comprobada por otros investigadores. Porque así es como funciona el Método Científico, no a golpe de creencia porque sí.

Científicos de todo el mundo han señalado que el descubrimiento de unas partículas subatómicas que parecen viajar más rápido que la luz podrían obligar a replantear las teorías sobre el origen del universo, pero que primero hay que confirmar los hallazgos de forma independiente. El instituto de investigación del CERN, situado cerca de Ginebra, indicó que sus mediciones durante tres años han mostrado que los neutrinos lanzados a un receptor en Gran Sasso, Italia, alcanzaron los 60 nanosegundos más deprisa que la luz, una diferencia mínima que sin embargo podría socavar la teoría de la relatividad diseñada en 1905 por Albert Einstein.

Según recoge Reuters, la comunidad científica ha reaccionado con un “sí, vale, pero…”, que demuestra que van a ir con pies de plomo porque el resultado ha tocado de lleno uno de los pilares de la Física moderna, la teoría de Einstein para explicar el universo en sus niveles más grandes. Las reacciones van desde la de Stephen Hawking (“Es prematura hacer comentarios sobre esto. Se necesitan más experimentos y aclaraciones”) a los del astrofísico Martin Rees (“Las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y esta es una afirmación extraordinaria”). La profesora Jenny Thomas, que trabaja con neutrinos en el cordial competidor del CERN, el Fermilab de Chicago, comentó: “El impacto de esta medición, si fuera correcta, sería enorme”. El propio director de investigación del CERN, Sergio Bertolucci, dijo que si los hallazgos se confirman – y es probable que al menos dos laboratorios distintos empiecen a trabajar en ello en un futuro cercano – “podría cambiar nuestra visión de la física”.

La Nueva Gaia

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La astronomía y la astrofísica, en ple­na fiebre del oro que supondría encontrar planetas extrasolares capaces de albergar vida en otros sistemas solares

Por Luis Cadenas

Es la imagen defi­nitiva del triunfo de la Humanidad: una nave espacial en la que viajan seres humanos llegando a un planeta donde no necesitan escafandra, don­de hay agua e incluso algún tipo de vida vegetal o animal que permita establecer una base permanente e iniciar la colonización de una Tierra 2, Nueva Gaia, Nova Terra o como quieran llamarla. Es el horizonte final de un sueño de exploración científica con vistas a la expansión de ese virus llamado Humanidad por toda la galaxia. Sería, ade­más, la versión más aceptable de los tres niveles de coloni­zación del espacio. El primero serían las estaciones espacia­les gigantescas que reprodu­jeran, gravedad incluida, las condiciones ambientales de la Tierra. Algo excesivamen­te caro y difícil de imaginar con la actual tecnología. Segunda opción: crear estaciones fijas en lunas o planetas donde, aprovechan­do la energía solar, térmica o atmosférica de ese lugar, se pudiera crear una base autó­noma capaz de reciclar agua, oxígeno y alimentos. Tercera opción, encontrar por arte de magia un planeta extrasolar similar a la Tierra. Habría una cuarta, insinuada en algunas pelícu­las de ciencia-ficción, y que sería “terrificar” un planeta, es decir, tener una tecnología tan avanzada que fuéramos capaces de crear atmósferas permanentes para el sosteni­miento de la vida humana. Algo igualmente lejano de la realidad tecnológica actual.

Pero como siempre, serán las máquinas las primeras en llegar. Decía un astrofísico recientemente que lo prime­ro que verán los supuestos extraterrestres, en algún planeta supuestamente viable para la vida humana, serán nuestros Mecas, los super robots enviados desde la Tierra. La primera imagen de la Humanidad serán las má­quinas que llegaran como avanzadilla, pacífica o violenta. Pero para eso hay que encontrar planetas extraso­lares, un horizonte de explo­ración mucho más barato y que se ha convertido en estos años en un auténtico reto, un desafío y competición entre científicos de todo el mundo. Cerca del 25% de las estrellas semejantes al sol podrían te­ner planetas parecidos, más o menos grandes que la Tierra. Durante años un telescopio como el Keck de Hawaii, al servicio de la NASA, ha ex­plorado más de 160 estrellas “amarillas” (como el Sol) y “enanas rojas”, las más via­bles de permitir la vida cerca de ellas y no carbonizarlas o congelarlas. Y el resultado del estudio ha dejado pasmado al público y ha hecho sonreír a los astrónomos que llevan años diciendo lo mismo: un 1% tiene planetas gaseosos gigantes del estilo de Júpiter; otro 7% poseían planetas similares a Neptuno, gigan­tes rocosos con una pesada y densa atmósfera; y finalmen­te, otro 12%, planetas deno­minados supertierras por su tamaño (de tres a diez veces la masa de nuestro planeta). Siguiendo ese ritmo, calculan que hay al menos un 23% de posibilidades de que haya Tierras ahí fuera, orbitan­do algún sol, a la distancia suficiente para que la tempe­ratura no sea muy alta ni muy baja (problemas de Venus y Marte, uno demasiado calien­te y tóxico y el otro demasia­do frío cuando no recibe luz solar).

Actualmente sólo 22 de las estrellas investigadas tienen comprobada, por el rastro radiométrico, de luz o por pura deducción matemá­tica, la existencia de planetas en órbita. Por ahora, y salvo la última noticia (desmentida luego por otros científicos) de que se había hallado una supertierra habitable, apenas hay 33 cuerpos planetarios reconocidos. Hay otros pla­nes, como el proyecto Kepler, que busca en 150.000 estre­llas el rastro de un planeta, y el cálculo es de al menos 100 planetas similares a la Tierra. Otra cosa es que sean habitables, tengan atmósfera y puedan colonizarse dentro de mucho tiempo debido a la increíble lejanía a la que se encuentran. Por ahora sólo tenemos una carta de la baraja: el Gliese 581 g, que orbita en la zona “templada” la enana roja Gliese 581. Habrá que tener paciencia, pero la carrera empezó hace nada y el hallazgo de una hermana gemela de la Tierra, con pruebas fehacientes, sería un golpe de efecto increíble para nuestro futuro como especie. De momento siguen adelante los métodos, desde la medición de la radiación solar de un cuerpo físico a los infrarrojos y las coronografías (medición de la corona de luz solar de un cuerpo). Soñar no cuesta, así que…

Y Stephen Hawking dijo NO

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En septiembre del año pasado Ban­tam Dell inició la distribución del último libro de Stephen Haw­king, coro­lario una gran coz en el cora­zón de los creyentes. Se titula ‘The Grand Design’, algo así como “el gran diseño”.

Resu­men para legos: el Big Bang, es decir, la gran explosión inicial del universo, fue “una consecuencia inevitable” de las leyes de la física y que el cosmos “se creó de la nada”. Es decir, que Dios no es nece­sario para la creación. Aparte de esto, y quizás con el retro­visor puesto en la necesidad de publicidad, Hawking dio otra muestra de por qué la ciencia es un bisturí que ha dejado por el camino muchos cadáveres. El logos frente al mito, el conocimiento empírico frente a la creencia ciega de la Fe. No deja de ser este libro una depuración de su obra más famosa, ‘Breve historia del tiempo’, una nueva ola en la que el uni­verso es un ente “autoconte­nido” que se produce por el devenir de unas leyes físicas generales. Como una dinamo que se pone en marcha y ya no puede detenerse. Es decir, que la presencia de un ente creador no es necesaria.

La necesidad de Dios es un aspecto que ha sido introdu­cido en casi todas las teorías filosóficas, hasta que los Cambios del siglo XVIII y XIX dieron al traste con Dios y todo su fondo ontológico. Los temas de siempre eran el Yo, el Mundo y Dios, pero que quedó reducida al Yo y el Mundo, y finalmente, en el siglo XX, al mismo lengua­je que usaba la filosofía. Al margen, la ciencia siguió su propio camino y eliminó todo aquello que no fuera explica­ble. La gran pregunta, el pul­so, quedó reducido al sí, el no y la posición Allen, por Woo­dy Allen. “Sinceramente, no sé si Dios existe. Si hay algo más después de morir lo veré, para bien o para mal, y si no, pues no seré nada y no habrá de qué preocuparse, ¿no?”. A fin de cuentas es una lucha esteril: el racionalismo no encuentra forma de negar a Dios, y lo ha intentado, pero tampoco encuentro métodos o formas para afirmarle. La Fe, en cambio, es incapaz de ofrecer explicaciones certeras sobre la existencia de Dios. Así pues, Dios es una gran incógnita irresoluble, y lo de Hawking, una gran maniobra publicitaria.

Ahora bien, des­de que lo dijera las legiones de creyentes le han quemado vivo en muchas tribunas, desde la prensa conservadora (‘La Razón’, ‘Abc’ y el resto de diarios y emisoras ultras españolas) y desde una iglesia con “i” minúscula que no es capaz de hacer otra cosa que atar en corto lo que puede. Según Hawking, el universo se explica por una serie de teorías que no están unifica­das; no obstante, cada una de ellas explica una parte de la realidad pero da una imagen general deformada: es decir, que no hay aún una respuesta global a todo el conjunto de preguntas. Según estas teorías, la creación y contracción de los mundos posibles ha sido abundante, de tal forma que casi sea un acordeón sucesivo en el que, efectivamente, no hace falta una chispa primigenia, que era el clavo al que se agarra­ban los creyentes.

A los que les importe ser coherentes y con base, quiero decir. No obstante, hay muchas críticas desde su publicación, y no de los guardianes de la Fe, que a fin de cuentas no importan. Son las críticas de los cientí­ficos y de los que no se dejan llevar por un pulso que ni les va, ni les viene. Y muchos de ellos en el universo de inter­net, donde han destripado el libro. Nos fijamos en varios de ellos, y en todos hay un nexo común: la idea de que el libro es más de divulgación que de teoría, y por lo tanto hay regusto a poco, a que ya no es un libro de postula­dos sino de opiniones. Una certeza es que no hay de­mostración matemática, sólo discurso argumentado: esto es, mucho ensayo divulgativo y nada de demostración. Aún así, mejor esto que cualquier otra cosa. Como que la Tierra es plana, por ejemplo.

Corrección sobre la edad lunar

Sin título

Una roca traída del satélite terrestre por los astronáutas de una de las misione Apollo de la NASA ha permitido recalibrar la edad del satélite: no es que sirva para muchas aplicaciones civiles, pero ayuda a comprender mejor la evolución del Sistema Solar y de la relación con la Luna, que influye, y mucho, en mareas, comportamiento animal y ciclos vegetales. En realidad la Luna es 200 millones de años más joven. La hipótesis más aceptada hasta ahora era que la Luna nació como resultado de la colisión de otro planetoide con la Tierra, no directo sino tagencial, de tal forma que parte de la corteza terrestre fue lanzada al espacio, pero no lo suficientemente lejos como para escapar de la atracción gravitacional del planeta.

La forma de llegar a esa nueva convicción es sencilla según los medios: “Los datos que se han recabado con sondas orbitales indican que en un principio hubo allí un océano de magma, cuyas evidencias son minerales como la plagioclasa, que cristaliza en la parte superior del magma. James Connelly, del Museo de Historia Natural de Dinamarca, y Lars Borg, del Lawrence Livermore National Laboratory de California, publican en la revista ‘Nature’ que la plagioclasa lunar que hay en las rocas lunares no confirman claramente esa historia, dado que tendrían apenas 4.360 millones de años, lo que indicaría que se formaron unos 200 millones de años después del Sistema Solar, y no unos 30 millones de años más tarde, como se pensaba“. Según los investigadores, este ‘rejuvenecimiento’ lunar significaría que el impacto con el cuerpo estelar ocurrió más tarde, o que no hubo en sus inicios un océano de magma que cubría su superficie. “Esta nueva datación del satélite podría cambiar su historia geoquímica“, apuntaba Richard Carlson, otro de los miembros del equipo.