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‘El proceso’ kafkiano en el cómic

El proceso cómic

¿Quién dijo que Kafka no era adaptable? Desde años atrás sus libros se han convertido a los cánones de dos artes enlazados: el cine y el cómic. En el último caso, tenemos la enésima adaptación de ‘El Proceso’, una obra que ya ha visto la luz en muchas ocasiones. La nueva obra, publicada por la editorial Sins Entido, lleva la firma de David Zane Mairowitz, que se ocupa del guión, mientras que las ilustraciones corren a cargo de Chantal Montellier.

Publicada en 1925, después de la muerte de Kafka al igual que todas sus novelas, ‘El Proceso’ es una parábola de la ineficiencia, la corrupción, la injusticia y sobre todo de la absurdidad de la burocracia, como un gran laberinto donde lo que manda es seguir las reglas contra toda lógica y realismo. Ha tenido adaptaciones al teatro, al cine, a otras novelas, a la televisión (uno de los capítulos de ‘El joven Indiana Jones’ usaba el ambiente de la novela para reírse de la burocracia) y al cómic, donde el protagonista principal, Joseph K, es asombrosamente clavado al propio Kafka, una forma de hilvanar obra y autor.

Goya se hace cómic

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Diego Olmos, habitual ilustrador y dibujante de DC Cómics, de Nueva York, pasa la frontera de sus obligaciones para fantasear y obsesionarse con una figura en sombra. Su novela gráfica ‘Goya’ (Ediciones B) es un canto a las Pinturas Negras, a la locura, la sordera y la finca en la que Goya elaboró esa segunda etapa de su obra que es, de paso la más fascinante de todas. En realidad, ‘Goya’ establece una teoría sobrenatural sobre el origen de ese fabuloso tenebrismo de última época que tanto marcó la historia de la pintura a posteriori.

“Se desconocen los motivos que llevaron a Goya a realizar esas pinturas en las paredes de su casa”, manifiesta Olmos, quien se siente fascinado por “esa explosión de creatividad en una edad tan avanzada, algo extraño porque la mayoría de artistas, cuando llegan a la vejez, viven de glorias pasadas”.

La historia arranca en torno a 1820, con un Goya ya anciano, quien, para refugiarse de la España convulsa de la época, vive recluido a las afueras de Madrid en su finca, la Quinta del Sordo, junto a su supuesta amante, Leocadia Zorrilla de Weiss y la presunta hija de ambos, la niña Rosarito. Goya, abrumado por sus limitaciones físicas y mentales, termina por recibir la visita de uno de sus más fervientes admiradores: Lucifer. Éste le pide un retrato suyo a cambio de devolverle la vida y la fuerza que tenía de joven. Olmos se sirve así del mito de Fausto para elaborar su propia teoría sobre las motivaciones de las Pinturas Negras, que son el resultado de la visión de esos infiernos.

‘Metamaus’ de Spiegelman

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‘Metamaus’ es, como su prefijo indica, una visión superior de la obra ‘Maus’, primer Premio Pulitzer para una novela gráfica en la Historia del cómic, firmada por Art Spiegelman, que reconvirtió el pasado familiar y su relación con su padre en una auténtica obra de arte que ha seducido a millones de lectores en todo el mundo. Eso sí, el precio a pagar fue despertar los demonios familiares y soterrar toda su creación posterior. Nunca ha repetido un éxito así.

Spiegelman asegura que su verdadera lucha personal ha sido sobrevivir a este libro maldito que le persigue; para ello ha creado este ‘Metamaus’ que es un manual de creación de ‘Maus’, pensado para exorcizarse a sí mismo y para contentar a la legión de fans de aquella historia del Holocausto judío donde los humanos son animales antropomorfos. Nueva York ha sido el escenario del lanzamiento de la obra, que cuenta con un DVD interactivo y transcripción de los testimonios del padre del autor, personaje principal de la obra que narra su supervivencia en Auschwitz. En breve llegará a España.

Uderzo se va

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No ha muerto, pero como si lo hubiera hecho, a los efectos prácticos de los seguidores de la serie de cómic francesa de más éxito de toda la historia, Astérix y Obélix.

‘El virus Frankestein’ de Superlópez

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Una mirada a un clásico celebérrimo para los fans del cómic español. A un lado estaba ‘Mortadelo y Filemón’, pero al otro estaba nuestro supehéroe patrio, Superlópez, de Jan. Koomic lleva ya dos volúmenes en descarga digital de este mito nacional, con su propia cultura de referencias. Aquí aparece ‘El virus Frankestein’ (por 3,99 euros): en una situación de pandemia gripal, unos laboratorios farmacéuticos ilegales crean un medicamento que provoca graves malformaciones y desata el pánico. El rapto de una niña será decisivo para provocar la intervención de Superlópez…

Superlópez es una serie dibujada por Jan y que nació como parodia de Superman. En los primeros álbumes, la serie se movía más en el entorno de los superhéroes, pero posteriormente Jan se hizo cargo también del guión y a través del personaje aprovecha para abordar toda una serie de temas de actualidad e incluso para hacer crítica social.

Gana el Rojo (reportaje)

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Hellboy es uno de los grandes mitos contemporáneos del cómic, un personaje creado a partir de los 90 que demostró que todavía era posible explotar el terreno de los nuevos dioses paganos heroicos del cómic. Todo un placer para la lectura y para los espectadores en las dos adaptaciones a la gran pantalla realizadas por Guillermo del Toro.

Por Luis Cadenas Borges

El chico de rojo es una de las gran­des creaciones de la historia del có­mic, firmada por Mike Mignola, con un trazo muy peculiar que es perfectamente identificable por el juego de luces, sombras y ese co­lor inmenso de sangre que se ha convertido, junto con el sarcasmo y la retranca, en las marcas de fábrica de un per­sonaje que dio el salto a la pantalla con Guillermo del Toro, uno de los fans de este cómic. Mignola no buscaba un nuevo súper héroe, sino una versión antagónica de la naturaleza humana llevada a un extremo absoluto de fan­tasía literaria y mitológica.

Hellboy nació en 1994 para el sello Legends de la editorial americana Dark Horse, y se hizo como una aportación nueva al mun­do de los superhéroes, pero con una particularidad muy posmoderna: Hellboy no es un héroe, es la definición del antihéroe, el Ragnarok que destruirá el mundo. Dentro de la historia de Hellboy, él es la llave del fin del planeta, su destructor, un demonio nacido en el infierno que al llegar a nosotros fue adoptado para hacer el bien, y esa edu­cación que se subleva contra su condición es la clave del personaje: la humanidad latente en un ser que nació para destruirla. Una contradicción que de­fine a la perfección al personaje.

Con sínte­sis, Hellboy es Anung Un Rama, traído a la fuerza por la so­ciedad Thule nazi, rescatado por los Aliados y criado por la Agencia de Investigación y Defensa Paranor­mal (AIDP) de los Estados Unidos. Su brazo dere­cho es la llave del fin, una gran maza ardien­te indestructible, igual que sus cuernos, que crecen pero él se lima precisamente para no dejar crecer esa na­turaleza destructora. Aunque un poco brusco, no muestra ninguna malevo­lencia intrínseca de demonio, y trabaja con otras criatu­ras extrañas en el AIDP. El perso­naje de Migno­la se desarrolló lentamente en varias minise­ries que luego se han desdo­blado en otras, hasta el punto de crear un universo mitoló­gico propio que está detrás del éxito de la saga.

Según el pa­dre de la criatura, para hacer batir alas a Hellboy se basó en los clásicos y en sus referentes familiares, como su padre, un cuentista vocacional que al re­gresar del trabajo le contaba a su hijo leyendas e historias de horror. Se adivina a Poe detrás de los diálogos, a Caravaggio en los juegos de sombras de Mignola, y a toda la mitología europea en las tramas. Desde las leyendas del folklore ruso a la mitología helénica o nór­dica. Y por supuesto, el otro padre del horror en EEUU, Lovecraf.

Desde que viera la luz en los 90 se ha converti­do en uno de los grandes re­ferentes del cómic reciente, una reinvención continua en la que Marvel y DC están en un extremo y Dark Horse y este invento rojizo, en el otro: sólo admite comparaciones con el universo Marvel y en algunos aspectos, quizás en lo que se refiere a los X-Men y la búsqueda de la identidad en un mundo que no le acepta. Hay paralelismos psicológi­cos, pero Hellboy depura mu­cho más el humor negro hasta convertirlo en una marca de fábrica que se trasladó luego al cine, a las dos adaptaciones hechas por Del Toro, por aho­ra, con previsión de la tercera. Y al final: los varios Premios Eisner que ha ganado por su gran trabajo: a la Mejor Serie Limitada en 2002 (por Hell­boy: el gusano vencedor); en 1998 al Mejor Guionista/Di­bujante (por Hellboy: casi un coloso); en 1997 del Premio al Mejor guionista/dibujante-Drama (por Despierta al de­monio); y en 1995 del Premio a la Mejor Novela gráfica de material previamente publi­cado (por Hellboy: Semilla de destrucción).


‘Al mejor postor’ – Victor Santos

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La mejor forma, barata claro, de leer cómic puede ser en una buena tableta que no altere el color ni esté sujeta a los vaivenes de la impresión. A través de Koomic (www.koomic.com) siguen apareciendo grandes obras reeditadas o nuevas. Una de las recomendaciones del portal, de apenas 47 páginas (1,59 € de coste) es ‘Al mejor postor’ (Dolmen Editorial), de Víctor Santos.

Cinco historias cortas de género negro, plagadas de acción y ritmo, con el denominador común de la violencia, el sexo, el crimen y la corrupción. Lo peor de lo peor de la sociedad retratada como nunca en una serie negra de cómic que es ya uno de los géneros preferidos del mundillo del papel, la tinta y la imaginación. Víctor Santos es autor de la saga ‘Los Reyes Elfos’ y las dos novelas gráficas de Pulp Heroes. Ha ganado cinco premios del Salón del Cómic de Barcelona, entre ellos el de autor revelación y el premio del público a la mejor obra y el mejor guión. Ha publicado como autor compelto en Francia y como dibujante para EEUU.

Ciclo ‘Del TBO a la novela gráfica’

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La Fundación Mapfre empuja en el objetivo común de engrandecer el cómic como arte. Lo hace con su ciclo de conferencias sobre esta fusión de literatura y pintura del 20 al 27 de septiembre en su sede madrileña (Paseo de Recoletos, 23).

El arte político y cotidiano de Guy Delisle

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De las muchas dimensiones del arte de la viñeta y el bocadillo de texto, sin duda la política (por otros medios) es uno de las mejores, sobre todo si entra por los ojos como si fuera lo común y cotidiano

Por Luis Cadenas Borges

Guy Delisle (1966), canadiense, tipo concienciado y autor muy peculiar, capaz de meter el dedo en el ojo desde la humanidad, el humor y la acidez que se desprende de la vida cotidiana de un occidental de visita en una dictadura. Dedicado a la animación profesional, Delisle ha viajado por medio mundo a los centros de creación animada, desde China a Corea, y de paso ha reflejado sus vivencias en novelas gráficas que fusionan el cómic social con el político. Una denuncia que se enmascara en las peripecias mundanas de él mismo reconvertido en dibujo. Líneas claras, casi de viñeta de periódico, un buen uso de los tonos grises (que le da más aire sombrío a toda la obra) y un discurso que no tiene soflamas, sino que denuncia dictaduras como las de Corea del Norte, China o Birmania con la sucesión de choques culturales y estupideces de esos mismos regímenes, desde por qué no se pone el aire acondicionado a visitas gráficas a los monumentos estalinistas.

Delisle tiene tres grandes obras a este respecto: ‘Shenzen’ (2000 – apareció en España en 2006), ‘Pyongyang’ (2003 – aquí en 2005), y ‘Crónicas Birmanas’ (2008, al mismo tiempo que en España). Todos han sido publicados en España con Astiberri. Todos tienen en común un nexo: comunismo dictatorial. Delisle no parece ser un furibundo anticomunista, más bien un personaje prototípico de la fauna y flora humana de Occidente: se ríe de las tiranías, sean rojas, azules o multicolores. De las tres la más demoledora puede que sea ‘Pyongyang’, por su impacto, por los premios recibidos y por el éxito comercial de un cómic que recuerda, al menos en las intenciones, a ‘Persépolis’, luego llevado al cine pero que se encuentra en las antípodas del fondo de armario de Delisle, que no hace melodramas con algo de humor, sino humor con dramas de fondo.

Pyongyang se resume así: narra en primera persona las andanzas de un profesional canadiense de la animación en la ciudad del país más hermético del mundo: Corea del Norte. Absurdos, surrealismo puro y duro, una sensación de que el protagonista está dentro de una película de los Monty Phyton más que en una sociedad real, un contraste continuo entre lo que se supone que es una sociedad habitual y la forma de vida orwelliana de Corea del Norte. Un ejemplo: el personaje lleva en el equipaje un ejemplar de ‘1984’, de Orwell, y casi se muere del susto cuando el soldado en la aduana le pregunta qué es sin darse cuenta de la ironía. Todo ello comentado con una ironía y humor que hace, a veces, llorar de risa. Y es que uno se ríe por no llorar: ahí está el truco argumental de Delisle. Anécdotas hay muchas: la omnipresencia de los grimosos papa – hijo padres de la patria, como Kim Jong Il, las visitas a los monumentos del país, la comida, la luz por las noches, el campo, los voluntarios, las películas, los hoteles, los “guías” que son en realidad miembros del servicio de contraespionaje y que intentan ser simpáticos pero en realidad son auténticos chistes andantes; la música en la obras, los delatores…

Antes de ese ‘Pyongyang’ estuvo Shenzhen, que toma su nombre también de otra ciudad, pero esta vez en China. Fue su primera novela gráfica y la premisa es idéntica: el autor trabaja en un proyecto de animación, y tiene que ir a la ciudad “de la zona económica especial”, es decir, capitalista salvaje bajo la bota comunista, de Shenzhen, de las más productivas del mundo (a golpe de látigo, claro). Allí supervisará a un equipo de animadores durante tres meses, conociendo de paso a todo tipo de perfiles humanos y el trasfondo de la cultural de la región, a veces una auténtica esquizofrenia. Para muchos críticos no alcanza el nivel de la segunda novela gráfica de Delisle, pero sí que apunta los trazos de lo que será luego ‘Pyongyang’. Sobre todo tiene mucho menos humor socarrón.

La tercera novela gráfica es ‘Crónicas Birmanas’, un reflejo de su vida cotidiana en Rangún, pero esta vez acompañado de su novia, a la sazón miembro de Médicos Sin Fronteras (con lo que el régimen brutal de Rangún le prestaba especial atención). Y todo un año. De nuevo el motor de la historia es la misma: trabajo, vida cotidiana, documentación gráfica, ironía y un fiel reflejo casi periodístico de la realidad de Birmania. Con una buena dosis de ironía confronta sus insignificantes preocupaciones de occidental con las dificultades que atraviesan los habitantes de un país pobre bajo el yugo de una dictadura militar, que se impone con una brutalidad más que evidente, mucho menos discreta que en Corea del Norte pero igual de aniquiladora. Un estado de terror permanente que nos lleva una y otra vez a la obra-espejo que usa Delisle para apuntalar sus narraciones, el ‘1984’ de Orwell. También aparece el día a día de la minúscula y vigilada comunidad internacional que trabaja para las ONG y las tremendas dificultades que encuentra para llevar a cabo su misión. Un retrato emotivo y comprometido de Birmania. Es decir, la político pero por otros medios (gráficos).

‘Réflexion’, L’Association (1996)

‘Aline et les autres’, L’Association, (1999)

‘Shenzhen’, L’Association, (2000), Drawn & Quarterly (2006), Astiberri Ediciones (2006)

‘Albert et les autres’, L’Association, (2001)

‘Comment ne rien faire’, Pastèque, (2002)

‘Pyongyang’, L’Association (2003), Drawn & Quarterly (2005), Astiberri Ediciones (2005)

‘Inspecteur Moroni 1: Premiers pas’, Dargaud, (2001)

‘Inspecteur Moroni 2: Avec ou sans sucre’, Dargaud, (2002)

‘Inspecteur Moroni 3: Le Syndrome de Stockholm’, Dargaud, (2004)

‘Louis au ski’, Delcourt, (2005)

‘Chroniques birmanes’, Drawn & Quarterly (2008), Astiberri Ediciones (2008)

‘Louis à la Plage’, Editions Delcourt (2008)

La lista imperfecta de ‘Time’

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Lo malo de hacer listas de cualquier cosa es que siem­pre son como las guillotinas: consi­gues la cabeza pero no el cuerpo, y todo lo que de­jas fuera a veces es tan digno como lo que mira al verdugo desde la cesta. La que hizo la revista ‘Time’ de las mejores novelas gráficas del siglo es una demostración de ello.