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Reportaje – Viaje a Indochina

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Un gran viaje: Indochina. Un destino que crece por momentos en las agendas de cada turista con dinero suficiente para pagar el plan, o para dejarse llevar mochila al hombro y con un puñado de euros.

Por Santiago Criado

Como todos los viajes, este no iba a ser menos. Todo empezaba en el concurrido Aeropuerto de Barajas. En esta ocasión, me dirigiría a una porción de lo que en un momento de la historia se llamaría la Indo­china francesa. Sí amigos, sí. Ese sitio existió y sí, se hizo una película sobre ello. De momento, solo gastaría algo de tiempo en Laos y parte de Vietnam.

Los viajes en avión nunca han sido mi fuerte. Sobre todo, los que duran un total de 24 horas. Si alguien quiere saber lo que se siente cuando un elefante te pone la pata encima, únicamente ha de viajar lejos, muy lejos. Con eso basta. Por eso, no es de extrañar que sea un auténtico apasionado de los masajes que las bellas señori­tas ofrecen por todas partes. Y no me vayan a malinterpretar, la función de esos masajes no tienen otra meta que la de aliviar al agotado y entumeci­do viajero. Pero, por 5 euros la hora, ¿ustedes que harían?

Cuando parecía impo­sible llegar, de repente, diviso lo que podríamos llamar la capital: Vientián. Si hay una cosa que tengo aprendida es que un país se puede adivinar por su aeropuerto. Este iba a ser un viaje en el que nos meteríamos de lleno en el Medievo. Pueblos sin agua corriente, selva, el río Mekong, la malaria… No os contaré mucho de su capital. Tan sólo decir que jamás en mi vida he visto una capital asiática sin caos en su tráfico. Esta es la excepción. Con esto, se pueden hacer una idea de la tranquilidad con la que viven sus habitantes y el grado de desarrollo que se espera del país en sí. Después de unos días, nos sumergiríamos en pleno río Mekong. Seguramente os suena su nombre. Quizás de películas o de la historia en sí, porque este río atraviesa Tailandia, Birmania, Vietnam, Camboya, Laos… Vamos, que es un pedazo de río. Además, es navegable en su mayoría. Y eso es precisamente lo que haríamos para adentrarnos en la selva. Tengo que decirles que no hay muchas formas de acceder a donde nosotros íbamos.

Todo parecía un viaje feliz; el típico viaje del Im­serso. Las cámaras, la loción antimosquitos apestaba allá donde fueres, las viseras, los flashes. De repente, se empe­zó a levantar un viento de la leche. Parecía que estuviéra­mos en pleno monzón. Hasta ahí, bien. Pero amigos, cuando el techo sale literalmente volando del barco, estando en medio de la nada y con lluvias torrenciales, tiendes a acojo­narte un poco.

El barco, quedó encallado en una de las orillas para poder recoger el techo. ¿A quien co­ños se le ocurriría esta idea? Al final se quedó allí. Lógico. La pega, es que se había he­cho de noche. Y no, no había farolas a los lados como en la M40. Aún recuerdo al capi­tán del barco enchufar unas linternas al motor y con ellas ayudarse para no chocar con­tra las orillas. No se por qué, pero me vino un flashazo de la segunda película de Rambo. Lo que iba a ser un trayecto de 3 horas, duró más de 7.

La siguiente parte del viaje ocurría en Luang Prabang. Es el principal foco turístico del país y una de las ciudades con más encanto de las que he estado. Al haber pertenecido a la Indochina Francesa, se puede respirar esa influencia europea por to­das sus calles y sus bellísimas construcciones. En el 95 es declarada, y con razón, patri­monio de la Humanidad por la UNESCO. Este es, sin duda, “el lugar” del viaje. Gente bohemia por todas sus calles, artesanos, templos budistas mezclados con casas colonia­les, naturaleza soberbia…

Después de esto, volaríamos hasta Hanoi, capital de Vietnam. Aquí si que encontraríamos un caos absoluto en su tráfico. Había­mos vuelto sin lugar a dudas al bullicio de Asia. Si me pidie­ran una imagen de Hanoi, les daría la de una moto. ¿Qué por qué? Podría afirmar, sin ser presuntuoso, lo obvio: hay más motos que personas. Lo que más impre­siona de esta capital es su tráfico. Ellos lo llaman “caos organizado”. ¿Cómo puede ser esto? Curiosamente, al final de mi estancia allí, les daría la razón. A pesar de que parece imposible atravesar sus calles, con un poco de prác­tica, superaremos con éxito esta cuestión. Aquí explicare­mos cómo: si eres religioso, te será más fácil. Cruzar aquí se volverá un acto de fe. Aunque parezca que te van a atrope­llar, no puedes dudar. Has de lanzarte al asfalto con abso­luta firmeza y convicción. No parar es la clave para poder llegar al otro lado. Y un ritmo constante en tu caminar, la llave. Milagrosamente, todo el mundo te irá esquivando y llegarás sano y salvo a tu ob­jetivo. Como último detalle, añadiré una foto de postal: la bahía de Hanoi. ¿Qué también les suena? Es muy posible, porque allí se rodó parte de la famosa película de Indochina. En el barco en que la navegamos, nos pusieron la película por la noche. Creo, a ciencia cierta, que nadie la vio. La mayoría se dedicó a emborracharse.

Aquí termina este viaje. Una vez más por el continente asiático. Como siempre acabamos hablando de comida, comentaré que después de llegar de Laos, la suculenta y sabrosa cocina de Vietnam fue como un vaso de agua para alguien que ter­mina de cruzar el desierto.

 

 

Este es mi Nepal

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Otro viaje recuperado, del colaborador que más kilómetros (de largo) ha hecho de todos. Ni juntándonos sumamos tantos como él. Y menos con ese ojo que tiene.

Por Santiago Criado (Texto y Fotos)

Este viaje comienza en Barajas. Pero no en Barajas pueblo sino en su aeropuerto. Podría parecer un aeropuerto cualquiera pero, justamente, en esta época ha­bía un escenario totalmente diferente: La gripe A. ¿Cómo puede afectar esto a un lugar lleno de gente hasta la ban­dera? Amigos, desconfianza. En estos momentos puedes ver lo peor de la raza huma­na. Un estornudo es motivo suficiente para que alguien te parta la cara. Ante la crisis sanitaria que acontecía decido ponerme una máscara durante todo el viaje. Ahora se lo que sentía el rey del pop cuando no que­ría contaminarse. Realmente, en estos momentos, te das cuenta de lo bien que trabaja el miedo en voluntad de las personas. Llegamos a Qatar y la situación se dramatiza aun más. Allí, todos los emplea­dos del aeropuerto llevan su mascarilla. Antes, no men­cione que, en Madrid, no vi prácticamente ningún opera­rio con mascarilla: “Spain is Different”.

Después de un interminable viaje de algo más de 18 horas llegamos a Katmandú, capital de Nepal. Me siento como una sardina enlatada. Las compañías aéreas no tienen ningún tipo de escrúpulos. Si pueden meter 10 asientos en el espacio de 5, que así sea. Como toda Asia, cuando sales a la calle, lo primero que notas es la polución en el aire. Al momento, te empiezan a invadir decenas de personas luchando, entre ellas, para que les aceptes como chofer. Ya quisieran los comerciales de España tener el 10% de la perseverancia de los Nepalíes. Todavía recuer­do un tío que me quiso ven­der una daga. Me estuvo una hora siguiendo, entré a comer y cuando salí, continuó con su picapedreo hasta que ya el autobús iba tan rápido que no pudo seguirlo a pie. Eso son ganas de vender, coño.

En general, Nepal es un país con un encanto especial. Se nota, sobre todo, cierta deca­dencia y una época dorada ya pasada, que repuntaría hacia los 80. País por excelencia de los amantes del trecking y la montaña deambulan sin cesar por todas sus calles y recove­cos. Recuerdo haber visto a un escalador con dos mu­ñones por manos. Me figuro que los perdió en alguna de sus travesías a las codiciadas cumbres.

Lo que más sorprende del país es ver que la Marihuana crece por todos lados. En las cunetas de las carreteras, en el campo, en el huerto, en el jardín de tu casa, y cuando digo por todos los lados hablo de una auténtica invasión. Es tal, que es considerada una hierba mala y la gente las arranca. Qué desperdicio. Qué sacrilegio. Cómo osan. Otra de las cosas que llaman la atención son las incine­raciones al lado del río y a plena luz del día. Fui con un grupo de fotógrafos que, sin ningún tipo de escrúpulos, buscaban el pulitzer a través de la desgracia ajena cuan coyotes hambrientos.

Como recomendaciones, recordaría al viajero darse un paseo por el museo de los Himalayas. Recuerdo con especial atención el final de su exposición. Como avi­so y recordatorio de todas las toneladas de basura que se sacan en sus cordilleras, decidieron traer una pequeña porción para que la gente lo viese. Te das cuenta de que escalar un 8000 se ha conver­tido en un circo, en una feria. No hay compasión alguna por la naturaleza. Lo que importa es sacarse “la foto” con la banderita en la cima y ponerla sobre la mesa del despacho.

En resumen, diría que Nepal es un país muy hospitalario. Se respira un aire hippie, fruto de la moda que surgió en los 70 por encontrar la iluminación en sus cordille­ras. Si no te gusta el cilantro y el picante, su comida no está hecha para ti. Y cuan­do digo cilantro o picante, digo cantidades industriales en absolutamente todas sus comidas. Es también un placer recorrer sus librerías, llenas de libros antiguos sobre espiritualidad y escalada. Para aquellos que buscan un lugar en el que desaparecer es, defi­nitivamente, perfecto.

Las termas de Britania

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Baños romanos, The Circus, una abadía gótica y la declaración de Patrimonio de la Humanidad, una ciudad desconocida en España, célebre en el norte de Europa.

Gijón, plan B camino del norte

entrada de La Laboral 1

Escapada al norte, a una ciudad que une cultura con el olor a salitre del mar como pocas.

El Bierzo: rojo, dorado y verde

Viñedos del Bierzo portada

El Bierzo, una gran señal de un puño que marcó para siempre el noroeste, lleva siglos dándole al mundo lo que más ansía: oro y vino.

Berlín

portadilla

Recuperamos uno de nuestros primeros viajes en la revista, a Berlín.

El Nueva York de Alfonso Armada

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Recuperamos uno de los mejores reportajes, atemporales como debe ser con cualquier libro, publicados por nuestra revista y con la mano de uno de nuestros colaboradores. Largo, pero de los mejores.

Por José Ángel Sanz

Es ‘En el Camino’ donde dice Ke­rouac: “De repen­te me encontré a mí mismo en Times Square”. Alfonso Armada dio consigo mismo muchas veces en Nue­va York. Ése era su trabajo, si es que, definitivamente, la literatura es un montón de mentiras que al final dicen la verdad. Armada fue siete años corresponsal allí. Diccionario de Nueva York es su crónica de una ciudad casi engullida por sus propios mitos, ebria de sí misma, excesiva y riguro­sa, una ciudad que son todas y a la vez ninguna, virgen y puta, proyección y mito. Un tratado que recoge fechas y nombres y apila costumbres, ritos, historia y nombres pro­pios. La estruendosa nómina de vida entre el subterráneo metro y todos los ojos puestos en el vacío que viajan en su vientre y las elevadas cumbres del Empire State y el Edificio Chrysler.

Armada edifica una atronadora mole de anécdotas en el filo de la autoconfesión y la obligada revisión de lo que encontraron Lorca, Faulkner, Glucksmann, Capote, Tom Wolfe, Henry Roth, Vila-Matas, Eduardo Lago, Gaspar Tato Cumming. Describe a 1001 atribulados neoyorqui­nos, desde la clase privilegia­da que picotea aburrida con gesto desdeñoso en Tiffany’s hasta los homeless que sólo soportan las noches de in­vierno a la intemperie porque duermen encima de las salidas de vapor de las alcantarillas. Todo en Nueva York es vie­jo y al mismo tiempo pueril.

Asombroso y a la vez esperado. La vida, y el asombro, esperan en el transbordador de Staten Island, pero también en la portada del ‘New York Times’ (“lo leí a diario como una Bi­blia pagana”). En el próximo taxi (“los conductores vienen desde muchos lugares: Costa de Marfil, Bangladesh, Kaza­jstán, Nueva Jersey”) o a las puertas del Madison Square Garden. En el puente de Bro­oklyn, en el hall del Waldorf Astoria o del Chelsea Hotel o en Central Station, donde bulle el magma de una po­blación de ocho millones de voces que late en los cinco barrios: Bronx, Queens, Sta­ten Island, Brooklyn y Man­hattan. ¿El 11 de septiembre? Su sombra reposa en muchas páginas. La cicatriz de la zona cero es imborrable, pero quizá los neoyorquinos, hayan ve­nido de donde hayan venido hasta orillas del Hudson, nun­ca estuvieron tan orgullosos de pertenecer a un lugar que se vive como un talismán que nadie quiere añorar. Armada sabe que el cinismo disminuye el dolor, pero incapacita para el placer. La ciudad también.

El día que la selección españo­la de fútbol ganó el campeo­nato del mundo, el primero de su historia, el Empire State anocheció con los colores de la bandera rojigualda flan­queando su coronilla. Incluso en un país ajeno al deporte de masas en Europa, Manhattan y, por extensión la ciudad que lo cobija, es consciente de su lugar en el mundo. De su co­losal peso simbólico. Como admite el propio autor, quizá Nueva York sea algo parecido al copo de nieve del que habla Cormac McCarthy cuando escribe sobre el lobo. Cuando lo atrapas, lo pierdes. Por eso los guías, los experimentados sherpas se cotizan tanto ante una urbe entre el futuro po­sible y la medida de nuestros sueños. Por eso este libro es tan valioso.

Escapada a Vitoria

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Una idea de nuestra sección de Viajes: para el próximo fin de semana, Vitoria.

Por Luis Cadenas

El aire es el que marca las ciudades. La atmósfera que la impregna y que suele proceder de cómo es la sociedad sobre las que se asienta. Vitoria es el ejemplo perfecto de cómo una ciudad media puede convertirse en el espejo en el que mirarse. Enclavada en un cruce de caminos, fue siempre un punto estratégico y apetecible, aprisionada por Roma primero, por los cristianos después. En ese cruce surgió la aldea de Gasteiz, la villa de Vitoria, un modelo de desarrollo urbano de calidad y guía para muchas otras. En ese modelo, que el viajero podrá disfrutar y percibir desde que se baje del tren o el autobús, se unen criterios de cohesión social, habitabilidad, respeto al entorno, accesibilidad, conservación, recuperación del patrimonio y programas de integración y participación social.

Después de Gerona, es la segunda urbe de España con mayor calidad de vida, la ciudad española con más zonas verdes, 42 m² por persona contando el Anillo Verde, y la segunda si sólo se cuentan las áreas verdes dentro de la ciudad con 23,4 m² por persona. Es, también, la pequeña Berlín del norte por el uso de la bicicleta entre los ciudadanos, uno de esos baremos que miden el civismo de los habitantes de una ciuda que dispone igualmente de un fluido servicio de bus urbano y un tranvía que recorre el centro y periferias de la ciudad.

Diseñada siguiendo las reglas de una fortificación, la capital del País Vasco es irónicamente un pedazo más avanzado de Castilla y León, una tierra mestiza donde lo castellano y lo vasco se fusionan para crear algo nuevo con lo que cualquiera podría identificarse: la sombra del nacionalismo con prefijo “eusko” está presente, pero no pasa de un par de palabras, la manía de cantar en coros a todas horas y la gastronomía (Dios os salve, euskaldunes, por haberla inventado). Tiene el equilibrio perfecto entre la riqueza empresarial, la vida comercial y la tranquilidad de una urbe que vista desde el cielo parece una gran flor de piedra y madera: un núcleo medieval abigarrado, rodeado de ensanches decimonónicos y a su vez de cuatro grandes parques (uno interior, el Parque de La Florida, donde se levanta el Parlamento vasco y la mole neogótica de la Catedral de María Inmaculada), como Salburua, Olárizu, el bosque de Armentia y Zabalgana.

El corazón de la ciudad está hecho para gastar suelas, para dejarse llevar y que los tobillos hagan su trabajo, pensada para pararse cada poco a por un corto y un pincho: mejor dicho, “pintxo”. Una parte es ese cerro conquistado por los señores feudales que fundaron la ciudad en esa elevación fortificada. Intramuros quedaron los restos románicos y góticos de la ciudad, modelada de forma radial y que coge la forma de una gran almendra de calles estrechas y desiguales, como capas que se desparraman y que son cortadas longitudinalmente por otras vías. Dentro de ese recinto que es patrimonio histórico, habitado y conservado para su uso, sin una sola casa abandonada. Ésta última se encuentra en el borde mismo del casco histórico, compartiendo espacio con su vecina, la plaza de la Virgen Blanca, donde se levanta el monumento a la batalla de Vitoria de la Guerra de la Independencia.

Más allá de los límites, ya dentro de la zona de la Senda y el Ensanche, la ciudad se puebla de palacetes burgueses y oligárquicos surgidos con la industrialización y que le dan ese aspecto tan típico de las urbes burguesas del norte de España. Fue un siglo XIX que dejó, además del mencionado Ajuria Enea, el palacio Zulueta, la Casa Zuloaga, el Museo de Bellas Artes…, todas construcciones únicas. Mención aparte merece el Artium, el centro de arte vasco y uno de los grandes arcones del arte contemporáneo nacionales. Situado entre el número 26 y el 16 de la larga calle de Francia, es la esencia misma de la modernidad vitoriana: el precio de la entrada la pone el propio visitante, y en sus dos niveles se pueden encontrar esculturas únicas de Juan Muñoz (uno de los grandes de las últimas décadas) o Francesc Torres. Arte, vida y cultura unidas, dos nombres para una misma urbe que es el sueño de todo hombre o mujer con sentido común. Quién pueda, que la disfrute.

INFORMACIÓN:

www.vitoria-gasteiz.org/

(Web official)

http://vitoria-virtual.com/

(Visita virtual)

Viaje a la Plaza Tahrir

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Ahora que vuelven los egipcios a echarse a la calle para seguir exigiendo lo que es suyo por derecho, recuperamos quizás el mejor viaje que hemos publicado, el de un testigo que estuvo en esa Plaza cuando empezó todo.

Por Alberto Sicilia

Me desperté con el canto del mue­cín. Había aterrizado en El Cairo la tarde del 17 de Febrero, seis días después de la dimi­sión de Mubarak. Después de soportar 30 años de dictadu­ra, podrían haber aguantado unos días más y esperar a que yo llegase. Por pura corte­sía. Aquella primera tarde, El Cairo se había mostrado difícil de descifrar. Al final de cada avenida, dos tanques Abrams cerraban el trafico. Pero las calles estaban llenas de jóvenes paseando, fuman­do shisa y bebiendo té en las terrazas. Los escaparates del Zara atraían más atención que la parafenalia militar.

Emociones encontra­das. Por un lado, la euforia de caminar por rincones que por unas semanas habían sido el centro de la atención mun­dial. Por el otro, la inquietud de no ser capaz de respon­derme a la única pregunta relevante: “Porqué he venido al Cairo?” Los siguientes días serian los más fascinantes de mi vida. Pero en aquel mo­mento, yo no lo sabía. Los transeúntes se detenían para abrazar a los estudiantes que limpiaban las aceras. Co­mencé a sentirme conectado al Cairo hablando con ellos. “He sido egipcio durante 24 años. Pero esta es la primera vez que me siento orgullo­so de serlo”. “Estas calles ahora nos pertenecen, y me siento responsable de ellas”. Por siglos, esta ciudad había sido propiedad de turcos, franceses, británicos, y tres dictadores militares. Cuando llegué frente al hotel, todas las luces estaban apagadas. Llamé varias veces y cuando la puerta se abrió, alguien se abalanzó en un abrazo: “Wel­come, Welcome! Sir, you are our first guest in three wee­ks!” Mohammed, el dueño del hotel, me instaló en la mejor habitación, aunque yo había reservado la más barata. “No extra charge, Sir”.

El viernes 18 había sido bautizado como el “Día de la Victoria”. La jornada para celebrar el éxito de la revolución. Las veinte mil mezquitas del Cairo habían convocado un rezo común en Tahrir Square en recuerdo de quienes murieron durante el levantamiento. Me duché y baje a la terraza del hotel. Alguien más estaba desayu­nando. Samuel había pasado la noche en un taxi, cruzando el Sinaí desde Tel Aviv. Venía a entrevistar a las familias judías que aún quedan en El Cairo. Hasta la guerra del 48, esta ciudad, como las otras metrópolis árabes, de Casa­blanca a Baghdad, había sido hogar de una vibrante comu­nidad hebrea. Hoy, apenas tres sinagogas quedan abiertas.

Hablamos de la ce­lebración en Tahrir. “Should we go together?”, me pre­guntó. La perspectiva de que me asociasen con alguien llamado Samuel Finkelstein y sus dos videocamaras no era la más atractiva. “Cabrón, solo te falta una kippa y la Torah debajo del brazo y ya tenemos el pack comple­to”. Pero yo también estaba solo. Bajamos Kasr Al Nile, la avenida que llevaba de nuestro hotel a Tahrir Squa­re. En los check points, Sam solo mostraba su pasaporte americano. Cruzamos los dos primeros sin ningun proble­ma. En el último, un soldado se puso nervioso: “America! America! Friend of Israel!” Sam, con una sonrisa cautiva­dora, respondió: “I come from California, man. Do you know California, man? In California we hate Jews, man. Khanzeer Suhyooni! (cerdos sionistas)”. Los soldados, que apenas tendrían veinte años, soltaron una carcajada y nos dejaron pasar. Supongo que cuatro mil años de persecución te dan habilidades para sortear estas situaciones. Mientras nos alejábamos, nos acorda­mos de Sacha Baron Cohen en Borat cantando “Throw the Jew down the well”. Cinco días después, volviendo a Tel Aviv, Sam no tendría tanta suerte y pasaría dos noches arrestado en una base militar egipcia.

Tahrir es una plaza de medidas descomunales, abierta sobre el Nilo por el flanco oeste, y rodeada de plomizos edifícios oficiales en las otras direcciones. Old Good Soviet Style. Pero esa mañana, era el escenario de la celebración mas multi­tudinaria en la historia de Egipto. En las miradas, la intensidad de quien sabe que son momentos que recordara para siempre. La euforia de sentirse parte de una victoria colectiva. Pocas generaciones tienen el privilegio de vivir momentos tan singulares en la memoria de una nación. Las conversaciones se repe­tían. “Mira de lo que somos capaces cuando trabajamos todos juntos”. “Si otros países se han desarrollado, porque nosotros no vamos a ser capaces de hacerlo?”. “Para mí ya es demasiado tarde, pero que los chicos tengan la oportunidad de una buena educacion”. “Esto no tiene nada que ver con Israel ni con Irán. Lo único que queremos es un Egipto donde valga la pena vivir”. Las mismas frases en la boca del campesino, del chico que había estudiado en Europa, del taxista, del profe­sor universitario. Días después, Hes­ham, uno de los organiza­dores de las protestas, me explicaría que El Cairo era un mosaico de colectivos que, en el mejor de los casos, se ignoraban. Ahora, la chica con vaqueros y el imán de la mezquita, el vecino cristiano y el musulmán, caminaban juntos en la esperanza de levantar un futuro común. Las protestas fueron un ejemplo de coraje y dignidad, pero la verdadera revolución empieza ahora. Tres semanas bastan para despachar a un dictador. Construir una nueva sociedad requiere décadas, seguramen­te generaciones.

Con veinte millones de habitantes, El Cairo es la ciudad más grande del mundo árabe, de África y de la esfera mediterránea. Los retos que quedan por delante son formidables. La corrup­ción es rampante a todos los niveles: en los hospitales, el medico decide el precio de la bolsa de sangre para una transfusión. El mercado negro representa gran parte de la economía. Sin contratos y sin impuestos, el estado se financia gracias al petróleo y las tasas del Canal de Suez. La religión ha vuelto a ocupar un papel desmedido en la vida social. Hace treinta años, casi ninguna chica en el Cairo vestía hijab. Hoy es casi im­posible ver a una sin él. “Me gustaría ponerme una falda, pero sería una deshonra para mi padre y mi hermano” me decía Alyaa, una estudiante de doctorado. El setenta por ciento de los matrimonios es negociado por las familias. Treinta mil niños viven de la mendicidad en las calles del Cairo, y varios cientos de miles empiezan a trabajar antes de completar la educa­ción primaria. Universidades que un día fueron referencia en Oriente Medio son bazares donde uno puede pagar por su diploma.

Pero nada puede cambiar sin esperanza. Y el aire del mediodía en Tahrir era puro aliento de confianza y determinación. El rezo fue un momento sobrecogedor. A mi alrededor, gente postrada en todas las direcciones, tan lejos como alcanzaba la vista: en la plaza y las avenidas, sobre el puente y las riberas del Nilo. Dos millones de per­sonas en silencio. Miré a Sam, y ví sus lágrimas. Yo tampoco había sido capaz de conte­nerlas. Una explosión festiva siguió al “Allah Akbar” final. Canciones, abrazos y llantos. Imposible moverse entre la multitud, solo podías dejarte arrastrar en la riada humana.

Volví al hotel al atar­decer. Me sentía eufórico. En la terraza, una chica pelirroja fumaba un cigarrillo. Cuando me acerqué, me di cuenta de que estaba llorando. Juci ha­bía llegado al mediodía desde Budapest. Dirige un programa de reportajes en la televisión húngara y venía a entrevistar a las familias de los chicos que murieron en las protestas. Juci también había estado esa tarde en Tahrir. Mientras filmaba, un gru­po de hombres la rodeó, le arrancaron la camiseta y empezaron a tocarla. Alguien se percató de lo que ocurría y consiguió arrancarla de la multitud. Le dije que podía ayudarla a buscar un vuelo y acompañarla al aeropuerto. Entre sollozos, me respondió que no se iba hasta que su re­portaje estuviese terminado. Estuvimos un par de horas hablando de sus viajes. En el ultimo año, había filmado en Gaza, Afghanistan y Etiopía. Había atravesado Burma sin permiso del gobierno, y entrevistado undercover a la oposición en Irán. Aprendí que el pasaporte húngaro es un gran activo en zonas con­flicto, “because nobody gives a shit about Hungary”.

Unos días antes, un amigo me había mostrado una cita de Horacio: “Mix a little foolishness with your prudence: It’s good to be silly at the right moment.” Sentí que aquel era el momento adecuado. “Juci, mira, a mí nunca me ha ocurrido que un grupo de mujeres me rodea­se y tratase de abusar de mi cuerpo. Pero, sinceramente, yo lo hubiese disfrutado”. Se echó las manos a la cara, y me miro a los ojos: “Alberto, no me puedo creer que me hayas dicho eso”. Y le salió una carcajada irrefrenable. Una de esas risas que emanan de lo más hondo, y destierran tensión y angustia. El poder de la risa y la complicidad frente al desamparo. Cuando Sam regresó, bajamos los tres juntos a fumar una shisha en la calle. Había sido nuestro primer día en El Cairo.