La obra maestra de Prince volvió a finales de junio con once nuevas canciones y material inédito. Es nuestra recomendación para este verano, para que el mes de agosto no sean tan duro, rindiendo pleitesía a uno de los más grandes.

Un detalle clave: fue el propio Prince el que supervisó en 2015 la preparación de este disco, justo el año antes de su muerte. El proceso incluyó la remasterización en digital de los originales grabados por Bernie Grundman, el técnico de sonido que trabajó en el original y al que se añaden nuevos materiales. Además del álbum de los 80 mejorado en el sonido aparecen once temas más salidos de Paisley Park Studios, la casa-factoría de Prince, como ‘Our Destiny/ Roadhouse Garden’ (1984), la instrumental ‘Father’s Song’ (83), una versión inédita de 10 minutos de ‘We can fuck’ o ‘Katrina’s Paper Dolls’. La edición de tres CD+DVD contiene caras B y mezclas de los singles en el tercer CD, además de un concierto grabado el 30 de Marzo de 1985 en el Carrier Dome de Siracusa (Nueva York).

‘Purple rain’ fue una de esas ocasiones en las que Prince demostró quién era. Su talento, su capacidad para romper moldes en una década en la que la sofisticación parecía de cartón-piedra. Era un músico total y aquel púrpura fue el principio de su éxito. Aunque el estilo Prince se mantuvo más o menos coherente lo cierto es que hizo de todo, desde giras megalomaníacas a conciertos sorpresa con una guitarra y sin guión previo. Sabía cómo podía empezar el concierto, pero en algún momento del mismo el pequeño Prince se agarraba a las cuerdas y hacía solos larguísimos en los que la banda le seguía. Allí arriba, sin límites, era el rey y hacía lo que le daba la gana. Pero cuando estaba en el estudio era diferente, era una máquina de música que forjó gran parte de los años 80 y 90.

Intentar resumir a Prince es complicado: renovador de la música negra, icono del pop, rival aparente de Michael Jackson (nacieron el mismo año) pero gran socio y comprensivo compañero de profesión en privado, rebelde con causa contra las discográficas pre-internet (llegó a cambiar su nombre por un icono entre 1993 y 2000 para poder publicar su música al margen de la industria), y sobre todo uno de los reyes de la música en EEUU durante el último cuarto del siglo XX y maestro durante este siglo. Para botón la canción ‘Purple rain’, una entre muchas más que demuestran su legado. Siempre fue un pionero, desde que arrancó en los años 70 y su explosión total en los 80 y su conversión en icono sin nombre en los años 90.

Sobre todo era talento puro, y una fuente casi inagotable. Componía en solitario y hacía todos los arreglos si era necesario, la cabeza le funcionaba a mucha más velocidad que la del resto: no paraba de crear y en su casa se acumularon cientos de temas de todo tipo que no veían la luz por falta de tiempo y dinero para producirlos todos. El resultado fue que, ya en 1977, en plena era todopoderosa de las discográficas (antes del casete, de los CD y de internet), Warner, harta de él, le dio carta blanca para que hiciera lo que le diera la gana. Y eso antes de cumplir los 20 años. Así de prolífico era el genio que hemos perdido todos. El resultado fue un ascenso meteórico coronado en 1984 con ‘Purple rain’, que también fue película, banda sonora y lienzo de una época, aquellos años 80 en los que reinó junto a Michael Jackson y Madonna, las otras dos caras de su tiempo.

La misma voz de falsete que ponía tan nervioso a muchos podía transformarse en un torrente mucho más grave si era necesario. Era pura ductilidad, capaz de cambiar de look por motivos del show de un año para otro. Todo lo que hizo Lady Gaga para alcanzar la fama ya lo había hecho Prince antes, incluyendo estéticas estrafalarias o cada vez más sofisticadas, como subirse a zapatos de plataforma para compensar su baja estatura. Tampoco se cortó con los tabúes de su tiempo: cantó a la normalización de la homosexualidad en los años 70 en canciones como ‘Controversy’, y creó una banda (The Revolution) que le seguía en los escenarios y que mezclaba blancos, negros, hombres y mujeres. Esa variabilidad incluyó todos los estilos posibles de la música: la paleta iba desde el funk al rock; navegó por todos los formatos y de cada uno de ellos dio buena cuenta. Salvo uno, el del hip-hop, donde no terminó de cuadrar: a fin de cuentas era un talento incubado alrededor del R&B, no de los guetos urbanos. Era otro mundo.

Sobrevivió a la década mágica del 8 con la banda sonora de ‘Batman’, para empezar los 90 midiendo fuerzas con Warner Music, una guerra abierta entre industria y autor que sentaría cátedra y que daría pie a reinvenciones tan drásticas como eliminar su nombre y sustituirlo por un símbolo o el acrónimo “El Artista antes conocido como Prince”. Desconfiaba de la industria, y ésta no sabía bien cómo meter en la vereda de una industria organizada al artista, una brecha que cercenó parte de su carrera en los últimos 20 años. Ambos bandos perdieron. Y sobre todo el público, que quizás podía haber disfrutado mucho más de Prince de haber existido algún tipo de entendimiento. Lo que queda es lo que un crítico musical español ha llamado “una salvaje mezcla de Jimi Hendrix y James Brown”, incongruente, único, contradictorio como todo artista que se precie, una destilador de estilos que creaba algo nuevo. El autor definitivo, y por lo tanto influyente, gran maestro pero mal alumno.