Entre la ciencia y la literatura, entre el mundo posible y el imaginario, ahí se situó Julio Verne (1828-1905), al que la Casa del Lector desvela un poco más a través de una exposición que muestra cómo escribía las novelas que le convirtieron en una leyenda. 

Fue una persona peculiar, un amante de la ciencia en un país, Francia, donde a pesar de lo que pueda parecer la religión era (y es) muy poderosa. No era un anglosajón laicista, ni un alemán idealista liberado del peso de la tradición. Tampoco un guerrero progresista. Era más bien un escritor que bebió de las fuentes de la ciencia ligada a la imaginación. Fue como Edgar Allan Poe, un pionero. Y a los pioneros rara vez se les trata bien. Incluso un monstruo literario como Mark Twain le dedicó una novela corta satírica en la que se reía de él. A pesar de ser una leyenda universal, uno de los padres de la ciencia-ficción y fuente de inspiración para muchos movimientos filosóficos y artísticos (desde el positivismo al steampunk) sigue siendo un personaje tan amado como mirado de soslayo. La Casa del Lector de Madrid le dedica ‘Nuevos viajes extraordinarios’, una muestra entre creativa y documental, que está abierta hasta el 19 de julio.

Su prosa no era la mejor. De hecho un lector moderno, tanto joven como ya talludito, se encuentra una forma de escribir muy mundana, excesivamente engolada y a veces incluso infantil. “Parece que escribiera para idiotas”, se escuchó una vez. Pero es que hay que poner a Verne en su contexto: se ganaba la vida escribiendo folletines para la prensa de masas francesa (parisina sobre todo) de la segunda mitad del siglo XIX, y eso implicaba dos tipos de exigencia, por un lado escribir para el común de los mortales, y por otra mantener la expectación. Hoy sus libros parecen pensados para niños fantasiosos, pero en su momento fue un autor de masas, prolífico y soñador que se anticipó en décadas a muchos inventos que hoy existen.

 

Hizo viajes legendarios por territorios que jamás pisó. Como Hergé, fue un viajero de escritorio porque apenas salió de Francia. En la muestra está su globo terráqueo, en el que Verne soñaba los viajes por todo el mundo. Dejaba incluso sus pequeñas marcas sobre la superficie para no perderse. En la muestra hay decenas de objetos clave en su mundo personal, con los que escribía, desde dibujos a maquetas pasando por los manuscritos originales. Incluso está el mapa que él mismo hizo en paralelo a la redacción de ‘La Isla Misteriosa’ (que incluye pequeñas señas de personajes), como un escritor de épica moderno. Muchos años más tarde otro denostado, Tolkien, haría lo mismo para crear la Tierra Media. Marcas y señales para no perderse por el mundo particular que sólo crece en la mente.

Su tiempo fue el de gigantes como Dickens, Flaubert o la gran novela rusa. En vida asistió al nacimiento de la serie negra, de la literatura de terror y de la ciencia-ficción, los tres géneros que han gobernado las letras desde entonces. Vivió rodeado de autores mucho mejores que él. Fue empujado a los márgenes de la literatura. Incluso su forma de escribir era rara, por motivos obvios: la enorme cantidad de datos que manejaba, y de elementos tecnológicos y científicos que necesitaban de ayuda. Dividía la página en dos: a la izquierda el texto, a la derecha, las correcciones, anotaciones y posibles extensiones de la misma idea. No sería hasta el siglo XX, cuando la Humanidad hizo suyos muchos de los sueños de Verne, cuando se le reivindicaría con fuerza desde su Francia natal. Pasó de ser “aquel tipo extraño” a un profeta de la modernidad. Y el tiempo le puso en el lugar que merece. Aparecieron los primeros estudios (como los de Michel Butor y Julien Gracq en Francia) que le reconocían los méritos.

Pero el salto final fue la reimpresión masiva de sus novelas durante la posguerra. El tiempo europeo del escapismo había llegado, y nadie mejor que Verne para acunar a la generación del Baby-Boom tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial. En paralelo al auge del cómic en Europa (especialmente en el mundo francófono con Hergé, Goscinny, Uderzo, Moebius…) sus obras fueron reeditadas y contextualizadas. Y adaptadas al cine masivamente. Se pierde la cuenta de las veces que se han adaptado ‘La Isla Misteriosa’, ‘Viaje al centro de la Tierra’ o ‘20.000 leguas de viaje submarino’. Había llegado su momento final, la eternidad precisamente en las cabezas de los niños de esa generación que aprendió con él. Autor de masas en vida, autor de masas en la posteridad.

El Nautilus, una de las grandes creaciones de Verne

Adaptación clásica de ‘20.000 leguas de viaje submarino’, con Kirk Douglas

El doodle que le dedicó Google