Hoy llega a las librerías un libro único, la reunión de las mejoras historias creadas por Francisco Ibáñez, elegidas por Ibáñez y editadas por él mismo de la mano de Ediciones B.

El padre de Mortadelo y Filemón, esa piedra angular del tebeo ibérico para masas desde los 70 hasta hoy, decidió por petición editorial elegirá las que más le gustaban, las que le habían dejado más satisfecho, las que le habían hecho reír mientras las creaba. Así nació ‘Las aventuras favoritas de Francisco Ibáñez’, una recopilación en formato de lujo que recoge cinco títulos representativos de todas las épocas seleccionados por el autor. Para los viejos lectores de Ibáñez, para los nuevos y para los coleccionistas. Antoni Guiral, que hace el prólogo del libro, apunta que “no debió de ser fácil para él, al fin y al cabo todas son hijas suyas. ¿Por qué estas cinco? […] Los creadores tienen una relación muy especial con su obra. El recuerdo, las sensaciones que despierte en ellos cada una de sus páginas, dependerá de muchos factores: del momento profesional en que se encontraban; de su estado anímico; de los detalles que les llevaron a hacer esa obra de una forma concreta; de, en definitiva, un cúmulo de situaciones que, pasados los años, pueden verse con perspectiva.

La selección de Ibáñez arranca con ‘Contra el “gang” del Chicharrón’ (1969), segunda aventura larga de los agentes de la TIA y en la que el autor encadena un gag detrás de otro con el aliciente añadido de que Mortadelo y Filemón tendrán que enfrentarse a diez criminales y no uno solo, cada uno diferente por completo del otro. Un canto creativo como pocos a finales de los 60, con un Ibáñez joven y en despegue. La siguiente elección es de un año después, ‘Valor y… ¡al toro!’ (1970), una obra extraordinaria de principio a fin en la que nuestros agentes han de vérselas con los miembros de la banda del Rata liderada por uno de esos villanos clásicos adaptados por Ibáñez, el doctor Apolonio, y en la que la pareja tiene que rescatar los planos de un proyecto secreto.

En el tercer título damos un salto de un cuarto de siglo, hasta 1995, cuando vio la luz ‘¡Silencio, se rueda!’, homenaje al cine que tanto le gusta a Ibáñez y, por cierto, un momento histórico en la serie, ya que para cumplir su misión (viajar en el tiempo e ir a rodajes de películas de diferentes épocas y aprender las técnicas de los dobles) tienen que volver a confiar en el profesor Bacterio, que por una vez acierta y hace funcionar sus inventos. Del cine mudo a los Hermanos Marx, el western, Tarzán, el cine de terror, Rambo o los grandes clásicos. El cuarto título es del año siguiente, ‘100 años de cómic’ (1996), tributo realizado sobre una idea muy concreta: a causa de un error en un invento del profesor los poderes de diversos personajes de historieta han recaído en los miembros de una peligrosa banda de criminales que tendrán que desarticular. Por las páginas pasarán las parodias de todo el universo de superhéroes norteamericanos, o de las antiguas creaciones clásicas como Flash Gordon, el Príncipe Valiente o Mandrake.

La última elección es de este siglo, 2005, una de las más populares y que más ventas acumuló, ‘Mortadelo de la Mancha’, y con la vista puesta en el gran clásico. Cuatrocientos años después de la aparición de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, Ibáñez parodia a su manera las andanzas del caballero andante reconvertido por error en Mortadelo de la Mancha, mientras que Filemón pasa a ser Filemoncho Panza.

Un tipo genial llamado Ibáñez

Para Ibáñez, el secreto de su éxito intergeneracional con Mortadelo y Filemón a la cabeza se debe “a una sola palabra: guión, guión y guión, porque, aunque yo admire mucho a los dibujantes, el lector no nos pide obras de arte que puedan estar en el Museo del Prado, sino una trama bien lograda”. Durante el aniversario de 2011 dejó bien claro que seguía al pie del cañón. Detrás deja el Gran Premio Salón del Cómic al conjunto de su obra en 1994 y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en el 2001, aunque también entonces decía que “los premios son muy bonitos, tengo miles de premios, pero cada persona es un premio para mí, todos aquellos que hacen cola para que yo les firme mis historietas son mi mayor premio”. A fin de cuentas, saber adaptarse a su época y a las siguientes, crear algo que saltara de una generación a otra como no supieron hacer los cómics precedentes por muchos remakes que se les hicieran.

Ibáñez es la reivindicación de una palabra rara pero que define perfectamente a esos creadores: historietista. Es autor, porque guión y dibujo se fundían, pero también es un creador de historietas que iban de una revista a otra, a veces también en volúmenes que al final fueron la vía de expresión perfecta para llegar al público. Ibáñez empezó con 11 años contados cuando España todavía estaba en ruinas y aislada internacionalmente. Y ahora celebra su carrera junto con los comisarios de la muestra, Elena Vergara y Antonio Guiral, que han logrado tener más de 100 cómics, paneles explicativos, ilustraciones y 23 páginas originales del autor. Su vida profesional quedó ligada desde la juventud con Bruguera, la editorial barcelonesa que fue la vía de salida laboral hasta que saltara a Ediciones B, heredera en parte de aquel sello. Fue en 1957, con poco menos de 21 años y el encargo de crear una nueva franquicia para la editorial con instrucciones concretas: dos detectives torpes.

Ibáñez se zambulló en el trabajo y logró despuntar en 1958 con Mortadelo y Filemón, su principal vehículo de lucimiento que cumplía a la perfección con el encargo: no se podía ser más chapucero que aquellos dos personajes histriónicos, uno con levita negra antigua y otro con pajarita eterna e ilusiones de grandeza, que era jefe del primero porque había llegado antes a pedir el trabajo. Ibáñez los deformó para poder llegar a un público joven que quería algo más elaborado, a pesar de que por aquel entonces el trazo de Ibáñez no era el que hoy conocemos. Era mucho más simple y todavía no había esa carga de sarcasmo en los diálogos ni tampoco la marca de la casa: las arañas en las esquinas, ratones que pasan por ahí con diálogo propio, escenas en segundo plano que hoy son recursos habituales en la comedia, incluyendo los episodios de los Simpson.

Fue un éxito rotundo que obligó a acelerar y a multiplicarse. Él mismo aseguraba hace poco que no puede entender cómo pudo sobrevivir a aquel ritmo infernal en el que la editorial exprimía por cuatro duros mal contados a los autores, en ocasiones les racaneaba sus pagos y casi siempre se tomaba a burla eso de los derechos de autor. Un ejemplo: ¿recuerdan los fans algún autorretrato suyo que no fuera atado a la mesa de trabajo, fumando y convertido casi en un pulpo para intentar llegar al plazo? Su estilo evolucionó hacia escenas abigarradas con múltiples secuencias a veces en la misma viñeta, con un puntito de barroquismo formal que obligaba al lector a volver varias veces, para ver cómo Mortadelo empujaba a alguien que a su vez le daba un cabezazo a otro y éste caía sobre dos lagartijas que miraban espantadas y hablaban con su propio bocadillo con un “adiós Paco” entre abrazos.

Fue entonces cuando, entre el ojo vigilante del Estado, los intereses comerciales de Bruguera y la necesidad nació el humor “blanco roto” de Ibáñez, ese que es amable pero que esconde un grado de mala uva hispánica muy peculiar. Ese estilo, que abandonó lentamente las formas regulares bien definidas por otra línea clara más ondulante donde todo el mundo parece redondo y encorvarse (menos Mortadelo), se convirtió en marca de Bruguera y de Ibáñez, que ya no pudo parar. Hoy en día todavía sigue con Rompetechos y por supuesto con Mortadelo y Filemón, traducido y publicado en más de 20 idiomas por todo el mundo y con notable éxito, por ejemplo, en Alemania o Sudamérica.

Para entonces ya habían llegado los álbumes al estilo francés, largos y no episódicos. Ya no se trataba de las viñetas de la revista Pulgarcito, ahora eran narraciones mucho más largas. No había evento histórico o de actualidad que no tocara: la Guerra Fría, los Mundiales, las Olimpiadas, James Bond, profecías de pandemias tremendas… incluso se anticipó al 11-S con una célebre portada en la que se veía un avión empotrado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Incluso ha tenido su propia app para tabletas. Ahí es nada. Se adapta, como siempre, subido a su mesa de trabajo y sin dejar de dar el callo.