Ahora que el Camino de Santiago ha sido considerado por la Unesco como Patrimonio Inmaterial es una buena ocasión para volver a hablar de esta ruta cultural, histórica, vital, religiosa, deportiva y turística como hay pocas, que da todas las facilidades para sentirse mejor humano por la vía del sudor, la sangre de las ampollas y las lágrimas mañaneras de pensar en que hay que patearse km de tierra ibérica cada día. 

El Camino con mayúscula, y eso que hablamos de una experiencia cultural, religiosa, económica, artística y vital que tiene más de mil años. La ruta francesa (la tradicional que arranca incluso más allá del Loira en Francia) ya tenía ese honor desde 1993, pero han tenido que pasar más de 20 años para que el resto de tramos históricos consigan esa meta. Así se integran las cuatro rutas oficiales: el Camino Primitivo (que arranca en Oviedo), el Camino Costero (936 km y que recorre toda la costa cantábrica, también conocido como la Ruta Inglesa), el Camino Vasco (que empieza en Irún en lugar de en los Pirineos y luego conecta con otras) y el Camino de Líebana (de los más peculiares, que conectan con el monasterio de Santo Toribio). Hay más rutas, como la famosa Ruta de la Plata que arranca en Sevilla y recorre el oeste de la Península Ibérica hasta conectar con León y luego subir a Galicia por la ruta franca. Pero los caminos del norte ya tienen su reconocimiento.

El Camino de Santiago hoy se reparte entre los que hacen promesas laicas consigo mismos, los que intentan meter algo de aventura y desafío en sus vidas, los que simplemente hacen turismo rural alargado y la gente de Fe que realmente hace el Camino por creencia y devoción. Pero durante siglos fue algo más: fue la puerta hacia Europa de los reinos cristianos del norte peninsular, fue la espina dorsal de una Hispania cristiana alrededor de la cual se forjaron muchas culturas. Fue también el río por donde entraron el románico, el gótico y el arte medieval; también, como siempre, fue semilla de comercio y riqueza, de bandidos y mil leyendas. Porque hay muchos proverbios y frases literarias que servirían para arrancar un texto como este, desde Machado a Tolkien (“todo desafío empieza cuando das el primer paso fuera de casa”, decía Bilbo Bolsón en El Señor de los Anillos, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, decía Don Antonio), pero en realidad cada individuo forja su verdadero camino personal.

Las estaciones del Camino: otoño, invierno, primavera y verano, la senda de siglos sigue ahí

Un paso tras otro, más de 750 kilómetros desde los Pirineos, desde ese lugar tan legendario como real llamado Roncesvalles donde Carlomagno, Roldán y la vieja Europa más pagana que cristiana en realidad latía. El Camino está perfectamente dividido en trayectos con una media de 20 a 30 kilómetros diarios, atravesando valles, montañas, colinas, bosques, ríos, planicies, puertos de vientos inhumanos y los meandros del campo gallego. Navarra, La Rioja, Castilla y León y Galicia, cuatro comunidades, cuatro realidades hermanadas por el abrazo de mil años de historia. Y eso es lo que vamos a hacer en este reportaje, ser útiles y dividirlo en cómodos plazos para los pies. El primer tramo arranca en Roncesvalles y termina en Santo Domingo de la Calzada, al borde de la frontera con Castilla y León. Los tramos son: Roncesvalles-Zubiri (21,6 km), Zubiri-Pamplona (20,6 km), Pamplona-Puente la Reina (23,5 km), Puente-Estella (21,8 km), Estella-Los Arcos (21,6 km).

Abandonamos Navarra y entramos en La Rioja, desde Los Arcos a Logroño (27,8 km), de la capital a Nájera (29,4 km), y desde aquí a Santo Domingo de la Calzada (21 km). En total 187,3 kilómetros en ocho días, con desniveles fuertes desde los Pirineos hasta la cuenca abierta del Ebro y cambios de altura que pueden ir desde los 100 a los 500 metros en apenas un día. Los tramos están pensados para tomárselo con calma: muchos apenas sobrepasan las 6 horas de caminata diarias, lo que deja tiempo suficiente para recuperarse e incluso hacer turismo paralelo para mover el árbol del mercadeo que es, en gran medida, uno de los pilares del actual Camino de Santiago, que no se entendería sin un feedback comercial que ayude a mantenerlo más allá del espíritu de la gente.

A la espalda quedan los increíbles hayedos navarros, que pasan del verde profundo y salvaje de la primavera al rojo fuego del otoño. Quedan también atrás Valcarlos, el Puerto de Ibañeta, la Real Colegiata de Roncesvalles, Iglesia de Santiago, el Silo de Carlomagno, la Selva de Irati, la Sierra del Perdón, la iglesia de San Pedro de Mañeru y todo el conjunto monumental de Estella; también el Monasterio de Irache, la Basílica de San Gregorio o la tríada románica de Olejua, Oco y Learza, la villa de Viana y el centro de Logroño, o los monasterios de Yuso, Suso y San Millán de la Cogolla. Delante queda ya Castilla y León, que se abre como una gran llanura de campos ondulados al otro lado de la frontera. Se abre la Meseta Norte con la gran cuenca del Duero ante los ojos del peregrino, de Castilla a León por la orilla norte del gran río: es la tierra del horizonte sin fin que provoca el agobio, también es el bloque más duro para el peregrino tanto en verano o invierno, cuando el sol es el peor enemigo imaginable o el viento frío nos barre porque no hay nada que lo frene.

Los campos de Castilla (arriba) y los valles de León (abajo), donde los viñedos reinan

Arrancamos en Santo Domingo de la Calzada hasta Belorado (23,1 km), luego Belorado-San Juan de Ortega (24,4 km), y desde aquí hasta Burgos (24,4 km). Más vale parar en la capital un día para coger fuerzas, porque la siguiente etapa es de las más largas: Burgos-Castrojeriz (40,9 km), la prueba de fuego para los pies y que acercará al peregrino hasta la frontera con Palencia. Siguientes etapas: Castrojeriz-Frómista (25 km), Frómista-Carrión de los Condes (18 km), de las más cortas y llanas, con apenas un diferencial de altura de 40 metros entre inicio y fin; luego Carrión de los Condes-Sahagún (40 km), otra larga y que nos mete ya en León, donde se adivinan los días para romper piernas al subir a Galicia.

Desde Sahagún hasta Mansilla de las Mulas (36,2 km), Mansilla-León (18,6 km), otro final de etapa glorioso para detenerse un día entero ante la Pulchra Leonina. Luego León-Hospital de Órbigo (32,3 km), Hospital-Astorga (17 km), de la capital maragata a Rabanal del Camino (20 km), donde el suelo empieza a elevarse y pasará el caminante de los 900 a los 1.150 metros de altura. De Rabanal a Ponferrada (32,3 km), etapa dura porque hay que superar la Cruz de Ferro (1.500 metros) y pasaremos de los 1.150 a los 1.500 metros de altura para luego bajar hacia la gran olla que es El Bierzo, hasta los 500 metros: todo bajada después del crudo momento de montaña leonesa, pero que es el anticipo de lo que nos espera para llegar a Galicia.

Desde Ponferrada a Villafranca del Bierzo (23,9 km), y la última etapa de Castilla y León: Villafranca-O Cebeiro (28,2 km), desde los 500 a los 1.300 metros, los últimos seis kilómetros en subida permanente hasta la gran cruz de O Cebeiro que marca la llegada a Galicia y deja fotografías de peregrinos rotos, exhaustos y abrazados al suelo por haber llegado después de recorrer 404,3 kilómetros. Tramos largos y dobles, jornadas de hasta diez horas caminando si no hay buen ritmo, y sobre todo arte: dos catedrales góticas perfectas de Burgos y León, el Castillo de Ponferrada, el románico de San Martín de Frómista, el mudéjar de Sahagún, decenas de hospitales antiguos como el mundo y muchas ermitas. También Atapuerca (en la etapa entre San Juan de Ortega y Burgos, a 6,3 km de la ciudad de salida y que bien merecería remolonear o partir la etapa en dos).

Frómista, León y Santiago: románico, gótico y el gran pastel románico-barroco, todo el arte del Camino

Y finalmente, Galicia, reino verde. Pasamos del dorado de los trigales y el ocre de los campos castellanos, y también de la llanura. Al cruzar el paso de O Cebeiro no sólo entramos en Galicia, también en la abrupta tierra gallega: prados, ríos, arroyos, una lengua y una cultura peculiar moldeada por siglos de magia y tradición. Igualmente es el final del Camino, donde el peregrino ya ha cogido ese punto que los veteranos llaman “el automático”, donde ya no duelen las piernas sino las ganas de terminar y los músculos vibran cuando te detienes. Cansa menos ya seguir caminando que tumbarse.

Primera etapa, O Cebeiro-Triacastela (20,8 km), de media montaña y con un ligero desnivel en los últimos dos kilómetros; Triacastela-Sarria (24,8 km), todo en bajada salvo en desnivel de Samos, una etapa que, por cierto, puede realizarse en dos rutas paralelas que se unen en la localidad de Aguiada. De nuevo habrá que subir y bajar entre Sarria y Portomarín (22,3 km), al otro lado del río Miño; más subida a través de la Sierra de Ligonde entre Portomarín y Palas de Rei (24,6 km). Luego la última de las etapas complicadas entre Palas de Rei y Arzúa (29,1 km), más por su longitud por el continuo sube y baja a través de los valles y colinas de la zona del río Ulla. También salimos de Lugo y entramos, por fin, en A Coruña. La penúltima, o antepenúltima, según se mire (recuerden, Finisterre, en la costa, es la verdadera etapa final de la senda original), va de Arzúa a O Pedrouzo (19,3 km), y es el aperitivo para la que va desde ésta localidad hasta Santiago de Compostela (19,9 km). Hasta Finisterre hay otros 80 o 90 kilómetros más de recorrido, donde el peregrino auténtico, al ver el faro final, quema sus botas ante la costa del Fin del Mundo.

Desde la cima de O Cebeiro hemos recorrido dos provincias y cruzado lugares como la comarca de Samos, la iglesia y castro de Castromaior, el Crucero de Lameiros, Vilar de Donas, las pinturas murales de Santa María de Melide, el Castillo de Pambre y la zona de Melide. Y por supuesto Santiago de Compostela, Patrimonio de la Humanidad y que merecería otra semana de recuperación entre marisco, albariño y cafés en calles empedradas y estrechas, húmedas y que cuentan millones de historias de otros tantos millones de peregrinos. Mas de 750 kilómetros de viaje, desde el rojizo navarro al verde gallego.

Mapa-del-camino