Todas las potencias mundiales sueñan con volver a la Luna como paso previo para pisar el suelo de Marte, usar nuestro satélite como trampolín al planeta rojo; sin embargo, no hay fechas, ni planes concretos, pero sí mucha ambición.

 

FOTOS:  NASA / ESA / ROSCOSMOS – ILUSTRACIÓN: Pablo J. Casal

“Para llegar a Marte antes habría que pasar por la Luna”. La frase era de un español anónimo que dejó esta nota en el libro de visitas de una exposición sobre astronomía en Madrid. No era una tontería, quizás había llegado a la misma conclusión que la mayoría de los gestores de las agencias espaciales de cara al futuro. Marte es, hoy por hoy y con una crisis financiera galopante, una quimera. Hay tecnología suficiente para llevar máquinas a Marte, pero no para traerlas. Y lo de llevar seres humanos en un viaje que duraría quizás más de un año es una fantasía sobre el papel para la que no hay correspondencia en la realidad. Hoy no existen los medios. Tendrían que fusionarse todas las agencias mundiales e invertir miles de millones en un proyecto que quizás terminara en tragedia. Podrían llevar al primer humano a Marte, pero probablemente no volvería. Sin embargo, la Luna sigue ahí, más de 50 años después del primer alunizaje. Desde entonces Europa, China, Japón y la India, además de EEUU, no han parado de enviar sondas orbitales para investigar.

El regreso a esa superficie gris, polvorienta, sin atmósfera y fantasmagórica, tendría efectos positivos en la investigación científica, en el desarrollo de nuevas tecnologías… el efecto del Programa Apolo en los años 60 y 70 para ir y volver de la Luna alumbró toda una generación de avances, desde los relojes digitales a técnicas quirúrgicas o los nuevos ordenadores. Pero las fechas bailan: ¿2020?. ¿2025 quizás? Llegar a la Luna sería útil para poder dejar allí una base científica permanente que pudiera ser, además, la estación de partida para llegar a Marte. Salir de la Tierra sigue siendo peligroso, y el trabajo en nuestro planeta para ensamblar piezas de un módulo marciano sería mucho más sencillo en la Luna, con mucha menos fuerza gravitatoria que podría lanzar la misión con menos consumo de combustible y más eficiencia. La misión que llegara a Marte saldría de allí, no de la esfera azul. Conclusión: sí, sería una buena idea llegar. Y mucho, mucho más barato. A fin de cuentas la tecnología ya se utilizó y ahora mismo está mucho más desarrollada.

 

El sueño de volver a la Luna (según Pablo J. Casal) 

Hay tres naciones que ansían esa misión: EEUU para demostrar que es la reina espacial y el país con más medios y capacidad tecnológica; Rusia, que con esta misión en solitario volvería a ser una potencia mundial tecnológica y reclamaría su lugar perdido; y China, que tiene fondos suficientes, una estructura muy militarizada y unas ansias tremendas de reclamar también su lugar predominante en el mundo. La cuarta y la quinta opción siempre serán secundarias y de apoyo a alguno de los anteriores: Europa, con la ESA y su capacidad científica y de investigación, o Japón, que podría aliarse también y sumar a otros su tecnología robótica (fundamental para llegar a la Luna o a Marte ante las limitaciones de los seres humanos). En solitario sólo podría hacerlo la NASA, que, sin embargo, está en plena decadencia por el final del programa de transbordadores, sin módulos tripulados, llena de problemas técnicos y de recortes de presupuesto.

Pero no se desaniman y ya está en marcha: la próxima misión no tripulada, la GRAIL, servirá para afianzar conocimientos y ensayar metodología nueva. La agencia lanzará y estrellará dos sondas en la superficie lunar para recabar información fiable y concreta sobre zonas que podrían ser objetivo de un alunizaje futuro, pero no antes de 2020, si bien esa es la fecha fijada. De forma muy optimista probablemente. La misión GRAIL intentará, sobre todo, encontrar información detallada sobre el terreno acerca del polvo lunar, un factor ambiental que puede representar uno de los mayores problemas para los seres humanos en la Luna. Esta ligera capa es tan fina como el polvo de talco y tremendamente abrasivo, con lo que todo el aparataje mecánico que llevara la nueva misión podría quedar inservible o sufrir graves desperfectos en un tiempo demasiado corto. Y por ende, peligroso también para el aparato respiratorio humano si se filtrara en el ambiente aséptico del interior de las sondas tripuladas.

Así pues, la NASA, que se lo ha tomado en serio, ha ideado un plan: el Explorador de polvo para el Medio Ambiente (LADEE), en pleno desarrollo y que permite detectar con espectrómetros el rastro de ese polvo. El plan implica varios tipos: uno de luz ultravioleta y visible que permitiría detectar el reflejo de la luz solar en las superficies, otro espectrómetro de masas neutral, configurado para detectar diferencias en lo poco que hay atmósfera en la Luna; y un sistema que recogerá y analizará las partículas de polvo que flotan alrededor de la atmósfera dispersa. Gracias a este sistema de detección que se comunicaría con la Tierra por laser en lugar de ondas de radio (más rápido, más seguro, más eficaz, y lo que es más importante, más barato) se podría planear la futura misión a la Luna. De momento los planes van para agosto u otoño de este mismo año como plazo para mandar la misión.

La cuestión es que sería el mayor proyecto científico humano desde el CERN en Europa o la secuenciación del genoma humano en EEUU si bien en ambos casos hubo colaboración mutua entre los dos bloques, incluso con otros. El tercer gran desafío ha sido la Estación Espacial Internacional, primer paso de una larga cadena de eslabones que debería mandarnos de vuelta al satélite. Todo son escalones: de la Tierra a la estación espacial, de ésta a la Luna, y de nuestro vecino a Marte. Eso sí, el esfuerzo tiene mucho de política y de ansia que de sentido común.

El primer alunizaje en 1969 vino precedido de muchos ingredientes que nada tienen que ver con la ciencia: la Guerra Fría, el pulso militar y tecnológico entre EEUU y la URSS, los inmensos recursos públicos que fueron movilizados para hacer frente a la carrera espacial, el desafío que supusieron el Sputnik y Yuri Gagarin para los americanos, pero sobre todo el predominio económico de EEUU en el mundo, que era entonces casi absoluto. Fue una época muy especial, con J. F. Kennedy prometiendo poner un hombre en la Luna antes de terminar la década y la enorme sombra de la crisis de los misiles de Cuba. Era un pulso a vida o muerte entre dos bloques antagónicos. Hoy eso es inviable.

 

Cohete Venus Express para próxima misión lunar 

Para empezar la NASA carece de vehículo espacial propio; Rusia tampoco lo tiene, ni Europa, ni Japón ni China. Los transbordadores han pasado a mejor vida y no hay una solución a corto plazo. De hecho, la tecnología debería adaptarse a la idea del viaje: podría valer un transbordador como forma de llegar hasta allí, pero una vez en órbita lunar el descenso debería hacerse en un segundo módulo más pequeño y manejable, siguiendo los pasos del Programa Apolo, que pudiera regresar luego a ese transbordador.

Un tercer problema sería cómo hacer llegar a ese transbordador a una distancia media de 384.400 kilómetros, una broma comparada con el vacío que nos separa de Marte: entre 59 millones de kilómetros cuando las órbitas nos colocan cerca del planeta rojo, y 102 millones en la fase más lejana. Casi podría decirse que es un pequeño salto. Con la tecnología actual, y con los datos del Programa Apolo, el viaje debería durar una semana. El Apolo 11 tardó exactamente 8 días, 3 horas y 18 minutos en ir y volver desde la Tierra. Con los medios actuales quizás se pudiera acortar el viaje en 48 horas, pero eso depende de cómo se organizara la misión.

Los americanos no son los únicos con ansias por la roca gris. Rusia, a través de su agencia Roscosmos, planea también llegar por primera vez a la Luna. No pudieron hacerlo en los años 60 y 70 y quieren resarcirse. En una reciente comparecencia de prensa con las agencias de noticias, el director general del gran consorcio ruso, Viktor Jartov, aseguraba que Rusia “quiere demostrar que es capaz de aterrizar en otros lugares”. Planean dos misiones gemelas para 2015, con lo que diseña un módulo de alunizaje específico. Con ella ensayarán el aterrizaje y despegue en suelo lunar; como segunda parte, intentarán hacer con la Luna lo que la NASA ha hecho con Marte y sus robots exploradores. El programa lunar ruso consta de los proyectos Luna-Glob y Luna-Resurs destinados a zonas muy concretas, los polos lunares, zonas donde jamás llega la luz solar, con temperaturas muy bajas en las que puede haber agua en forma de hielo perenne. Los rusos quieren ser prudentes, no correr esta vez.

Todo despacio, lentamente, sin estridencias. Plantando las semillas. EEUU y Rusia, una vez más, competidoras rumbo a la Luna. Pero esta vez el contexto será diferente, habrá más cooperación y es casi seguro que la ESA, sin capacidad operativa más allá de ingeniería de investigación y cobertura logística, colaborará de algún modo con su hermana mayor y en la que se inspiró en su creación. Mientras, el resto del mundo seguirá con sus propias cábalas sobre la Luna, desde Brasil a la India, pasando por Japón o China. Pero hoy por hoy sólo una agencia tiene capacidad real para planteárselo.

 

Qué hay que saber de la Luna

Bola de queso, roca gris, cara de cráter… muchas imágenes preconcebidas para la Luna, un cuerpo rocoso de origen polémico (¿se formó en paralelo a la Tierra por detritus rocosos en la fase inicial del Sistema Solar?, ¿surgió de la Tierra al chocar ésta con otro cuerpo planetario en formación y desprender una masa enorme que quedó en órbita?), sin apenas atmósfera, con una gravedad mínima respecto a la de la Tierra y que cada año se aleja 3,8 cm de nosotros por efecto de su órbita gravitatoria alrededor de nuestro planeta.

En datos concisos: está a 384.400 km de media de la Tierra, una inclinación de 5,1454 grados, con una excentricidad orbitral de 0,0549, una masa de 7,349 × 1022 kg un diámetro de 3.476 km y una superficie de 38 millones de km2. Luego viene lo obvio: es el único satélite natural de la Tierra y el quinto más grande del Sistema Solar, con una órbita que lo mantiene en sincronía con la Tierra (siempre vemos la misma cara de la Luna), y a pesar de ser el objeto más brillante en el cielo después del Sol, su superficie es en realidad muy oscura, con una reflexión similar a la del carbón. Sobre nosotros ha tenido una doble influencia: física, porque su presencia ha modulado las corrientes marinas y las mareas oceánicas al colocarse más cerca en su órbita (literalmente eleva el agua hacia sí por su gravedad y provoca la retirada de las mareas en las costas); y abstracta, por su enorme influencia cultural, religiosa y artística en las diferentes civilizaciones humanas, tanto como para inspirar calendarios y mitos. Otro aspecto: los eclipses.

Su cercanía la convierte en el cuerpo más grande visible, más incluso que el Sol, razón por la cual cuando las órbitas coinciden en una posición concreta puede llegar a tapar el disco central solar y provocan ese efecto sobre la Tierra de tapar la luz. Es, además, el único cuerpo celeste que ha sido pisado por el ser humano (entre 1969 y 1972), desde entonces la Luna se mantiene “neutral” por el tratado del espacio exterior que no adjudica a nadie su posesión y sólo la destina a fines científicos, si bien China ha insinuado (con demasiado optimismo) que podría pensar lo contrario. Pero para eso primero hay que llegar allí.