En la novela negra, no sólo bajo la eterna noche polar o en pueblecitos de nieves perpetuas se retuerce el mal. Ni es necesaria una aurora boreal para que las manos de un hombre se manchen de sangre. No, el crimen también está a gusto en latitudes más cálidas, en un país ahora atenazado por la crisis y las consecuencias de la especulación inmobiliaria y la corrupción política: el nuestro. Y no es un fenómeno nuevo.
Ahora se vuelve la vista a los nórdicos y sus exóticos apellidos: Mankell, Larsson, Nesbø, Fossum, como antes hacia el país del dólar y sus imprescindibles Hammett, Chandler o Ross MacDonald. Si los estadounidenses, con su hard boiled, parieron los principales rasgos de la novela negra tal y como la conocemos, son ahora los residentes en los países más fríos de Europa los que han permitido que la criatura volviera a enseñar sus retorcidos colmillos. Aún así, Estados Unidos no ha perdido su potencial, con autores como James Ellroy o Dennis Lehane, y también lo negro se sigue estilando en nuestros hermanos latinoamericanos, como el asturmexicano Paco Taibo o el cubano Leonardo Padura. Otros países también tienen sus héroes locales. En lengua francesa, donde antes estaba el belga Simenon está ahora la parisina Fred Vargas; desde Italia siguen en el tajo Andrea Camilleri y Donna Leon; en Grecia está Petros Markaris y de la lluviosa Gran Bretaña nos vienen la nonagenaria P.D. James, que sigue dando guerra, e Ian Rankin.
¿Y qué ocurre en nuestro país? ¿Quiénes son nuestros autores más sombríos? Como sabemos, la novela negra no es algo inédito en nuestras letras. La alargada sombra de Manuel Vázquez Montalbán lo demuestra. Como él, fueron muchos los escritores que en los años de la Transición eligieron el género como el mejor escalpelo posible para diseccionar la naciente democracia. De esa generación tan prolífica en los finales setenta y los ochenta aún nos quedan buenas muestras que siguen configurando nuestro panorama narrativo. Es el caso de Francisco González Ledesma, Juan Madrid y Andreu Martín.
Lo curioso es que el auge de la novela negra también coincidió entonces con un periodo de grave crisis económica que provocó una importante tasa de paro y, mediados los 80, con el desarrollo de uno de los sectores que más literatura negra produce cada día en nuestros periódicos: la construcción. Fueron, además, años de inestabilidad política, droga y ascenso de ricos de nuevo cuño que en parte nos han llevado a donde nos encontramos hoy. Todo esto se puede encontrar en las novelas negras de esa época. ¿Y en las actuales? Pues, más o menos, lo mismo. El cuento ha cambiado bien poco: corrupción, los caudillos locales de siempre, violencia, droga, prostitución. Además del asesino casual en que se puede convertir nuestro vecino. El lado oscuro de nuestra sociedad. Añadiendo a la mezcla las características de nuestros días: Internet, las mafias transfonterizas, los paraísos fiscales y la corrupción política y financiera a nivel internacional. Distintos perros pero con el mismo collar.
De esta forma, uno de los rasgos principales de la actual literatura negra española es la convivencia de veteranos como Ledesma o Madrid con los que se estrenan. En las librerías coexisten además autores de corte ‘clásico’ con otros que mezclan el género, mestizo y bastardo como la misma literatura, con los elementos más insólitos: desde la ciencia ficción, como hacen José Carlos Somoza o Elia Barceló, a tramas que podrían parecer puramente históricas, como las de Luis García Jambrina, que convierte al autor de ‘La Celestina’, Fernando de Rojas, en un hábil sabueso, e incluso un sorprendente cóctel zombis/policías en ‘Antirresurrección’, de Juan Ramón Biedma. Algunos autores son recién llegados al género tras bregarse en otro tipo de novelas, como Marta Sanz con ‘Black, black, black’ o Javier Calvo con Corona de Flores, definida como “novela gótica de crímenes” en una Barcelona decimonónica. También Jesús Ferrero con ‘El beso de la sirena negra’ y Manuel Rivas con ‘Todo es silencio’, que él mismo ha definido como un “esperpento de serie negra”, cuyo fondo es el narcotráfico gallego; e incluso Ricardo Menéndez ‘Salmón con Derrumbe’, segunda novela de su ‘Trilogía del Mal’, así con mayúsculas.
Pero si hay algo que ha cambiado en la novela negra actual, y no sólo en España, son las características de sus protagonistas. De los monolíticos hombres de hielo encarnados en un Sam Spade o un Philip Marlowe, sin hijos, sin pareja estable ni apenas pasado, hemos llegado a una variedad de tipos y tipas en los que han crecido las circunstancias emocionales que se desarrollan junto a la resolución de sus crímenes. Y también a muchas parejas que reproducen en lo negro algo tan nuestro como el tira y afloja de don Quijote y Sancho. Es el caso de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, creados por el madrileño Lorenzo Silva, o de la inspectora de Policía Petra Delicado y su compañero el subinspector Fermín Garzón, de Alicia Giménez Bartlett.
Además hay juezas como Lola MacHor, hija literaria de Reyes Calderón, o Mariana de Marco, protagonista de las novelas de José María Guelbenzu, y toda una sucesión de tipas duras como la Clara Deza de ‘Y punto’, de Mercedes Castro, o la comisaria hispano-alemana Cornelia Weber-Tejedor, clave de las novelas que publica Rosa Ribas desde Frankfurt. Y no sólo el hombre de hielo, habitual protagonista de la novela negra, se ha descongelado un tanto, sino que ya ni siquiera es el heterosexual rodeado de mujeres fatales que encontrábamos en las obras de finales de los años 20. No, también en esto se ha abierto el armario para airear el género, como en el caso de Arturo Zarco, el detective gay de la citada ‘Black, black, black’ de Sanz o Felicidad Olaizola, la ertzaina lesbiana que protagoniza las novelas de Javier Otaola.
Nada más incierto que ese tópico que dice que la novela negra es urbana, como si sólo en las grandes ciudades hubiera crimen y delincuencia. Los nórdicos nunca han asumido esta fatua tesis e incluso parecen tener especial predilección por asesinatos que ocurren en ciudades pequeñas o pueblos más o menos aislados. Se desmonta así ese cliché de que las novelas negras (y otras) tengan que ambientarse en los dos hormigueros principales de nuestro país: Madrid y Barcelona. Es lo que se ha denominado ‘novela negra periférica’, en la que se encuadran las obras de Domingo Villar, enmarcadas en una brumosa Galicia; las del histórico Julián Ibáñez, en Bilbao; la soleada Canarias de las novelas de Alexis Ravelo y las septentrionales Asturias y León de ‘La última fosa’ y ‘Una mina llamada Infierno’ del inspector Trinidad Ramalho, personaje ideado por el escritor y policía Alejandro Gallo.
A esta variedad de ambientes que permite la novela negra se han sumado además las perspectivas de escritores de otros países, sobre todo latinoamericanos, que crean aquí y han encontrado en nuestro suelo caldo de cultivo para sus obsesiones más oscuras. Con ellos se ha enriquecido el lenguaje y se han internacionalizado las tramas y aunque es difícil citarlos a todos destacan algunos como el argentino Raúl Argemí, sus compatriotas el irónico Carlos Salem y Marcelo Luján, y el peruano Santiago Roncagliolo, que ha dejado para el género su ‘Abril rojo’. Porque si hay algo de lo que puede enorgullecerse nuestra novela negra ibérica es de su variedad y de la capacidad de los autores para reflejar la cambiante situación social en sus obras. Y cumplir así uno de sus objetivos: hurgar en la herida. Denunciar lo que otros tratan de barrer bajo la alfombra. Por eso, si encuentran una buena novela 100% pata negra, no lo duden: pruébenla. Seguro que repiten.
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