Zaragoza esconde varios lugares que no son visibles si no se recorre la ciudad, escondidos a simple vista, alejados del centro detrás de muros, murallas y torres de apartamentos.

FOTOS: L. Prieto

Patear una ciudad es recorrerla paso tras paso, un pie detrás del otro. Sin guías, apenas el deambular lento y perdido, confundirse de calles, preguntar, seguir por instinto detrás de una calle para no llegar a la otra… horas y horas bajo el sol para al final llegar a un punto. En Zaragoza los pasos perdidos suelen desembocar en grandes avenidas, plazas y ese monstruo que es el gran zócalo de El Pilar, pegado al Ebro que sube y baja a capricho y hace repetir la frase de “el padre Ebro” a cada viandante cuando ve que la gran arteria se inflama.

Hay tantos libros, tantas fotografías y tantas aceras y baldosas pisadas sobre Zaragoza que para ser originales hay que rebuscar entre esas mismas calles, pequeños rincones, o grandes rincones, que se ocultan del resto de la ciudad, siempre bajo toldos, entre árboles y torres de apartamentos, en las lejanas afueras cruzado el Ebro o dentro incluso de edificios tan anodinos como pueda ser un banco. Este reportaje habla sobre esos lugares no inmediatos de Zaragoza, apenas un puñado de los muchos atractivos de una ciudad que fue romana, árabe, judía, cristiana, aragonesa y ahora capital de una comunidad autónoma que gira alrededor de ese padre Ebro, pero sobre todo a la ciudad, que alberga a más de la mitad de la población de la región.

 

Teatro Romano 

Una casa detrás de otra, en ocasiones sobre otras. Así creció Zaragoza, amontonándose las épocas sin apenas respeto por los antepasados, luchando por el espacio. La primera víctima fue la civilización fundacional, la romana, que por el camino, sepultados, dejó sus tesoros urbanos como el viejo puerto fluvial, las cloacas, las termas, trozos de muralla y ese espectacular Teatro Romano (San Jorge, 12, abierto de martes a sábado; domingos de 10 a 14 horas) descubierto mientras se hacían obras para construir otro bloque de pisos más. Un teatro que al ver la luz mostró sobre todo la estructura interna, pequeñas piezas y parte del mosaico del escenario principal, un hemiciclo perfecto que fue reconvertido en museo techado por una gran cubierta.

Vive como en sus días primerizos, encajonado entre bloques de apartamentos que lo hubieran sepultado para siempre. Fue construido con mimo, adornado y encallado entre las termas y el Foro, dos lugares públicos fundamentales en la cultura romana. Pertenece al siglo I d.C y vivió su esplendor durante las dinastías Julia-Flavia y Claudia. Era arte, cultura, pero también política; allí se hacían sátiras y dramas sufragados por el poder civil, y con una peculiaridad: desde Grecia se aprovechaban las laderas de colinas o elevaciones para construirlos, pero éste es aéreo, se levantó sin apoyos, por lo que está lleno de cámaras abovedadas para soportar y repartir los pesos de la construcción. Una innovación más de la civilización que vio nacer la urbe.

 

Patio de la Infanta 

Siguiendo por la zona los pasos llevan hasta otro lugar furtivo, tan escondido que habita dentro de un edificio del siglo XX de cubiertas de cristal de espejo y acero, en las tripas de un banco como Ibercaja. Es el Patio de la Infanta (San Ignacio de Loyola, 16, en el interior de Ibercaja, de lunes a domingo en horarios laborales), atesorado detrás de las paredes donde todos los días trabajan los empleados de banca. A apenas medio metro de espesor hay un patio renacentista único que ha dado tantos tumbos como la Historia misma: construido en la Casa Zaporta en 1546 por el comerciante judío Gabriel Zaporta, que reconvirtió su casa en banco y que vivió los buenos tiempos. Por azares del destino la casa terminó siendo vivienda de Teresa de Vallabriga, infanta de España por su matrimonio con un hermano de Carlos III, y desde entonces el patio recibió ese nombre.

Luego fue Escuela de Bellas Artes, casino, escuela de nuevo, imprenta, ebanistería, fábrica de pianos… hasta que en 1903 se demolió la casa. Se salvó el patio porque un rico anticuario francés lo compró, desmontó y trasladó a su casa de París para disfrutar de él. En 1958 la entidad que hoy es Ibercaja recuperó el patio pieza a pieza para convertirlo en el eje alrededor del cual se eleva su sede. Es uno de los grandes patios renacentistas de España, con rasgos manieristas, repleto del neopaganismo de la época, desde motivos heráldicos (sobre Carlos III, Felipe II y Carlomagno) a mitología grecolatina, signos zodiacales y figuras antropomórficas. El fondo rojizo enaltece los dos pisos, igual que la gran claraboya geométrica a través de la cual recibe la luz.

Viajamos en el tiempo hacia atrás, hacia el esplendor árabe de Zaragoza, aquella taifa que resistió cientos de años los embates cristianos hasta que fue conquistada para ser urbe de la Corona de Aragón. Uno de sus principales rescoldos históricos es el palacio y fuerte de la Aljafería (Calle Diputados, s/n, actual sede de las Cortes de Aragón y museo), un castillo construido en el antiguo borde de la ciudad (hoy ya zona residencial y rodeado de torres y torres de apartamentos), estilo islámico con fuertes influencias mudéjares que fue reutilizado sin fin durante siglos: alcazaba, palacio real, sede de corte de los Reyes Católicos, fortificación defensiva durante varios siglos, cárcel de la Inquisición y de los Borbones… y asamblea democrática. Tantas vidas como la ciudad misma. Tuvo un papel histórico durante la Guerra de la Independencia y fue usado por las tropas napoleónicas como punto fuerte, lo que le valió no ser derruido.

 

Interior de la Aljafería

La Aljafería presente todos los referentes de las fortificaciones islámicas, ordenado construir por el segundo rey de la dinastía Banu Hud de Zaragoza en la segunda mitad del siglo XI. El rey Abú Ya’far Ahmad lo llamó Palacio de la Alegría y es el único testimonio de gran edificio de la época de las taifas si no contamos la Alhambra granadina, posterior en el tiempo. Todo orbita alrededor de dos patios, uno ajardinado y otro de armas, alrededor del cual se yerguen las Cortes a un lado y el museo al otro, desde los bosques de columnas de estilo mudéjar a una pequeña mezquita privada, los salones góticos de los Reyes Católicos (con espectaculares artesonados que siguen las directrices de ambos monarcas en su afán por unir el reino, muy similares a los de Segovia, Ávila o Salamanca). Fueron, curiosamente, encargados a tres arquitectos moriscos: Faraig de Gali, Mahoma Monferriz y Mahoma Palacio. En la vieja Torre del Trovador, que fue prisión inquisitorial y real, también hay testimonios, pero de graffiti de los presos, hoy conservados para recordar tiempos peores de un palacio y bastión que fue también un recordatorio a la ciudad de que era suelo borbónico y no foral, como pretendían los aragoneses. Como resarcimiento se edificaron allí las Cortes de la recobrada autonomía.

Para el siguiente recodo hay que viajar algo más lejos en tiempo y espacio, hacia el siglo XXI cruzando el Ebro. Allí está la pequeña ciudad construida para la Exposición Universal de 2008 que giró en torno al agua, y donde se elevaron el Pabellón de Aragón con forma de cesta, los edificios de los pabellones de España o Italia, el llamado Pabellón Puente, un edificio que se eleva sobre el Ebro y que permitía pasar de un lado al otro, o la espectacular Torre del Agua, un pequeño rascacielos de 76 metros de altura que imita en su forma a una gran gota y que albergaba también una escultura que imitaba ese baile entre el líquido y la gravedad.

También allí se eleva la escultura que simboliza al Ebro, un hombre que se abraza las piernas en recogimiento y crea la sensación de paternidad al que entra en su interior construido de palabras; más allá está el Palacio de Exposiciones, en uso, igual que muchos de los pabellones internacionales, aprovechados para albergar todas las instituciones judiciales y administrativas de la comunidad aragonesa. Pero sobre todo, y gracias a la expansión de los barrios residenciales, en lugar de entrenamiento popular, para conciertos y deportes, un terreno que lentamente será ganado para la ciudad a pesar de su lejanía.

 

El Pilar 

Y para rematar, el tesoro al descubierto, el gran zócalo donde se eleva el Pilar, flanqueado por la Seo, el viejo Ayuntamiento, la antigua Lonja, la Torre de la Zuda y edificios del siglo XIX y XX que forman el gran rectángulo que alberga a cientos de miles de aragoneses durante las Fiestas del Pilar en octubre. Primer templo mariano reconocido, antigua iglesia mozárabe sobre templo visigótico, sobre la cual a su vez se levantaría más tarde una gran basílica cristiana de ladrillo y piedra más tarde ampliado en estilo Barroco. Una y otra vez, como siempre, un edificio sobre otro, más grande a medida que aumentaba la devoción. En 1670 Juan José de Austria, virrey de Aragón, promovió el nuevo templo que arrancó en 1681 y no se concluyó hasta 1730. Resultado: 130 metros de largo por 67 de ancho, una miríada de capillas y planos de Felipe Busiñac, Felipe Sánchez y Francisco de Herrera el Mozo. Pero sobre todo, un regalo, el mayor espacio abierto de la ciudad, y el nexo de unión de todos los pasos perdidos de los que viajen y pateen Zaragoza.