Un estudio del Instituto Federal Suizo de Investigación ha propuesto una explicación a los cambios históricos durante la fase final de la Antigüedad: una edad del hielo temporal que enfrió el hemisferio norte y cambio el curso de los acontecimientos.

Según el estudio, firmado entre otros por el investigador Ulf Büntgen y publicado en Nature Geoscience, hay una serie de hechos históricos conectados entre sí: la invasión de los pueblos de las estepas en la segunda oleada tras la caída de Roma, la plaga que asoló el Imperio Romano de Oriente durante la era de Justiniano, la implosión del segundo imperio persa y la entrada de los turcos en escena desde Asia Central, la fusión de los tres reinos de China, e incluso la eclosión del Islam, si bien esa caída de temperaturas, entre el 540 y el 660 d. C., fue algo anterior a su expansión. Según Büntgen, fue el enfriamiento climático más grande en casi dos mil años, y basa su aseveración en el detenido estudio de los anillos de los árboles. Tiene hasta nombre en clave: “Lalia” (Pequeña Edad del Hielo de la Antigüedad Tardía, pero en inglés). Fue una sacudida breve, algo más de un siglo, pero con un arco de temperaturas tan extremo que incluso durante el verano podía caer hasta los 4º C, algo impensable hoy en día, y con inviernos tremendamente crudos.

¿Por qué se produjo este fenómeno repentino? El origen está en el vulcanismo cíclico más que en variaciones del eje terrestre o alteraciones en el Sol. Varios estudios publicados en los últimos años, que utilizan el método de medir la ceniza volcánica atrapada en las capas de hielo ártico y antártico, detectaron gran cantidad de ceniza en el anillo de hielo equivalente al año 536 (el hielo se forma por capas igual que los anillos de un árbol, y la medición climática por los famosos “tubos de hielo” es habitual), otra en el 537 y una tercera en el 447. Sólo se conoce el origen de la segunda: en Centroamérica. Fueron tan extremas que lanzaron suficiente material hacia la atmósfera, provocando el famoso efecto de “invierno volcánico”, parecido al del “invierno nuclear”: varias capas de ceniza y de detritus expulsados por el volcán alcanzan las capas medias de la atmósfera y crean un estrato temporal que restringe la cantidad de luz que llega a la superficie terrestre. De esta forma aunque el planeta esté en el ciclo de verano la temperatura cae bruscamente.

Los anillos de los árboles permiten el estudio de temperaturas por comparación con escalas modernas

Pero no sólo hay que achacarlo a los volcanes: en el siglo VI el Sol entró en una fase de “mínimo solar”. La ceniza actuó como un acelerante en un incendio que en realidad era un frío extremo. La principal consecuencia fue un descenso del volumen de las cosechas e incluso el abandono de varias franjas de suelo fértil que ya no lo era por la presencia de nieve y hielo. Y eso tuvo una consecuencia directa: Asia Central se convirtió en una zona sin pastos, lo que obligó a los turcos de la región (asentados durante generaciones allí) a emigrar hacia otras latitudes, como Anatolia, Rusia o incluso Persia, donde se hundió el imperio persa de los sasánidas (en parte también por la caída de producción agrícola). En Europa se sucedieron varias pestes y abandono de ciudades, y en Arabia un índice mayor de lluvias permitió aumentar la población y los pastos, un buen trampolín desde el que luego expandirse.

No es algo nuevo; durante los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial, se produjo también un brusco enfriamiento que afectó a la guerra: el ejército alemán sufrió los peores inviernos rusos en generaciones durante la invasión del este entre 1941 y 1944, igual que los Aliados después del desembarco de Normandía, y las tormentas en el Mar del Norte y el Atlántico fueron tan grandes que evitaron operaciones navales a gran escala en muchas ocasiones. También las cosechas se vieron afectadas y la hambruna se unió a la guerra en muchas regiones de Europa. Ese proceso fue similar pero al principio de la Edad Media, y afectó tanto a Europa como Asia.

También es conocida la Pequeña Edad de Hielo (PEH, entre el siglo XV y mediados del XIX), que tuvo repercusiones muy graves en cosechas y movimientos humanos. El modelo se repite: a cada ciclo frío le sigue otro cálido. Así, el Imperio Romano se extendió en el tiempo durante una fase cálida, y a su caída siguió un enfriamiento súbito y mucho más radical que la PEH posterior, pero que duró mucho menos, pero que incidió en sociedades donde la tecnología agraria y mecánica era mucho más vulnerable que la actual. El “buen tiempo” se extendió durante toda la Edad Media hasta el Renacimiento; esto tuvo una consecuencia directa: migraciones a gran escala para huir de zonas demasiado secas y expansión de la agricultura en Europa y Asia. Y todos estos vaivenes quedan registrados en los anillos de los árboles, ya estén vivos o muertos en aquella época: en los años cálidos y húmedos los anillos son más gruesos, mientras que en los años fríos son más estrechos.

Ejemplo de enfriamiento temporal por vulcanismo: escala de caída de temperaturas en el verano de 1816 por un “invierno volcánico” en Europa

Para el trabajo de campo el equipo de Büntgen recurrió a mediciones en dos puntos muy distantes y con diferentes especies arbóreas para abrir más el arco de ejemplos: primero en los Alpes austríacos, y luego en los alerces de Siberia, en la zona del Altái. La distancia geográfica era tan grande que si se reconocía el mismo tipo de variación en épocas similares sólo podía suponer una tendencia generalizada al nivel del hemisferio. Los alerces siberianos, además, sólo crecen en verano, y gracias a ellos pueden medir la temperatura de esa época del año. Para hacer una paralelismo que les diera un contraste, recurrieron a las mediciones modernas: el patrón anillo-temperatura ya está demostrado en el siglo XX, así que sólo había que comparar los datos de los anillos de esos siglos con los actuales para calcular temperaturas y climas.

El estudio tiene incluso escalas temporales: a partir del año 536 la temperatura descendió bruscamente, acelerándose en apenas un lustro; entre 540 y 550 los inviernos marcaron récord de temperaturas negativas, y fueron la segunda época más fría en los Alpes. Luego las escalas varían en positivo hasta que en el siglo XVII vuelve de nuevo el gran frío.