En septiembre del año pasado Ban­tam Dell inició la distribución del último libro de Stephen Haw­king, coro­lario una gran coz en el cora­zón de los creyentes. Se titula ‘The Grand Design’, algo así como “el gran diseño”.

Resu­men para legos: el Big Bang, es decir, la gran explosión inicial del universo, fue “una consecuencia inevitable” de las leyes de la física y que el cosmos “se creó de la nada”. Es decir, que Dios no es nece­sario para la creación. Aparte de esto, y quizás con el retro­visor puesto en la necesidad de publicidad, Hawking dio otra muestra de por qué la ciencia es un bisturí que ha dejado por el camino muchos cadáveres. El logos frente al mito, el conocimiento empírico frente a la creencia ciega de la Fe. No deja de ser este libro una depuración de su obra más famosa, ‘Breve historia del tiempo’, una nueva ola en la que el uni­verso es un ente “autoconte­nido” que se produce por el devenir de unas leyes físicas generales. Como una dinamo que se pone en marcha y ya no puede detenerse. Es decir, que la presencia de un ente creador no es necesaria.

La necesidad de Dios es un aspecto que ha sido introdu­cido en casi todas las teorías filosóficas, hasta que los Cambios del siglo XVIII y XIX dieron al traste con Dios y todo su fondo ontológico. Los temas de siempre eran el Yo, el Mundo y Dios, pero que quedó reducida al Yo y el Mundo, y finalmente, en el siglo XX, al mismo lengua­je que usaba la filosofía. Al margen, la ciencia siguió su propio camino y eliminó todo aquello que no fuera explica­ble. La gran pregunta, el pul­so, quedó reducido al sí, el no y la posición Allen, por Woo­dy Allen. “Sinceramente, no sé si Dios existe. Si hay algo más después de morir lo veré, para bien o para mal, y si no, pues no seré nada y no habrá de qué preocuparse, ¿no?”. A fin de cuentas es una lucha esteril: el racionalismo no encuentra forma de negar a Dios, y lo ha intentado, pero tampoco encuentro métodos o formas para afirmarle. La Fe, en cambio, es incapaz de ofrecer explicaciones certeras sobre la existencia de Dios. Así pues, Dios es una gran incógnita irresoluble, y lo de Hawking, una gran maniobra publicitaria.

Ahora bien, des­de que lo dijera las legiones de creyentes le han quemado vivo en muchas tribunas, desde la prensa conservadora (‘La Razón’, ‘Abc’ y el resto de diarios y emisoras ultras españolas) y desde una iglesia con “i” minúscula que no es capaz de hacer otra cosa que atar en corto lo que puede. Según Hawking, el universo se explica por una serie de teorías que no están unifica­das; no obstante, cada una de ellas explica una parte de la realidad pero da una imagen general deformada: es decir, que no hay aún una respuesta global a todo el conjunto de preguntas. Según estas teorías, la creación y contracción de los mundos posibles ha sido abundante, de tal forma que casi sea un acordeón sucesivo en el que, efectivamente, no hace falta una chispa primigenia, que era el clavo al que se agarra­ban los creyentes.

A los que les importe ser coherentes y con base, quiero decir. No obstante, hay muchas críticas desde su publicación, y no de los guardianes de la Fe, que a fin de cuentas no importan. Son las críticas de los cientí­ficos y de los que no se dejan llevar por un pulso que ni les va, ni les viene. Y muchos de ellos en el universo de inter­net, donde han destripado el libro. Nos fijamos en varios de ellos, y en todos hay un nexo común: la idea de que el libro es más de divulgación que de teoría, y por lo tanto hay regusto a poco, a que ya no es un libro de postula­dos sino de opiniones. Una certeza es que no hay de­mostración matemática, sólo discurso argumentado: esto es, mucho ensayo divulgativo y nada de demostración. Aún así, mejor esto que cualquier otra cosa. Como que la Tierra es plana, por ejemplo.