Diego Olmos, habitual ilustrador y dibujante de DC Cómics, de Nueva York, pasa la frontera de sus obligaciones para fantasear y obsesionarse con una figura en sombra. Su novela gráfica ‘Goya’ (Ediciones B) es un canto a las Pinturas Negras, a la locura, la sordera y la finca en la que Goya elaboró esa segunda etapa de su obra que es, de paso la más fascinante de todas. En realidad, ‘Goya’ establece una teoría sobrenatural sobre el origen de ese fabuloso tenebrismo de última época que tanto marcó la historia de la pintura a posteriori.

“Se desconocen los motivos que llevaron a Goya a realizar esas pinturas en las paredes de su casa”, manifiesta Olmos, quien se siente fascinado por “esa explosión de creatividad en una edad tan avanzada, algo extraño porque la mayoría de artistas, cuando llegan a la vejez, viven de glorias pasadas”.

La historia arranca en torno a 1820, con un Goya ya anciano, quien, para refugiarse de la España convulsa de la época, vive recluido a las afueras de Madrid en su finca, la Quinta del Sordo, junto a su supuesta amante, Leocadia Zorrilla de Weiss y la presunta hija de ambos, la niña Rosarito. Goya, abrumado por sus limitaciones físicas y mentales, termina por recibir la visita de uno de sus más fervientes admiradores: Lucifer. Éste le pide un retrato suyo a cambio de devolverle la vida y la fuerza que tenía de joven. Olmos se sirve así del mito de Fausto para elaborar su propia teoría sobre las motivaciones de las Pinturas Negras, que son el resultado de la visión de esos infiernos.