La música de Obel suena como atravesar un camino en medio del otoño: puede parecer cursi, pero es como un lametón en los huesos. Con apenas un discos y varios singles ha conseguido abrir brecha de nuevo desde el norte de Europa

 

Por Luis Cadenas Borges

Este texto es una manía personal, tal cual, y por eso se enreda como una espiral alrededor de una columna. Porque cada uno tiene sus tics, manías, neurosis y gustos. Así que allá vamos. Todo empieza por una serie de palabras: Escandinavia, clasicismo, serenidad, misticismo. Puede que amor a la tierra. Son los elementos que dan vida a muchos de los productos empaquetados en forma de música que caen desde las alturas del Gran Norte europeo. Entre Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia y ese rincón perdido llamado Islandia sólo desembarcan en el castigado continente canciones y libros de novela negra que se pasan tres pueblos en cuanto a virulencia y agonía psicológica. El señor Bergman y su existencialismo quedaron muy atrás en el tiempo y el espacio. Allí sólo existe algo llamado “tranquilidad argumental”, en las antípodas artísticas del fariseísmo mediterráneo que tanto caracteriza este lado del mundo.

Agnes Obel es, con apenas un disco, ‘Philarmonics’, publicado el año pasado por PIAS, un buen ejemplo. Además, ya es disco Doble Platino, por si sirve de algo. En el otoño pasado cruzó España para dos conciertos en Madrid y Barcelona para presentarse en sociedad, buscando quizás seguidores entre tanto oído destrozado de bares de pachangueo y el soberano desprecio a la música que impera en espacios públicos. Y todo eso con sólo un piano, un arma y un violonchelo. Simple y sólido.

Suele ser poco frecuente darse de bruces con un sonido que puede reflejar a la perfección una parte del espíritu de alguien. Cuando llega ese instante en el que cada canción es casi perfecta para unos oídos y para otros sólo es un ruido bien acompasado. Es el sonido de la quietud, que pictóricamente se parecería a dar un paseo vespertino por una campiña en pleno otoño, cuando el dorado, rojo y naranja hace el mundo algo sepia y taciturno, poético. Lo que está pensando es cierto: “cursi”. Es el primer reflejo del cerebro, echarse para atrás y pensar que esta nórdica de cabellera rubia oscura, ojos azules y ademanes sumamente tranquilos, inseparable del piano, es precisamente la quinta esencia de la cursilería.

Nada más lejos de la realidad: es un lametón, húmedo, suave, y que a los melómanos les pondrá la carne de gallina por lo mucho que se parece a los sonidos que han mamado desde pequeños. Al resto no les gustará, pero al encontrarnos con ella y su música, con su escueta carrera pero muy acertada, suena una campana. Todavía hay esperanza para una música elaborada, que se sale de lo normal, que besa más que golpear, que aunque pueda repetir estructura (corrige eso, Agnes, varía un poco más) es por lo menos diferente. A trozos recuerda a las españolas Boat Beam y su forma de usar instrumentos clásicos para crear atmósfera. Sin embargo, ella supera con esa voz profesional de referencias clásicas cualquier mohín indie imaginable, dejando atrás esa etiqueta que se le pone a cualquier cosa que se salga por la tangente de lo habitual. Tirar de clasicismo se convierte en una revolución. Así estamos de perdidos.

Igualmente, resuenan los ecos de algo más meridional como es Yann Tiersen. Entre las teclas del piano de Obel se cuela la larga sombra de ‘Amelie’. Sin embargo ‘Philarmonics’ también tiende otro puente hacia otro disco que pasó sin mucha pena ni gloria pero que es una joya tallada con mucho mimo, ‘Vexations’, de Get Well Soon, una maravillosa anormalidad berlinesa donde el recitativo poético se mezcla con el fondo orquestal y la música pop a partes iguales. Recuerda mucho ese aire de perdición septentrional que pone a todo el mundo a la altura de un suspirante Bécquer. A años luz de nada de lo que se hace, haya hecho o pueda hacerse en España. Y ahí es donde se coloca Agnes Obel: fusión entre la dimensión clásica formal, tanto en instrumentos como en organización vocal, pero son otro tono, tan cerca de veces de la poesía que no podemos dejar de pensar que es una caja de música antigua. Una delicia, para paladares selectos dispuestos a darle a la música una oportunidad y amarla, no tenerla de fondo como si fuera una compañía más contra el silencio.