Un lugar: la Casa Lis. Unas partituras: tres cuartetos de cuerda. Unos músicos: el Heath Quartet. Un autor: Beethoven. Una excusa: Calixto Bieito y el Festival de las Artes. Un resultado: la magia inmensa de la música, apenas dos violines, una viola y un chelo sirven para justificar todo lo anterior, todo lo que es esta fiesta de las artes que pocos disfrutan, muchos menos entienden y casi todos quieren ajusticiar a toda costa. En tiempos en los que lo material trasciende con creces lo espiritual o lo intelectual, el arte se convierte en un refugio.
Todo predispuesto para que anoche, hace apenas un par de horas, brotara el divino Beethoven en los cuartetos de cuerda en Re Opus 18, en Mi bemol Opus 74 ‘Harp’ y en La menor Opus 132: una maravilla, el mayor disfrute desde que tengo memoria de este festival. Un latigazo en la cabeza para un melómano, como si se reactivara, como si alguien le hubiera reseteado a partir de una interpretación, la del Heath Quartet (Oliver Heath, Cerys Jones, Gary Pomeroy y Christopher Murray, el chelo, al que se le rompió una cuerda de la fuerza que imprimió a un pasaje del cuarteto ‘Harp’: se ganó una ovación) llena de vigor, de frescura. Su maestría se refleja mejor en los movimientos con más fuerza y vida, en los lamentos la música se convierte en un lánguido abrazo.
Las joyas del clasicismo beethoviano, no tan conocidas como las sinfonías, pero igual de maravillosas y que desde el día 5 hasta el día 10 se irán intercalando con el resto de la música. Desde la iluminación cenital del hall de la Casa Lis, que hace parecer que es de día a pesar de ser medianoche, hasta el respeto de un público más numeroso el primer día pero que anoche era, en su mayoría, gente joven. Muchos estudiantes, muchos músicos, muchos melómanos, y la sensación de estar ante un regalo que Bieito y el festival le han hecho a los que aman la música en Salamanca y no la pueden tener cerca por falta de dinero o de inteligencia en la gestión. Solo por lo que escuché anoche se puede justificar un festival, porque traerse a uno de los mejores y más premiados cuartetos de cuerda del mundo es un lujo caro, pero un lujo hermoso. Contemporáneos, han cogido las partituras sagradas para moldearlas a su gusto, sin excesivo refinamiento académico y sí mucho talento, mucha vida, mucha energía, mucha chispa. Me descubro ante la maravilla que ojalá pudieran disfrutar todos y no sólo los 80 que pueden llegar a entrar en el hall. Tienen hasta el día 10: cada noche es distinta, y siempre la misma a la vez, con el “divino, divino” Beethoven, que diría Alex en ‘La naranja mecánica’.
Por Luis Cadenas










