Os presentamos la primera creación literaria de Mario Marín, artista plástico andaluz que debuta con esta historia de amistad de un grupo de amigos de un barrio de Huelva que viven “ciegos de porros y cerveza, que se ríen de sí mismos” a los que se les cruza un cadáver en medio de su pequeño gran mundo.
Nadie mejor que el propio Mario Marín (Huelva, 1971) para definir a su primer hijo literario, ‘El color de las pulgas’ (Ediciones del Viento, 224 páginas, 17 €). Escogemos una frase para empezar a tirar del ovillo: “Esta novela cuenta, en versión cromo y panorámica, cómo la opción por una vida mineral y el anclaje al barrio, termina precipitando en un ritmo vital ajeno a rigores y a oficialismos; pausado, contemplativo y finalmente acertado. Una ciudad pequeña, un barrio con años, un grupo de amigos cuya única ocupación es fumar porros al Sol y beber cerveza. Han fabricado una norma propia en torno a la amistad, con el menudeo de drogas y la pequeña delincuencia como ejercicios de mantenimiento y la compra venta de robado y el cobro de subsidios sociales como fuente esencial de ingresos”.
A partir de aquí Marín crea una historia llena de excesos y de fallos que son, a fin de cuentas, el alimento del motor de la vida. Crea incluso un concepto vagamente filosófico para vertebrar al grupo de amigos, el “invencionismo”: “Inventamos nuestra vida a cada momento, construimos una realidad paralela en un territorio con doble titularidad, la nuestra y la de los demás. Yo controlo el tiempo y lo tengo todo. Yo invento”. Lo que para muchos parecería una historia melancólica de escapismo no es tal cosa, tal vez la puesta en práctica de esa misma filosofía. Todo empieza a torcerse cuando una historia sexual sin mucha complicación culmina con un giro de acontecimientos con cadáver de guinda que les trastocará todo. Pero al mismo tiempo pondrá en marcha esa misma filosofía “invencionista”.
Marín explica el desarrollo de ese concepto: “Los invencionistas pensamos que existe la satisfacción, después la dicha, después la alegría y por último la felicidad. La felicidad es para los invencionistas. Nosotros pensamos que lo que no se piensa no existe. No existe el escándalo, ni lo prohibido, ni lo amoral, ni lo peligroso, ni lo uniforme, ni la familia tipo, ni el polvo perfecto, ni la mejor mamada, ni el mejor culo, ni lo adecuado, ni lo correcto. Tampoco existen los malos tiempos, porque a Andrés, gracias a Dios, nunca le falta el hachís”. El autor define ‘El color de las pulgas’ como una historia surrealista y “balbuceante, un esperpento metaconstumbrista”, una vía sin salida para un grupo de gente que en realidad no casa bien con el mundo real “no inventado”.
El gueto cobra vida de una manera muy particular en la ópera prima de Marín, en un grupo de chicos que intenta por todos los medios salir del embrollo pero que están atados por su propia idiosincrasia y el hachís. Como él mismo apunta en la reseña, son “personalidades asociales en permanente estado de toxicidad”, sin disciplina, con un plan que no sale adelante ni sobre el papel y en el que “cada paso adelante conlleva tres o cuatro para atrás”. Y de fondo el amor, trágico y doloroso, entre uno de los chicos, Domingo, y Luisa. Nada va a salir bien, porque su historia también está inserta en el caos de ese plan sin salida.