Fíjense en la sección de música de El Corso: la última entrada anterior a esta es el pequeño reportaje sobre el último disco de Bowie, ‘Blackstar’. Y ahora toca el panegírico de un músico que hizo de vórtice para muchos más: influyente, experimental, único, cambiante, camaleónico, ecléctico y muy especial.
Bowie se hizo un regalo el pasado 8 de enero, día de su cumpleaños. Era ‘Blackstar’, su último álbum de estudio. El 26º de una discografía muchísimo más grande. Llevaba más de un año luchando contra un cáncer que había mantenido en secreto. Sólo tenía 69 años. Falleció en Nueva York, en su casa, durante la noche del 10 al 11. Ahora se entiende que no quisiera dar más entrevistas ni más conciertos, pero que siguiera trabajando. ‘Blackstar’ tiene pues un sentido mucho más profundo en estos momentos: era un testamento puro y duro de toda su carrera. El mensaje salió en los perfiles de Facebook y Twitter: “David Bowie ha muerto en paz hoy rodeado de su familia, después de una valiente lucha de 18 meses contra el cáncer. Mientras muchos de vosotros compartiréis la pérdida, pedimos respeto a la privacidad de la familia durante su tiempo de dolor”.
“Otro fake”, llegaron a comentar por internet, hasta que finalmente su hijo, el director de cine Duncan Jones, y otros cercanos a Bowie, confirmaron que no era falso, que el mundo acababa de perder a uno de los mejores músicos del siglo XX y un espejo en el que se han mirado decenas, cientos de autores y músicos. Incluso el gobierno británico a través de su primer ministro se ha lamentado de su muerte. David Cameron escribió en su cuenta de Twitter algo que es muy cierto y que muchos dirán hoy: “Crecí escuchando a Bowie”. Como muchísimos otros que tengan menos de 50 años y conocieran en directo aquel Stardust que levantó ampollas y cambio la música en los 70 para siempre. Era un mutante auténtico que mudó de piel varias veces en estas décadas. El impacto ha sido, si observamos internet (la nueva plaza pública y patio de vecinos humano), tremendo. Sobre todo porque incluso muchos periodistas publicaban hoy reportajes sobre ese último disco con fondo de jazz y música electrónica, alabado por los críticos.
Bowie llevaba años siendo un hombre enfermizo: en la década pasada a punto estuvo de morir por problemas serios de corazón, y había reducido tanto su vida pública que casi pasaba desapercibido cuando salía de su apartamento en el centro de Manhattan, donde vivía con su esposa Iman y su hija. No daba conciertos desde 2006 y ya había avisado que ni entrevistas, ni promociones ni más apariciones públicas. No se había ido artísticamente, pero sí como figura pública y sobre todo como revolucionario permanente, capaz de cambiar de género y estilo con la facilidad con la que uno se hace el desayuno por las mañanas. Palabras como “transversal” y “mutante” adquieren en él una importancia demoledora. Bowie, el archiconocido “duque blanco”, es mucho más que un músico viejo que vuelva. Ya no era el “London Boy” de los 60, cuando se codeaba con los Beatles, los Rolling Stones y el resto del universo recordable; a pesar de un serio problema cardíaco en 2004 que a punto estuvo de llevárselo por delante se conserva mucho mejor mentalmente que la mayor parte de los cacareados genios que van y vienen en el negocio de la música.
Inteligente y talentoso, desapareció cuando no tenía nada más que contar y regresó en 2013 con ‘The Last Days’ que era una forma de decir “aquí estoy”. Un álbum que era una forma de verse a sí mismo en la madurez avanzada. Cuando se lleva una vida entera en la música es lógico partir de uno mismo. Porque lo ha sido todo (músico, compositor, arreglista, productor, mecenas y camaleón que define a la perfección eso de que un artista o evoluciona o desaparece), tanto como para que sea difícil ponerle un par de etiquetas. Recuerden que empezó en 1964: casi 50 años nos contemplan desde esos ojos de diferente color, azul y verde. Hay tres cosas que merecen la pena decir de él. La primera es obvia: estabilidad y evolución. La música es un arte que permite dar muchos bandazos. En la clásica sinfónica ya se daban y en la música popular del siglo XX todavía más: es más sencilla estructuralmente, así que hay menos equipaje con las que cargar.
Medio siglo permitieron a Bowie ser la personificación del camaleón artístico, pero también crearon un espacio propio que dotaba a su trabajo de una profundidad intelectual que otros no tienen. Como todo artista tuvo un pico de innovación revolucionaria, en su caso quizás los años 70, que con el tiempo se convirtió en una carrera sostenida con alguna que otra decadencia parcial que casi lo deja fuera del negocio. Nunca fue un músico superventas, pero el tiempo y el desarrollo sostenible de su obra le dotaron de una gran ambición, fusión de lirismo con sonido y sin dejarse encajar. Se reinventó tantas veces que ha dejado a más de uno sin saber a qué atenerse con él. Sobre todo es lo que un castizo llamaría “asiento inquieto”.
El segundo toque es todo un símbolo de la historia de la música: Ziggy Stardust y los continuos giros de Bowie. Ziggy fue el personaje glam rock que se inventó en 1972 para lanzar su legendario disco ‘The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’, su gran momento cultural, social y musical que le duró un par de años antes de mutar en la siguiente forma artística. En 1975 ya lo había “matado” a favor de otro modelo más pegado al soul para triunfar en EEUU. Tres vidas en apenas una década. Mucho más que la mayoría. Luego llegaría la ‘Trilogía de Berlín’ en la que colaboró con Brian Eno. Bowie se convirtió en icono cultural y todo fue rodado en Gran Bretaña y EEUU. Los 80 fueron menos experimentales y más comerciales, pero nunca dejó de cambiar y mutar para evitar quemarse. Tanto golpe de timón dejó a muchos fans sin saber muy bien a qué atenerse, pero ésa fue la virtud y el sello de Bowie. Había un “estilo Bowie” y luego estaban el resto.
Finalmente está el tercer punto, su influencia. Ziggy Stardust fue clave para los primeros tiempos del movimiento gay, igual que la conversión del rock en un espectáculo estético más allá de unos tipos sobre un escenario. El punto de lirismo y puesta en escena que hoy domina casi todo vino de aquellos años. Y desde el punto de vista musical son decenas de bandas las que han confesado seguir sus pasos: Pixies, The Cure, Nine Inch Nails, Nirvana, muchas bandas del rock gótico de los 80, anticipó incluso algunos aspectos estéticos de los 80 y del punk, Marylin Manson, Lady Gaga… y la clave está en que ha tocado tantos campos, palos y formatos que casi todos se han visto reflejados en sus canciones, con lo que su alcance es, sencillamente, enorme. Eso era Bowie.
Es complicado resumirlo, por la cantidad de formatos (álbumes, recopilatorios, singles, EP, vídeos, bandas sonoras… etc), pero a grandes rasgos el listado incluye 26 álbumes de estudio (25 según otros, pero es que es tan diversa y poliforme que es complicado organizarse), 9 álbumes en directo, 46 recopilatorios, 6 EP, 110 singles, 13 álbumes en video, 49 videos musicales, tres bandas sonoras y otros 66 álbumes diferentes que podríamos clasificar de varias maneras. Nos centraremos en sus discos de estudio, que son la columna vertebral sobre la que se asienta su carrera, desde el homónimo de aquel 1967 lejano hasta el último de su vida, apenas unos días antes de morir.
1967 – David Bowie
1969 – Space Oddity
1970 – The Man Who Sold the World
1971 – Hunky Dory
1972 – The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars
1973 – Aladdin Sane
1973 – Pin Ups
1974 – Diamond Dogs
1975 – Young Americans
1976 – Station to Station
1977 – Low
1977 – Heroes
1979 – Lodger
1980 – Scary Monsters (and Super Creeps)
1983 – Let’s Dance
1984 – Tonight
1987 – Never Let Me Down
1993 – Black Tie White Noise
1995 – Outside
1997 – Earthling
1999 – Hours…
2002 – Heathen
2003 – Reality
2013 – The Next Day
2016 – Blackstar