De nuevo el artista chino echa un pulso con el orden impuesto por China sobre él, a su alrededor o como vector político: el último episodio, la negativa de Lego a darle bloques para una de sus obras.

Ai Weiwei ha decidido usar bloques de Lego para construir una obra artística en Australia. Hasta ahí todo sencillo y directo. Casi tierno por el significado que tiene Lego para la infancia de muchas personas. Entonces Lego le dice que no. ¿La razón? Porque haría una obra política y la empresa no quiere verse involucrada. Weiwei es un disidente chino que hasta hace apenas un par de meses no podía salir de su país, bajo arresto domiciliario y que ya tuvo un problema con el tantas veces surrealista gobierno británico, que le denegó el visado para viajar a Londres, uno de los lugares donde más predicamento tiene su carrera artística. La razón fue que tenía un ficha criminal abierta. Eso sí, abierta por un régimen comunista dictatorial que usó las leyes para hacerle callar. Fue tal el escándalo que Londres tuvo que retractarse y, entre la vergüenza general, darle el visado.

Como Lego no le daba material decidió pedírselo a sus fans y seguidores, que ya le han empezado a enviar las piezas a su nueva residencia temporal en Berlín para que pueda construirla. Tantos que podrá hacerlo sin problema según él mismo ha dicho. Ai Weiwei definió la negativa como un acto de censura y que en realidad es una trampa política; al parecer la empresa británica Merlin, socia de Lego en varios campos, ha firmado contratos con China recientemente y habría obligado a la marca danesa a negarse. Lo peor para Lego no es eso: muchos de los bloques que le han enviado llevan escritos mensajes de protesta contra el régimen chino y que muy probablemente el artista no toque y sume a lo que tenía pensado hacer.

La instalación con piezas de Lego que ya hiciera Ai Weiwei para ser expuesta en Alcatraz (California)

Su cuenta de Instagram, con la que se conecta con sus seguidores y con el mundo, publicaba este mensaje: “En respuesta al rechazo de Lego y a la abrumadora respuesta del público, Ai Weiwei ha decidido crear una nueva obra que defienda la libertad de expresión y el arte político […]. El Estudio Ai Weiwei anunciará la descripción del proyecto y los puntos para depositar las piezas en diferentes ciudades. Es la primera fase de los próximos proyectos”. Lo más irónico de todo esto es que Ai Weiwei ya había usado las piezas Lego antes, como cuando en 2014 las utilizó para recrear las caras de los retratos de disidentes presos en China, país que no ha abierto la boca hasta ahora. Se supone que su nuevo proyecto sí tendrá un mensaje político en favor de la libertad de presos políticos del régimen comunista.

¿Quién es Ai Weiwei y por qué es tan polémico?

“Una sociedad sin libertad para hablar es un oscuro pozo sin fondo. Y cuando está tan oscuro, todo lo demás empieza a brillar”, dice una de las citas más repetidas por Ai Weiwei (1957, Beijing). Define el carácter crítico del artista que usa su obra para denunciar la represión y la censura, motivo por el cual llegó a ser apresado en abril de 2011 durante 81 días por el régimen chino y que hasta julio no le permitió salir del país. Pero una vez recobrado el pasaporte ha viajado para reencontrarse con el mundo que le fue negado durante demasiado tiempo. Hombre peculiar, mitad artista contemporáneo y mitad activista posmoderno, capaz de crear un “Gran Hermano” durante su arresto domiciliario para que todo el mundo pudiera ver cómo le trataban o de colgar en sucesivos post los nombres de los 5.000 muertos en el terremoto de Sichuán de 2008 por culpa de la mala construcción, a su vez derivada de la corrupción endémica que sacude China.

Como él mismo dice en el documental sobre su obra y su lucha, “Trabajo como artista para resolver los problemas que la generación de mi padre no supo solucionar y para evitar que la de mi hijo tenga que luchar por ellos”. Un artista contemporáneo que toca todos los palos: dibujo, escultura, instalaciones, videocreación o arquitectura, como atestigua su asesoramiento a Herzog & de Meuron para la construcción del estadio nacional Nido de Pájaro de las Olimpiadas de 2008. Porque Ai trabajó para el gobierno, sí, pero no por ello se calló. Igual que su padre, Ai Qing, el gran poeta chino a su vez represaliado por la Revolución Cultural de Mao cuando en China se castigaba a la gente por ser mayor y tener conocimientos. El absurdo de un régimen que primero le encumbró y luego casi lo mata.

Ai Weiwei

Ai Weiwei empezó ya mal: en 1981 el grupo artístico al que pertenecía, Xingxing, que promovía la experimentación y el individualismo (tabú en el régimen, porque el individuo piensa, no sigue órdenes). Con 22 años huyó a Nueva York, conoció el arte pop y el conceptualismo, vital en toda su carrera artística y que vertebra su forma de expresión. Regresó en 1990 y empezó su larga obra que culminaría en el estadio olímpico Nido de Pájaro. Sus esculturas, fotografías y performances grabadas se convirtieron en puro oro para el mercado del arte: la fama y la fortuna le llevaron a la Bienal de Venecia, al Documenta de Kassel y la Tate Modern. Volvió entonces a tener problemas con el régimen chino al usar su fama como un foco sobre los problemas del país. A resultas de ese sube y baja quedó un artista que, a día de hoy, es el que mayor proyección internacional tiene (es decir, el más aceptado y querido en Occidente), aunque para muchos quizás es su lucha política la que le ha dado tanto poder en el oeste.

El autor que en 2010 esparciera sobre el pavimento de la londinense Tate Modern cien millones de semillas de girasol elaboradas en porcelana como una forma de denunciar la alienación pero también el derecho a la individualidad frente a la masa (con lo que choca con la tradición asiática). Según el periodista, comisario de arte y crítico Javier Díaz Guardiola, se trata de un artista que unifica en su ser el respeto y conocimiento de la tradición china y la necesidad de individualidad y libertad actuales, un choque de trenes que también estructura la actualidad social de su país, a medio camino entre lo que se supone que debe ser China y en lo que, gobierne quien gobierne, va a transformarse.

Ai Weiwei es minimalista, conceptualista y un reciclador incansable de sí mismo y de otras influencias, como Warhol y el arte pop o la visión de Duchamp. Su contacto con Occidente y el arte contemporáneo le convirtieron en un “bicho raro” capaz de expandirse a muchas disciplinas y aunar diferentes ideas en su obra. Pero sobre todo su arte se enhebra desde la lucha política, que de ser algo externo y tangencial se convierte en su trabajo en un elemento fundamental.