Hace más de tres décadas que José Antonio Abreu creó en Venezuela un oasis de cultura para salvar de la exclusión social a cientos de miles de niños aplastados por la miseria y la violencia.

FOTOS: FESNOVIJ / Wikipedia Commons

Un huracán caribeño devoró hace no mucho la sobria y regia Salzaburgo, un parque temático mozartiano que también es una de las capitales de la música clásica mundial y sede del festival que lleva su nombre, uno de los más grandes y de mayor calidad actualmente. Ese huracán es El Sistema, abstracto nombre para uno de los proyectos musicales más ambiciosos y laureados que puede un melómano encontrarse en el mundo, un grupo de orquestas formado por niños y jóvenes venezolanos sacados de la calle para evitar que delincan o para darles salidas más allá de la mediocridad de un país rico pero pobre a la vez. Todo por obra y gracia de José Antonio Abreu, venerable anciano que hizo las veces de Panoramix cultural en una Venezuela adicta a la vulgaridad de las telenovelas, los concursos de belleza y la música latina de rápida facturación y pobreza interna. Un oasis, y como tal, un milagro.

Chicos de 8 a 16 años capaces de formar una orquesta y con la batuta de otro huracán, Gustavo Dudamel, que dirigió a la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela en el mismo auditorio donde Von Karajan dibujaba en el aire con sus manos, donde la Filarmónica de Berlín sentó cátedra tantas veces, donde los mejores músicos del planeta (con mayúsculas, sin el populismo del rock o el pop y mucha complejidad) se han jugado el pellejo. Una vez pasada la tormenta mediática y de loas a esos chicos, y el aplauso a un festival rancio como pocos pero que decidió este año hacer un guiño a ese otro mundo musical que crece a espaldas de la artrítica Europa, queda el trabajo intenso de El Sistema.

Abreu tiene frases para todos, pero todas giran alrededor de una idea: “La democratización de un sistema de enseñanza que pueda brindar a todos los niños acceso a la literatura, al arte, a la filosofía y a la vida comunitaria es indispensable para renovar profundamente el Estado”. Pueden cambiar Estado por sociedad o país, a fin de cuentas, aunque no son lo mismo, engloban la misma idea de comunidad. Venezuela, sacudida por la violencia criminal, la pobreza (a pesar de rebosar petróleo) y el populismo, es capaz de crear y mantener durante décadas un método educativo premiado en todo el mundo y que cambió miseria por cultura con algo tan sencillo como complicado: a las fieras, música, arte, cultura, palabra y no puñetazos.

Abreu comenzó a experimentar con la música en 1975, cuando en Caracas decidió usarla para apaciguar a las bestias que se criaban en las calles de la metrópolis caribeña. Poco a poco, con apoyo privado y a veces público, con galas de donativos, premios y el apoyo de los gobiernos nacionales, lograron crear una red de orquestas y coros que hoy engloba a 400.000 chicos y chicas en 24 formaciones y 266 escuelas. Es, de largo, uno de los mayores sistemas de enseñanza artística que hay en el mundo. El Sistema les proporciona becas de estudio e instrumentos, pero sobre todo los aleja de las calles. “Es decisiva la influencia de la música en la formación del carácter de los jóvenes”, dijo en Salzburgo el patriarca. Uno de los mejores ejemplos de cómo ha evolucionado El Sistema es el director Dudamel, una tormenta de cabellera larga y rizada que se mueve con espasmos de espaldas al público y que dirigió a los chicos para interpretar la Sinfonía de los Mil de Gustav Mahler con más de 600 músicos frente a él. Aplauso cerrado y ovación entre las tablas por donde pulularon hace ya demasiado tiempo Mozart, Beethoven, Hayden… Dudamel es la cara actual que se une al rostro envejecido del maestro que ya ha hecho todo lo que debía. Otros serán los que sigan su camino, como el propio Gustavo.

En aquel lejano 1975 una mezcla rara arrancó: un economista y músico, dos disciplinas que se pegan, empezó a moler el grano de pequeñas cabezas con la fundación de la Acción Social para la Música. En apenas cuatro años el estado ya le había reconocido la idea y empezó a recolectar fondos mientras ampliaba su visión. En lugar de crear una orquesta y una escuela decidió federalizar el proyecto: cada barrio con dificultades, cada ciudad, debía tener una copia en forma de orquesta, coro y escuela, para que cada comunidad, aplicando las ideas de Abreu, creciera en libertad. Luego los mejores pasarían a formar parte de formaciones nacionales como la Orquesta Simón Bolívar, la Nacional Infantil o el Coro de Manos Blancas, las tres que pasaron por Salzburgo. Las tres son la cúspide del Sistema, y están a punto de tener una nueva hermana, la Orquesta Sinfónica Teresa Carreno, también formada por los mejores alumnos.

Duhamel y José Antonio Abreu 

Muchos años después, cuando las universidades de EEUU ya consideraban El Sistema como un milagro digno de admiración (e imitación, como ya se ha aplicado en los barrios de las grandes ciudades del norte), la Unesco también se fijó en él y en 1995 le nombró Embajador Especial con la tarea de emular su proyecto por todo el mundo. Ese mismo año el Centro Kennedy, institución cultural por antonomasia de EEUU junto con el MET y el MoMA, le dio la oportunidad de darse a conocer: a partir de ese momento el experimento se convirtió en institución internacional y creció haciendo guiños a los grandes, desde Plácido Domingo a Rostropóvich o Simon Rattle, actual sumo sacerdote de la Filarmónica de Berlín y que se deshizo en elogios hacia El Sistema en Salzburgo.

No obstante, entre medias, ha estado la difícil relación con el estado venezolano: El Sistema siempre ha estado vigilado por el gobierno, bien supervisando sus actividades o utilizándolo como arma política, como han hecho Hugo Chávez y el actual presidente Maduro; las formaciones hacen el juego a cambio de poder mantener y ampliar su vigencia. De hecho, el Sistema ha perdurado y crecido gobernara quien gobernara, la derecha, la izquierda o los bolivarianos. Todo un logro. A cambio Abreu ha rehabilitado a miles de chicos, dándoles una vida mejor y aunque no ha podido aplacar la miseria de la mayoría, sí al menos los ha sacado de la exclusión social a la que se te condena por vivir en las barriadas de Caracas, algunas de las cuales parecen zona de guerra.

 

 

¿Quién es José Antonio Abreu?

José Antonio Abreu nació en Valera (Estado de Trujillo, Venezuela) en 1939 y cursó estudios de música en la Escuela Superior de Música “José Ángel Lamas” de Caracas. Es compositor, pianista, organista y clavecinista, además de economista (con graduación cum laude) por la Universidad Católica Andrés Bello. En 1975 cambió su vida para siempre: se puso a los mandos de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y creó el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles (FESNOJIV), simplemente “el Sistema” abreviado. En ese año comenzó a rodar la bola de nieve que rompería de verdad en los 90 cuando la UNESCO otorgó en 1993 a la FESNOJIV el Premio Internacional de la Música y fue designado por este organismo delegado especial de la Organización para el Desarrollo del Sistema Mundial de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, misión que tiene como finalidad la promoción y difusión del modelo venezolano por todo el mundo.

Desde entonces le han llovido los premios y reconocimientos: Doctor honoris causa por el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra (Boston, 2002), Premio Don Juan de Borbón de la Música, en su segunda edición (2002), Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2008… “La música es un instrumento irremplazable para unir a las personas” dijo entonces, haciendo especial hincapié en el poder del arte para cicatrizar heridas del alma y de la sociedad, una visión global, pedagógica y a largo plazo. Poco antes había dejado otra frase-pilar: “En la lucha por los Derechos Humanos, que nos incorporan con fuerza el derecho del niño a la música sublime, en cuyo seno brilla Existencia en su esplendor y su misterio inefable. Vamos a mostrar a nuestros hijos la belleza de la música y la música revelará a nuestros hijos la belleza de la vida”.

 

De jóvenes delincuentes a sordomudos, todos entran

El Sistema creó en paralelo a sus escuelas y orquestas todo tipo de grupos que completaran la formación musical: talleres de luthiers infantiles donde los chicos aprendían a arreglar los instrumentos que les daban, donde incluso los construían para ahorrar costes y así poder crear un gran círculo virtuoso que cubra todas las necesidades de una maquinaria de música, sin dejar nunca ningún cabo suelto, con todas las familias posibles (viento, cuerda, percusión) y que ha permitido generar dinámicas independientes. En estos talleres han incluido también a niños sordomudos o con dificultades de aprendizaje, no dejar nunca a nadie fuera del gran proyecto. En paralelo también Abreu tiró de lógica: “Los padres son fundamentales”, ha dicho más de una vez, razón por la cual las familias de los chicos son parte de la formación, incluyendo las asociaciones de vecinos de las comunidades donde el Sistema se ha implantado. Abreu aplica una y otra vez la lógica: si se cierra el círculo formativo los chicos son aislados de la criminalidad y la violencia, y al menos durante un tiempo estarán metidos en otra cosa, lo que alivia a las familias, al Estado y a la propia sociedad venezolana.