Érase una vez un escritor que había sido espía, y que se reconvirtió en padre de un espía que él nunca fue pero soñó ser: James Bond.

Hace 50 años que fallecía Ian Fleming. Fue en aquel 1964, cuando su creación estaba en pleno auge gracias al cine y medio planeta vibraba en las butacas con las primeras películas de una de las franquicias más lucrativas y exitosas de la historia del cine, y uno de los matrimonios entre literatura y cine que mejores resultados han dado. Mucha gente se hizo rica gracias a aquellas novelas de Ian Fleming, un británico de manual que terminó viviendo en el Caribe y que en algunos aspectos parecía una versión jubilada de Bond. En total escribió doce novelas y nueve cuentos alrededor de su personaje estrella, con la última, inacabada, ‘El hombre de la pistola de oro’, que fue retocada y finalizada por Kingsley Amis. Entre medias, además, una peculiaridad: es el autor de una vieja novela infantil que se convirtió en un éxito también en papel y en pantalla: ‘Chitty Chitty Bang Bang’.

Pocos autores mezclaron de una manera tan eficiente la violencia y el hedonismo de un tiempo que se enmarcaba en la cultura de masas y con una creciente libertad individual. Bond fue, por decirlo así, la versión pop y sesentera (con esmoquin y trabajando a fin de cuentas para el Poder con P mayúscula) de esa nueva cultura de posguerra alejada de la pesadez y virulencia de la primera mitad del siglo que él supo personificar tan bien. Eso incluye el propio nombre del personaje: hoy somos incapaces de ponerle otro, porque se pronunción igual de bien en inglés que en el resto de idiomas, “Bond, James Bond”. En realidad el primer apellido que le puso fue Secretan. Poco antes de entregar el manuscrito en 1952 tuvo un pálpito y lo cambió por el apellido de un ornitólogo al que conocía tiempo atrás, Bond, que lo cedió sin saber bien lo que hacía. En 1953 surgía ‘Casino Royale’. El resto es historia.

Fleming nació en Londres en 1908 y terminó sus días en la fría Canterbury en 1964. Uno de sus hermanos, Peter, también fue escritor. Su vida se encaminó muy pronto hacia el manual del perfecto británico de buena cuna: estudió en el exclusivo y elitista Eton College y luego en la madre de todas las academias militares, la de Sandhurst, que rivaliza en fama con Westpoint y de donde salió la élite militar que sostuvo al Imperio Británico durante más de un siglo. Lo tenía todo para ser un opulento y efectivo miembro del establishment anglosajón con pedigrí. Y en lugar de eso terminó siendo novelista, lo cual posiblemente sea más digno, más moral y con mejor efecto sobre el resto de la gente. Después de aquello estudió en Alemania y Austria durante los años 20 y vio de cerca el ascenso del nazismo. Quizás por eso, y por su conocimiento del alemán, se enroló (se dejó enrolar más bien) en la sección de inteligencia de la Royal Navy, donde ascendió hasta el nivel de comandante. Más por tesón que por resultados, según se deduce de su historial militar, si bien participó en uno de los proyectos para robarle a los nazis una copia de la máquina codificadora Enigma.

Tras la guerra, como todos, terminó con sus huesos en la calle y se hizo periodista en el grupo de cabeceras de Sunday Times, donde trabajó hasta finales de los años 50. Por aquel entonces su otro yo, el gran YO escritor, ya le devoraba energías, tiempo y le quitaba las ganas de seguir siendo un currante de oficina y de patear calles. En 1953 había publicado la primera novela de Bond, ‘Casino Royale’. Fue tal el éxito de las novelas, incluyendo las que escribió para niños (la mencionada ‘Chitty Chitty Bang Bang’) que decidió poner Atlántico de por medio entre él y la aguada Londres para terminar en una finca en Jamaica, donde se instaló. Al hacerlo no sólo creaba un precedente y un cliché (novelista de éxito de país septentrional que termina en isla paradisíaca y escribiendo de cara al mar mientras las palmeras se cimbrean sobre la playa) sino que ganaba espacio y tiempo para volcarse en la gestación de un mito contemporáneo: espía sofisticado y playboy que mata y triunfa con la misma elegancia con la que Sean Connery se encendía un cigarrillo.

Sin duda alguna Connery (que conoció a Fleming, habló con él y trabaron cierta relación profesional que permitió al escocés ser el mejor Bond posible) ayudó y mucho a cimentar la gran fama de Fleming, lo que equivalía a aumentar las ventas y el éxito personal del escritor, que conocía mejor que nadie cómo operaba el espionaje británico y que rediseñó el imaginario popular a su gusto. Eso le permitió mantener un nivel de vida muy elaborado que se cortó de raíz en 1964 a causa de una enfermedad del corazón que terminó con él con apenas 56 años y cuando se estaba rodando una de las mejores películas de la saga, ‘Goldfinger’, en la que a punto estuvo de participar su primo, el actor Christopher Lee, y que curiosamente sería el villano de ‘El hombre de la pistola de oro’, la novela que Fleming dejó inacabada por su fallecimiento.

Atrás quedó una fantasía que es recurrente en el imaginario de la gente: ser espía, pero ése espía y no otro. Tras él muchos otros escritores siguieron su estela a partir del personaje creado, pero ya no serían Fleming, serían otros autores con otros impulsos que se debatían dentro del corsé cerrado creado por Fleming y James Bond. El auténtico, el que encajaba como un guante en la Guerra Fría y en el modelo de hombre relativamente misógino y ácrata que supo diseñar a la perfección Sean Connery. La mezcla de descaro, humor, hedonismo, cierto grado de anarquía personal y de eficiencia fueron los elementos clave del personaje, que recibiría luego el necesario revestimiento de sexualidad que hizo que algunas películas fueran censuradas en varios países. (por supuesto, entre ellos, España).

Pero lo cierto es que 50 años más tarde Daniel Craig, más rubio y menos sofisticado que Connery, sigue manteniendo en pie una construcción donde se funden muchas vías: materialismo (coches, casas, aviones, helicópteros… lo que sea, incluyendo carísimos trajes que no se rompen nunca), sexo (la lista de chicas Bond es tan larga como trágica para muchas de las actrices que las personificaron, siempre bajo la sombra del hombre dominante) y violencia (alguien intentó calcular el número de víctimas de Bond y lo dejó por agotamiento). Pero si funciona, y lo hace, será por algo. Quizás porque Fleming supo proyectar sobre el papel sus ansias personales nunca saciadas durante su etapa como espía en la Royal Navy, o porque llenó un nicho en la iconografía popular en el momento justo.

Sean Connery junto a Fleming durante uno de los rodajes

Lista de obras de Ian Fleming sobre James Bond

Casino Royale – 1953

Vive y deja morir – 1954

Mooraker – 1955

Diamantes para la eternidad – 1956

Desde Rusia con amor – 1957

Dr. No – 1958

Goldfinger – 1959

Sólo para tus ojos (libro de cuentos). Incluye Una parte de cariño, Panorama para matar, Sólo para tus ojos, Máximo riesgo y El extraño Hildebrand – 1960

Operación Trueno – 1961

El espía que me amó – 1962

Al servicio secreto de su Majestad – 1963

Sólo se vive dos veces – 1964

El hombre de la pistola de oro (póstuma, terminada por Kingsley Amis) – 1965

Octopussy (libro de cuentos). Incluye Alta tensión, 007 en Nueva York, Octopussy y Propiedad de una dama – 1966