España siempre ha sido muy prolífica en esa casta de supervivientes que son los cantautores; los hemos tenido a montones, con mucho talento, con menos talento pero siempre han sobrevivido a todo, gracias en parte a los clubes, o a ese instinto de que con muy poco (voz, poesía y una guitarra) se puede llegar lejos. Javier Krahe era uno de ellos.

Después de la muerte de José Antonio Labordeta en 2010 éste será el fallecimiento más duro para esta familia diversa pero convergente de los cantautores. Seguramente hoy y mañana en Libertad 8, uno de los míticos templos de los cantautores en Madrid (uno de ellos, que hay muchos), llorarán mares mezclados con el largo repertorio de canciones de Krahe, que deja atrás 14 álbumes de música y una extensa red de amigos que terminó convertida en una discográfica, 18 Chulos. La Sala Galileo también le llorará, allí dio mucho de sus conciertos.

Nacido en 1944 en Madrid y criado en el barrio de Salamanca de la capital; buena cuna y mejor infancia alrededor del exclusivo Colegio del Pilar, por donde pasaba gran parte de la élite política y económica del país. Ha fallecido en su otra casa, en Zahara de los Atunes, Cádiz, de un infarto en plena madrugada. El corazón que tanto había exprimido en su carrera musical le ha fallado. Bohemio impenitente, con ese punto de anarquía personal que adorna a la gran mayoría de españoles, Krahe no pudo aguantar un segundo asalto de normalidad burguesa: duró un año en la Universidad. Luego empezó a volar solo.

Los años 80 y la Mandrágora: Krahe, Sabina y Pérez

Trabajó en el cine antes de emigrar a Canadá, donde logró dos cosas: perder un trabajo que le encantaba (librero, por leer demasiado y trabajar poco) y conseguir a una mujer, Annick, que sería su acompañante durante años. Aquellas experiencias le forjaron un carácter de rebelde pacífico: diplomático, sereno, amable pero de convicciones fuertes que se traslucían en su obra. A su regreso empezó a escribir, aquellos años 60 en los que España cambiaba a marchas forzadas. Su conversión en músico fue también paralela a la de su talento para escribir, dos artes abrazados en todo buen cantautor.

Antes de ser auténtico decidió imitar a otros, como Leonard Cohen, pero poco a poco, ya en los 70, encontró su propio camino en los clubes. Se hizo un hueco en el universo de la música hasta que llegó el primer disco, ya en la democracia, en 1980, cuando publicó ‘Valle de lágrimas’. El primero de catorce y donde alcanzaría su mayor cota de éxito de crítica, público y sentimiento junto a Alberto Pérez y Joaquín Sabina, ‘La Mandrágora’, todo un tótem para la música española pergueñado en 1981 donde los tres dieron buena cuenta de su talento. El último fue en 2013, ‘Las diez de últimas’, donde ya apuntaba a una posible retirada de los escenarios.

Pero todo espíritu libre termina por tener problemas. Y los tuvo con un lado y otro. Si hay algo común a la izquierda y la derecha en la política española es su alergia instintiva a la sátira y la disensión. En los 80, cuando más en boga estaba, sufrió el acoso y derribo parcial del PSOE, entonces en la cima de su poder. Fue en 1986 cuando a Felipe González y compañía no les gustó nada una de sus canciones, ‘Cuervo ingenuo’, en la que criticaba al partido por su deriva tecnócrata y de burguesía facilona tras la victoria de 1982. Fue censurado por ello, pero ahí está la canción sobreviviendo a las fobias del PSOE. Repudiado por la derecha por rojo durante décadas, su peor trago con ese otro lado del arco fue ya empezado el siglo XXI, cuando varias organizaciones católicas le denunciaron por un vídeo en el que daba la receta para comerse un Cristo al horno. Nada menos que ocho años duró aquella opereta absurda antes de quedar absuelto. Al menos sirvió para sentar un cánon sobre lo que es la libertad artística.