Merece la pena hacer un obituario en primera persona, lejos de los usos y costumbres del periodismo y su necesaria impersonalidad, merece la pena recordar a aquella mujer que hoy nos ha dejado.

España ha perdido a una de sus pocas mujeres escritoras reconocidas y aupadas por la oficialidad cultural y académica (ella lo era); el machismo rampante de la cultura española se aminoraba gracias a académicas como Ana María Matute, surgida como escritora durante la dura posguerra franquista y que desde el principio. Nacida en Barcelona en 1925, ha muerto con 88 años y ha dejado atrás una vida de éxito en la que fue Premio Cervantes, Premio Nacional de Literatura, Premio Planeta y varias veces candidata al Nobel. Otro autor más, por cierto, que se va sin un premio más que merecido mientras la política sigue determinando esos premios y donde la literatura empieza a pesar poco. Que se lo digan a Delibes.

La primera (y última) vez que vi en directo a Ana María Matute fue durante la Semana Negra de Gijón de 2012. Entonces ya estaba muy mayor: llegó en silla de ruedas, su voz era serena y baja, pero no había perdido un ápice de lucidez. Su mente no había envejecido, es más, seguía siendo la niña crítica y clarividente que siempre marcó su literatura, cuando usaba la mirada de los niños y las mujeres como el tamiz con el que describir aquel mundo de posguerra en el que vivía. Ese truco, usado hasta el extremo por gente como Erasmo de Rotterdam, que utilizó a un loco para cantar las verdades humanas (‘Elogio de la locura’), fue su clave, tanto como la magia y la fantasía aplicada al devenir de la realidad. Un estilo que eclosionó finalmente en ‘Olvidado rey Gudú’.

La Matute que vi ya no era la mejor de su vida, cuando todavía podía caminar y era suavemente combativa, pero seguía siendo la tercera académica de nuestra historia cultural (la RAE, que nunca termina de tomarle el pulso a la sociedad), pero tenía ante sí en la carpa principal de la Semana Negra a un abarrotada audiencia que la esperó pacientemente. Allí dialogó con José Manuel Fajardo sobre literatura, vida y fantasía. Ésa es la Matute que tengo en la memoria, la que pude conocer, la que demostró que sabía manejar los tiempos, mirar y sonreír, con una vocecita que volvió locos a los de sonido y que, indirectamente, logró que todo el mundo dejara de hablar y cuchichear para poder escucharla.

“Yo soy una apasionada de la novela negra. La descubrí tarde. Pero reaccioné pensando en lo mucho que me gustaba, y en lo pútrido que podía ser el que dijo que era un género menor. Una calidad extraordinaria. No hay nada más apasionante que la vida. Ahí está la novela negra” dijo para arrancar su diálogo con Fajardo. Picaba como sabía: “¿Hay algo más fantástico que un hombre o una mujer? No sólo come y folla, con perdón, sino que además sueña, y eso es fantástico, eso no lo hace ningún ser vivo salvo el hombre. Las plantas, que yo sepa no sueñan, los perros tienen sueños patéticos y ladran, pero el ser humano es el único que tiene fantasía, que se levante de sí mismo y es más que él mismo. Eso es el ser humano” añadió. Un humanismo ligado a la épica, a la fantasía, a la capacidad de soñar, porque cuando sueña el ser humano “humano va mucho más allá de sí mismo, porque tiene muchas más capacidades. Que tiene un poder mágico, increíble, maravilloso”.

En aquella tarde gijonesa habló de las mujeres, a veces “las peores enemigas” de sí mismas, y más en su época, en tiempos muy difíciles. “Yo notaba la diferencia que había entre la educación de los niños y las niñas. Recuerdo a mi padre decirnos que cuando fuéramos mayores no iríamos solas nunca. ¿Y por qué no? Yo no quiero ser una señora”, añadió, a modo de reacción ante un mundo oscuro y cruel, y en el que hay que inventar, soñar, fantasear… los verbos que  marcaron su carrera y su éxito literario. “Pienso que eso es ser escritor, explicar la crueldad pero no ser cruel explicándola”. 

Matute y Fajardo en Gijón en 2012

Matute quedó marcada por su infancia; lo que en otros pasa como una etapa más y quedan más marcados por la adolescencia o la madurez, en ella aquellos primeros años fueron terribles y la empujaron a refugiarse en el papel. Una infancia que es la llave para entenderla como autora, marcada por la guerra civil española y por todo el dolor de una dictadura, y el miedo previo de la guerra. Y lo relacionó con el tema de la Estepa, también una figura geográfica en su literatura. “La estepa. Cómo me gusta y el miedo que me da a mí. Quiero saber por qué me da miedo. El por qué del odio. Cuando era pequeña había gente que odiaba a otra, y yo pensaba, por qué. Odiaban gratuitamente, porque sí. La estepa es parecido, me da miedo porque sí, porque quiere dominar el mundo. La gente que quiere dominar el mundo siempre es salvaje”.

Lo que Matute opinaba

Sobre la violencia: “Soy una abuela apacible, tranquila. Pero no te fíes de las apariencias. Soy la menos agresiva, violenta del mundo. Aunque a veces he de reconocer que me dan ganas de arrear un par de bofetadas. Creo que nunca he abofeteado a nadie, a mi hijo tampoco. Una vez quise hacerlo y se lo dije, intenté darle una patada y él me cogió del pie y me llevó por el pasillo cogida del pie. He tenido siempre la convicción de que pegar, la violencia y la guerra no sirven para nada más que para empeorar las cosas”.

Sobre el amor a los libros, como ‘Olvidado rey Gudú’: “Yo lo pasé genial. Es ese libro que quieres escribir desde que eres pequeña. Crece dentro de ti hasta que llega un momento en el que sale por los ojos y lo escribes. Todos los libros se quedan peldaños por debajo de lo que ansías, pero vamos, no me quejo. Sí, echo de menos ese mundo. Pero afortunadamente, ese libro se sigue vendiendo, la gente lo sigue leyendo, pero muchas veces pienso… como le dije una vez a mi marido, al bueno, esta mañana me he dado cuenta de que ese mundo no existe. Y me dijo, mientras tú vivas existirá. Y eso me consoló mucho. Es verdad que se siente un vacío muy grande, porque para mí, por ejemplo, está más vivo el rey Gudú que mi tía Pepita…, que vive, por cierto”.

Sobre la fantasía: “Ver cosas fantásticas en todas partes no tiene nada que ver con estar ido. Son cosas que van unidas y uno no se explica por qué. El mundo sin escritores sería un mundo peor. Sin libros, sin grandes libros. Yo no puedo imaginar un mundo sin los hermanos Karamazov. No imagino un mundo que no se pueda imaginar escribir eso. Te puedo hablar de un libro que leí cuando no era tan niña. Alicia en el país de las maravillas. Dije, por fin, un libro que realmente me da la razón en ciertas cosas, y por supuesto todos los cuentos de Andersen, aunque él es otra cosa. Es algo más complejo de lo que yo hago. Alicia es lo que a mí me pasa a solas”.

 

Breve biografía de una escritora muy peculiar

Barcelonesa nacida en 1925 en el seno de una familia burguesa religiosa, fue sobre todo una niña muy precoz que escribió su primera novela con 17 años, ‘Pequeño teatro’, con la que ganó el tercer Premio Planeta en 1954. También fue precoz con el mundo oficial: en 1959 ya ganó el Nacional de Literatura y un año antes el de la Crítica, además del Nadal con ‘Primera memoria’.

La niñez la marcaría, por una enfermedad que la postró en la cama y la empujó a los libros y a escribir y también a considerarla un mundo en sí mismo que podía ser una herramienta literaria y vital. Ahí nació el gusto por la mirada infantil del mundo real, para desnudarlo con la inocencia en las manos. En total escribió más de una treintena de grandes obras traducidas a 23 idiomas.

Entre esas piezas están trilogías como ‘Los mercaderes’ (‘Primera memoria’, ‘Los soldados lloran de noche’ y ‘La trampa’), centrada en la misma Guerra Civil que vio de niña. Pero también otras sobre su otra gran obsesión, la Edad Media, como ‘La torre vigía’, ‘Olvidado Rey Gudú’ (1997) y ‘Aranmanoth’ (2000), sus libros más recientes y con los que rompió un largo silencio literario. En cambio su última novela, ‘Paraíso inhabitado’ (2008) retoma la temática infantil, desvinculada ya de los horrores de la guerra pero marcada por la falta de amor entre sus padres, por lo que la protagonista se refugia en un mundo interior lleno de amigos imaginarios.