Andrew Bird es parte de la nueva ola del folk americano, más cerca del clasicismo y del mundo indie a partes iguales que nunca. Y de una nueva forma de entender la música con el violín como arma.
Pero Bird es un bicho raro: aprendió por su cuenta a tocar el violín, la base de su música, después de que a los 15 años se hartará de Bach y Mozart y tocarlos de oído. Entonces se acercó al jazz y el folk, la estación de partida de su particular sello, ratificado con su séptimo disco, ‘Break it yourself’, a la venta desde el pasado martes.

Su talento prodigioso y una puesta en escena muy peculiar le han valido ser primero pieza ineludible del circuito underground americano y luego en parte de la industria comercial. Especialmente a partir de 2009, cuando publicó ‘Noble beast’ y lo colocó entre los doce más vendidos del año en Estados Unidos. Arranca siempre con violín y luego salta hacia la voz y una intensidad que le dan fuerza. Las cuerdas son la plataforma, cíclica, sobre la que puntea con palabras. Bird crea redes musicales que se convierten en canciones. Esa forma tan personal y autodidacta de hacer música es una de las claves de su éxito. Este nuevo álbum reúne y mejora todo su trabajo anterior.


