Hellboy es uno de los grandes mitos contemporáneos del cómic, un personaje creado a partir de los 90 que demostró que todavía era posible explotar el terreno de los nuevos dioses paganos heroicos del cómic. Todo un placer para la lectura y para los espectadores en las dos adaptaciones a la gran pantalla realizadas por Guillermo del Toro.

Por Luis Cadenas Borges

El chico de rojo es una de las gran­des creaciones de la historia del có­mic, firmada por Mike Mignola, con un trazo muy peculiar que es perfectamente identificable por el juego de luces, sombras y ese co­lor inmenso de sangre que se ha convertido, junto con el sarcasmo y la retranca, en las marcas de fábrica de un per­sonaje que dio el salto a la pantalla con Guillermo del Toro, uno de los fans de este cómic. Mignola no buscaba un nuevo súper héroe, sino una versión antagónica de la naturaleza humana llevada a un extremo absoluto de fan­tasía literaria y mitológica.

Hellboy nació en 1994 para el sello Legends de la editorial americana Dark Horse, y se hizo como una aportación nueva al mun­do de los superhéroes, pero con una particularidad muy posmoderna: Hellboy no es un héroe, es la definición del antihéroe, el Ragnarok que destruirá el mundo. Dentro de la historia de Hellboy, él es la llave del fin del planeta, su destructor, un demonio nacido en el infierno que al llegar a nosotros fue adoptado para hacer el bien, y esa edu­cación que se subleva contra su condición es la clave del personaje: la humanidad latente en un ser que nació para destruirla. Una contradicción que de­fine a la perfección al personaje.

Con sínte­sis, Hellboy es Anung Un Rama, traído a la fuerza por la so­ciedad Thule nazi, rescatado por los Aliados y criado por la Agencia de Investigación y Defensa Paranor­mal (AIDP) de los Estados Unidos. Su brazo dere­cho es la llave del fin, una gran maza ardien­te indestructible, igual que sus cuernos, que crecen pero él se lima precisamente para no dejar crecer esa na­turaleza destructora. Aunque un poco brusco, no muestra ninguna malevo­lencia intrínseca de demonio, y trabaja con otras criatu­ras extrañas en el AIDP. El perso­naje de Migno­la se desarrolló lentamente en varias minise­ries que luego se han desdo­blado en otras, hasta el punto de crear un universo mitoló­gico propio que está detrás del éxito de la saga.

Según el pa­dre de la criatura, para hacer batir alas a Hellboy se basó en los clásicos y en sus referentes familiares, como su padre, un cuentista vocacional que al re­gresar del trabajo le contaba a su hijo leyendas e historias de horror. Se adivina a Poe detrás de los diálogos, a Caravaggio en los juegos de sombras de Mignola, y a toda la mitología europea en las tramas. Desde las leyendas del folklore ruso a la mitología helénica o nór­dica. Y por supuesto, el otro padre del horror en EEUU, Lovecraf.

Desde que viera la luz en los 90 se ha converti­do en uno de los grandes re­ferentes del cómic reciente, una reinvención continua en la que Marvel y DC están en un extremo y Dark Horse y este invento rojizo, en el otro: sólo admite comparaciones con el universo Marvel y en algunos aspectos, quizás en lo que se refiere a los X-Men y la búsqueda de la identidad en un mundo que no le acepta. Hay paralelismos psicológi­cos, pero Hellboy depura mu­cho más el humor negro hasta convertirlo en una marca de fábrica que se trasladó luego al cine, a las dos adaptaciones hechas por Del Toro, por aho­ra, con previsión de la tercera. Y al final: los varios Premios Eisner que ha ganado por su gran trabajo: a la Mejor Serie Limitada en 2002 (por Hell­boy: el gusano vencedor); en 1998 al Mejor Guionista/Di­bujante (por Hellboy: casi un coloso); en 1997 del Premio al Mejor guionista/dibujante-Drama (por Despierta al de­monio); y en 1995 del Premio a la Mejor Novela gráfica de material previamente publi­cado (por Hellboy: Semilla de destrucción).