Madera y tela, un motor y poco más: eso necesitó Leónce Garnier para realizar el primer vuelo sobre la isla de Tenerife, en pleno Atlántico, hace cien años.

La aviación marcó el siglo XX, tanto como las ideologías, la automoción y la guerra. Quizás el hecho asombroso de volar fuera más impresionante que el desarrollo que tuvieron luego los coches: desde aquel aeroplano que sobrecoge por su fragilidad, y un Airbus A340 de hoy hay más distancia que entre el mítico Ford T de los años 20 y un Ferrari actual. Cualquiera que vea aquel avión que el 10 de mayo de 1913 surcó los cielos durante siete escuetos minutos se santigua pensando en lo loco que hay que estar para subirse a un artefacto iniciático que parece más un suspiro que un avión. Eran tiempos de testeo, de locos y valientes: apenas habían pasado diez años desde que los hermanos Wright volaran sobre la playa de Kitty Hawk. Sirva aquella anécdota que se celebra este año en Tenerife para hablar sobre aquellos pioneros. Locos de atar.

Leónce Garnier se ganaba la vida exprimiendo a fondo su talento con la aviación; vivía en Vitoria pero estaba más que acostumbrado a viajar por todo el norte de España para las exhibiciones aéreas. En aquel tiempo los aviones no podían ni soñar con atacar o transportar nada, eran casi de juguete y muy arriesgado usarlos. Decidió entonces viajar a Las Palmas de Gran Canaria con su mujer, su mecánico y su avión. Nada más. Usaba para su trabajo un Bleriot XI de fabricación francesa. El 30 de abril realizó aquel vuelo probatorio en Gran Canaria, un ensayo de lo que luego haría en la isla vecina. Desde allí se desplazó entonces a ese sur tinerfeño, cálido y seco, volcánico.

El 10 de mayo de 1913, a las 17.30 horas, se elevó durante siete minutos sobre el original campo de aviación construido en la zona, cerca de la carretera de Güímar. Sólo volaron él y su acompañante, el ingeniero Santa Cruz, colgados de un motor de 80 caballos de fuerza y que era incapaz de superar los 110 km por hora. Nada más. Así se escribe un pequeño paso histórico celebrado en la isla como un hito: en pocos lugares la aviación es tan fundamental como en Canarias, tan lejos de Europa, y tan cerca gracias a esos mismos aviones. Su hazaña no se distanció mucho de los miles de vuelos experimentales que se hicieron antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial.

 

Arriba, un Bierot XI de la época; sobre estas líneas, Garnier antes de volar (Fotos suministradas por Asociación del Centenario de la Aviación en Tenerife) 

Pero los primeros fueron aquellos hermanos Wright, Willbur y Orville, que decidieron dar el salto: para volar había que construir algo más pesado que el aire. Su máquina fue un biplano donde el piloto iba echado sobre el ala inferior; atrás quedaban los diseños clásicos, donde el hombre parecía un ave, pero recuperaba la idea de Leonardo da Vinci, alas planas que aprovecharan la aerodinámica. Así crearon el Fyler, el primer avión registrado que voló, dotado de maniobrabilidad suficiente para moverse en vertical y longitudinalmente. A la derecha estaba el motor. El diseño funcionaría.

El 17 de diciembre de 1903, muy poco antes que Garnier en Tenerife, Orville se subió al Flyer y logró vencer la lógica y elevó una masa más pesada que el aire y volar durante 12 escasos segundos, 37 metros contados, apenas 48 km por hora. Respecto a éste vuelo, el de Garnier fue un salto de gigante, pero es que la aviación avanzó tanto en tan poco tiempo que resulta sobrecogedor. Repitieron el experimento tres veces más, y tuvieron testigos: no eran los miles de personas de Tenerife, sino un socorrista y varios niños que pasaban por aquella playa de Kitty Hawk. A última hora del día lograron volar 260 metros durante un minuto exacto. Ya estaba, ya había empezado. Sólo tres años antes que Garnier realizaron el primer vuelo comercial entre Dayton y Columbus, ambas en el estado de Ohio: fue un 7 de noviembre de 1910. Fueron 100 km en dos horas y dos minutos. A partir de ahí, la leyenda.

No obstante, después de la Gran Guerra la aviación enderezó su rumbo, mejoró mucho y ya no había tanto romanticismo. Sí lo había en los Fokker que surcaban los cielos haciendo piruetas, o aquella película casi suicida que fue ‘Hell’s Angels’ (1930), cuando Howard Hughes se subía en otro avión y rodaba las piruetas en directo. Y como siempre, como todos los pioneros, aquellos hombres (y mujeres, muy importantes todas ellas) no pensaban en otra cosa que no fuera ensanchar los límites. Sobre ellas hay que apuntar y recordar a la alemana Marga von Etzdorf, la primera mujer que voló en Canarias en 1930 sobre el aeródromo de Gando; a Amelia Earhart, que cruzó en solitario el Atlántico en 1932; otra pionera con un Bleriot, Harriet Quimby, que en 1912 ya cruzó el Canal de la Mancha, o la primera española en hacerlo, María Bernaldo en 1928.

 

Imágenes de la réplica del avión de Garnier expuesta en Tenerife  (Foto: L. C. Prieto)

Quizás por eso, y por el dinero, se atrevió Garnier a viajar hasta un remoto lugar frente a la costa sahariana y reunir a miles y miles de personas para que vieran cómo era un avión. Para Canarias parecía ser un gran avance, unas islas lejanas donde el viaje desde Cádiz se resumía en varias jornadas agotadoras sobre un barco que recorría en paralelo la costa africana hasta avistar las antiguas Hespérides griegas, Canarias. Un pequeño paso para un piloto, pero otro mucho más grande para esas islas perdidas, el principio de una necesidad imperiosa entre sociedad y máquinas: la aviación, tecnología casi doméstica cuando se es isleño y dependes de alas de acero para viajar, hacer negocios o vivir.

El mar es duro, no es lo mismo que oír el mantra: “Abróchense los cinturones y pongan sus asientos en posición vertical”. Palabras mágicas que Garnier no pudo decir, obsesionado quizás con no repetir el aterrizaje brusco y accidentado del primer vuelo en Gran Canaria. Su avión era su vida. Aquel Bleriot XI francés era el mismo que había completado el cruce del Canal de la Mancha, en 1909, y que por ello el piloto ganó el premio de 1.000 libras esterlinas, un aparato de 8,5 metros de longitud y 12,40 metros de envergadura, de una punta del ala a la otra.

Replica del avión

El centenario en Tenerife

Uno de los encargados de celebrar esos cien años en Canarias es David Borges, presidente de la Asociación Centenario de la Aviación en Tenerife, piloto de ensayos en vuelo por la Universidad de Crandfield (Reino Unido) y comandante durante años de Iberia, además de presidente de la asociación que organiza el centenario y que en la cita de aquel 10 de mayo repitió sin cesar que la isla “le debe mucho al mundo de la aviación. Imagínense que sería de la industria del turismo sin la aviación. ¡Cuanta trabajo y empleo, cuanta riqueza genera el transporte aéreo […]!, Qué sería de un isleño si no tuviera una buena y amplia red de conexiones aéreas con el resto del mundo”. Más allá de lo oficial

La Asociación Centenario de la Aviación en Tenerife es una entidad sin ánimo de lucro cuya finalidad es colaborar con las instituciones para organizar la celebración de dicha efemérides. Dicha entidad pretende divulgar el espíritu de los pioneros de la aviación y transmitir a la sociedad tinerfeña lo mejor de la historia, cultura y ciencia aeronáutica. Esta organización ha contado con el apoyo del Cabildo de Tenerife y de su presidente, Ricardo Melchior, fundamental para que se haya logrado sacar adelante el proyecto, y también la Real Sociedad Económica de Amigos del País y otras empresas y organizaciones que se han sumado al centenario.

Pero lo que de verdad hará mella en la población es la gran exhibición aérea acrobática que se quiere realizar, una emulación de aquel Garnier que se jugaba la vida con cada giro y cada vuelo. Entre los aviones participantes estaría el Shukoi 31, pilotado por Ramón Alonso, una vez campeón del mundo, dos veces campeón de Europa y campeón de España en 15 ocasiones. También participarán parapentes y paramotores, además de saltos base de paracaídas desde avión y helicóptero, pero también desde lo alto de las torres gemelas de Santa Cruz, en la zona de Cabo Llanos (sobran 20 metros para poder realizar los saltos). En el fondo ellos hacen lo mismo que hacían aquellos locos en los años 20 y 30: volar libres y jugársela. Porque el ser humano no se hizo para volar, pero aún así…

 

Imagen del tren de aterrizaje y motor del avión (Foto: L. C. Prieto)