Pequeña guía para entender a uno de los padres de lo que hoy llamamos mundo moderno, y sin cuya obra sería imposible pensar cómo es la cultura hoy en las letras, el cine o el cómic, por poner tres ejemplos. Segunda parte. 

Por Luis Cadenas Borges – Ilustración de Pablo J. Casal

Edgar Allan Poe fue una víctima de muchos accidentes vitales: espíritu introvertido, terriblemente romántico hasta la náusea moral, dotado de un fatalismo que ensordecía cualquier tipo de optimismo para coger las riendas de su existencia, sacudido por la muerte temprana de su gran amor (Virginia Clemm, que se sugiere en las líneas de ‘El Cuervo’), el abandono familiar y la muerte de sus seres más queridos… y el tobogán perfecto para llegar hasta la peor de las drogadicciones, el alcohol. La idea de un Poe borracho y en pleno delirium tremens que tiene alucinaciones que luego plasmará en sus cuentos y poemas es muy suculenta, aunque no fuera muy realista.

La bebida tuvo mucha influencia en su decrepitud final, una muerte todavía sin aclarar pero que por las descripciones y detalles (si bien sigue siendo todavía un misterio la verdadera razón de su muerte) apunta a un colapso por culpa del abuso del alcohol, o consecuencias de ello en su cuerpo. Este panorama le convirtió en un hombrecillo débil y cerrado al mundo, que no destacaba, delicado, y que está perfectamente retratado en su poema ‘El cuervo’: solitario, atormentado, con la cabeza más en el otro mundo que en este, y con una fatalidad en cada instante vital que le conducía a un final muy sombrío. Una de sus frases más memorables desnuda un alma fustigada: “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche”.

“Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño”, dijo Poe, hijo directo del romanticismo oscurantista, una variante que luchaba contra cierto trascendentalismo imperante en el resto de autores románticos o no románticos de su tiempo. El realismo americano todavía no había surgido con fuerza y las letras de la república eran poco menos que un chiste a ojos de Europa, la cuna cultural e imperial de Occidente. América estaba en pañales todavía y Poe fue el primer mito literario, si bien su recuperación fuera muy posterior, ya en pleno siglo XX.

En sus ensayos demuestra que su obra hay que leerla entre líneas, alejarse del lenguaje fácil y didáctico, sin tratar al lector como si fuera idiota; en contraposición, Poe creará poderosas metáforas visuales, ambientes tétricos y una agonía psicológica que estará presente incluso en su legendaria ‘Los crímenes de la calle Morgue’, pilar fundamental del género negro y donde en la descripción de la vida del personaje principal en París, Auguste Dupin, da muestra de ser un alter ego de Poe por su desprecio a la vida burguesa y mundana. Despreció siempre que el arte se explicara, porque en su misterio simbólico anidaba gran parte de su atracción. Quizás por eso inventó el mecanismo “de la habitación cerrada”, la clave misma de ‘Los crímenes de la calle Morgue’, una estructura de raciocinio y deducción que luego Arhtur Conan Doyle llevaría a su cenit con Holmes.

Buscaba ser original, desmarcarse del resto; su timidez social y personal desaparecía en el crítico literario que era en el fondo Poe, cansado del costumbrismo de su mundo, incluso entre los que presumían de ser bohemios marginales. Para ello tiró de todo el repertorio periférico: terror, paganismo, brujería, magia, leyendas populares, la ciencia que devoraba los resquicios de la religión, y el tono macabro del regusto en la muerte. La guadaña es una presencia continua: es, en realidad el personaje transversal de toda su obra, el catalizador de la gran mayoría de sus cuentos, poemas y escritos. La muerte y el ir y venir de los muertos, la descomposición, la huella de la no existencia. Es vital en ‘La caída de la Casa Usher’, y la amenaza real de ‘El pozo y el péndulo’, incluso justiciera en ‘El corazón delator’.

Luchó contra lo establecido, y por ello muchos le vilipendiaron tras su muerte envuelta en muchas preguntas. Se creó, sobre todo a partir de la falsa biografía de R. W. Griswold, una imagen de bohemio asocial, vicioso, depravado y drogadicto que fue muy popular por ser la única referencia documental de su existencia. Sus enemigos le atosigaron incluso después de muerto, pero sería en la siguiente centuria cuando fuera recuperado y encumbrado, primero por los franceses (Valery y Baudelaire son vitales en el análisis y reanimación de su obra literaria) y luego por los americanos ya en los años 20 y 30. Entre sus críticos nada menos que Charles Dickens, que este año cumple aniversario pero que, sospecho, está varios escalones por debajo de Poe en aceptación popular. O Yeats, otro perdido para la causa de Occidente en la bruma del tiempo.

Pablo J. Casal – El Cuervo 

Sólo a través de sus “fans” se ha puesto en pie el edificio Poe: desde Ambrose Bierce (en cuyo ‘Diccionario del Diablo’ hay referencias escondidas al autor) hasta Maupassant, Faulkner, Kafka, el mencionado Lovecraft y por supuesto los “magos” hispanoamericanos, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, que se metieron de lleno en la tarea de rescatarle. De esa segunda vida nació la fiebre Poe que ha llevado incluso a abrir bares temáticos en ciudades que le vieron en vida, como Nueva York, donde es una referencia continua. Roger Corman, el alma mater de la serie B americana, no sería nadie sin el baúl de Poe, igual que la mayor parte de los giros del cómic de posguerra, cuando el mundo clásico del superhéroe dejó paso al nacimiento de la novela gráfica. En resumen: un padre de nuestro tiempo. Si eso no es suficiente para alentar la curiosidad… Y nos siguen faltando páginas.