Los ‘Diarios indios’ de Allen Ginsberg es una de las guías poéticas más asombrosas del siglo XX, un texto brutalmente sincero lleno de belleza sobre la experiencia del gran escritor beat en un lugar imposible, la India.

FOTOS:  Wikimedia Commons / Ediciones La Escalera – ILUSTRACIÓN: Pablo J. Casal

Allen Ginsberg: melena lateral y posterior, reluciente calva, gafas de lentes redondas, una extraña sonrisa… la pinta que tendría un crítico de cine neoyorquino, un profesor universitario. Un Quizás incluso, el ocaso de un poeta clave en la literatura norteamericana. Y uno de los santos patrones de la Generación Beat, la primera contracultura consciente de serlo que tuvieron América y Europa. Bueno, al menos la Europa de posguerra, porque la anterior siempre tuvo a esas élites intelectuales que remaban contracorriente. Y entre todos ellos, Allen Ginsberg, compañero de viaje de Jack Kerouac, Neal Cassidy, William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes, Philip Lamantia, Carl Salomon, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, y Peter Orlovsky, personaje clave porque fue amante y compañero de viaje de Ginsberg en aquella alocada escapada a la India. Momento clave en su vida más que en su obra, y que ha visto la luz este año de la mano de Ediciones Escalera, que ha publicado los ‘Diarios indios’ (traducción de Daniel Ortíz Peñate), quizás la ventana abierta hacia Ginsberg más clara de todas las que pueden comprarse o consultarse.

Ginsberg fue un icono, un mito, un reputado autor que alcanzó la élite intelectual americana y que incluso ayudó a modelarla, un outsider total que se compraba la ropa en las tiendas outlet de los pobres (y ahora destino de los burgueses bohemios, esa izquierda roja Ferrari tan posmoderna en todo) que acabó incrustado en el corazón de ese concepto difuso y maravilloso llamado “literatura norteamericana”. Fue también un poco bala perdida, hijo de la tradición judía y de los clichés familiares judíos: madre dominante y loca, familia cerrada, tradición omnipresente… Y meticuloso, muy meticuloso, tanto como para no perder un solo detalle al anotar cada enfermedad y cada suceso truculento que tuvo en aquel viaje disparatado en busca de la espiritualidad perdida que hizo con su amante, Peter Orlovsky, amigo, compañero de fatigas (y de virus más de una vez) y el otro 50% que mantenía a Ginsberg asido al suelo.

Ginsberg en la India según el ilustrador Pablo J. Casal

Buscaba en aquellos días lo que Occidente había perdido: espiritualidad. En una civilización que salía a duras penas del horror de la guerra el consumismo y el materialismo eran la norma. La alegría de vivir traducida en cómodos paquetes capitalistas. A Ginsberg aquello le enervaba y buscó fuera lo que su mente le decía tenía que ser mejor: fue un viaje a principios de los años 60, iniciático y que arrastraría más tarde a miles de músicos, artistas, gente corriente que buscaba respuestas a preguntas de siempre. Fue antes incluso de que a los Beatles les diera por viajar por la India (todo bien documentado para luego ser explotado a fondo). La primera oleada de circo espiritual en una India sometida a castas, pobreza y corrupción. Poco ha cambiado desde entonces. A partir de su viaje (o quizás en paralelo) la contracultura occidental creyó que en la India estaba el alma perdida. Un asidero espiritual y religioso que pudiera sustituir al ya vencido y renqueante cristianismo tradicional, ya fuera católico o protestante. Y Ginsberg, obsesivo y sincero, puso hasta los detalles más íntimos en esos diarios que ahora pueden leerse en España.

 

El viaje no fue casual: era la culminación de un largo proceso personal en el que Ginsberg había pasado por el budismo tibetano, el Tato y los libros sagrados indios  (como el Bhagavad Gita) en busca de esa estabilidad que había perdido de tanto bote y rebote existencial entre las carreteras americanas, los viajes a Marruecos y las discusiones de escritores. Para entonces la Generación Beat ya se había hecho mayor, era un construido y sólido baluarte cultural y sentía con fuerza la fusta mediática y política sobre ellos y su rebelión. De aquel viaje entre 1962 y 1963 surgieron los libros que conforman los ‘Diarios indios’, reflejo de un hombre lleno de contradicciones que conoce el opio y lo usa (igual que hizo con el peyote y el LSD), que parece un manual del turista blanco en un país asiático y oscuro: del Ganges a Benarés, de los santones hieráticos a los funerales… todo lo observa, retrata y destila. El resultado es más que poesía, es el retrato de un país que se exhibe sin intermediarios, abierto y totalmente generoso con el que llega a sus fronteras pero impermeable a la mirada occidental. Mucho más que un poemario, los textos son visionarios, llenos de una intimidad y sello personal que los hacen realmente auténticos por haber sido escritos sin maquinación, sólo experiencia y confesión. Y talento, claro, para poder cifrar en palabras todo aquello.

Orlovsky y Ginsberg en la India 

Deambuló junto a Orlovsky, dejándose barba y vistiendo como los indios, mimetizándose para vivir la auténtica experiencia oriental (enfermedades incluidas), descubriendo que aquel país era más que otra civilización, era otro mundo comparado con Nueva York o EEUU, incluso con Europa. La distancia era sideral y causó una honda impresión en Ginsberg que se aprecia en las líneas y los juicios de valor que hace, siempre observador y sincero. Sus pies atravesaron el lodo del país, extrajo todo el conocimiento que pudo de los santones (más de uno ya le engañó, como harían luego con miles de blancos atribulados que veían en una tradición marginal hindú el secreto de la vida), conoció los abismos del shock cultural que sufre todo el occidental que pisa esa tierra fuera de los circuitos turísticos, de las drogas y de la enfermedad, preparó el terreno para las legiones de náufragos espirituales que acudirían a la India como sedientos en el desierto… pero sobre todo escribió, y escribió mucho.

Pasarían siete años antes de que los diarios, después de ser revisados, vieran la luz. Fue en 1970, cuando su ejemplo ya era una norma en todo bohemio o intelectual que se preciara, y más de uno se llevó una decepción. Los ‘Diarios indios’ no eran una guía espiritual, sino más bien una espoleta retardada que lanzó sobre el inmenso país de selvas, desiertos y ciudades-hormiguero infinitas. Aún así los peregrinos místicos siguieron su camino a pies juntillas. Pero su experiencia fue única e intransferible: en sus líneas hay poesía pura, un lirismo total sobre aquella cultura que le rompió, sutileza y belleza dándose de tortas con los mosquitos que no le dejaban en paz y que le creaban dudas religiosas: ¿debía dejarse picar o matarlos? Cuando alguien llega al extremo de preguntarse si aniquilar los mosquitos que le pegaban las enfermedades que casi lo devastan y convirtieron las noches en pesadillas va contra la espiritualidad india es que ha llegado al meollo de su propio viaje. Para entonces Ginsberg era un frustrado americano que se sublevaba al ver la miseria infinita de la India, pero que sigue adelante, ensimismado en su propia búsqueda. Refleja la pobreza y la vapulea, pero no puede dejar de ser Ginsberg y tirar para delante.

Para muestra, un botón, del primer día en India:

Paso por una plaza iluminada por grandes velas portadas por cuerpos dispersos sobre andamios de madera, cubiertos por sá­banas blancas y soldados de la Armada también de blanco – Me maravilla el despliegue callejero – A continuación me doy cuenta de que esa avenida marítima no es más que una fina capa adi­nerada, es probable que justo detrás haya apartamentos baratos para alquilar – Me instalaré en uno, como Gregory, con mi pro­pia cocina, vestido de blanco y a vivir en libertad – Cierto que esas calles traseras deben estar llenas de fétidas chabolas que sin duda exploraré, caminaré hasta allá mañana, tiemblo de miedo y me digo: Bombay resulta interminable, nunca imaginé semejante sensación, esas primeras noches junto al mar de la ciudad vieja, luego la magnífica Gate to India hacia esa Ciudad Nueva para mí que se extiende millas y millas – Ahí está el gran hotel, entro y me pierdo por sus vestíbulos y aparcamientos de color verde – Des­pierto – Mañana en Haifa, me duele el culo por no sé qué colitis, gonorrea o amebas – luz del alba – hora de levantarme, 6:45 – luz para escribir esta profecía”.

 

Allen Ginsberg: vida y poesía

De nombre auténtico Irwin Allen Ginsberg, nacido en Newark en 1926 y fallecido en Nueva York en 1997, un hombrecillo culto, ingenioso, bien pensante (en el sentido de reflexivo y profundo), que derribó barreras en todos los aspectos de su vida (en su literatura, en su pensamiento, en su vida diaria al abrazar la homosexualidad como parte indeleble de su identidad) y maestro de poetas. Si alguien ha tenido influencia en la poesía americana ha sido él, y de paso en el resto de poetas posteriores a su arranque en aquella Generación Beat mitificada en la que compartió viaje con Jack Kerouac, William Burroughs o Neal Cassady. Se opuso enérgicamente al militarismo, materialismo económico y la represión sexual. Culminó su particular viaje personal con su conversión al budismo después de coquetear con todo tipo de variantes orientales, incluyendo los santones hinduistas.

Una de sus grandes obras es ‘Aullido’ (que arranca con la ya legendaria “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”), un poema de corte épico donde se venga del capitalismo y del conformismo castrante que mostraba la sociedad americana de su tiempo. En los años 70 fue cuando realmente empezó a recoger parte de lo que había sembrado literariamente desde los años 50: ‘The Fall of America’ ganó el ‘U.S. National Book Award for Poetry’ en 1974, y en 1979 recibió la medalla de oro del National Arts Club y fue admitido en la American Academy and Institute of Arts and Letters. El corolario del Pulitzer no lo agarró, pero sí lo rozó: en 1995 fue finalista con su libro ‘Cosmopolitan Greetings: Poems 1986–1992’.

Entre medias Ginsberg había sido el pionero del orientalismo de posguerra al viajar a la India y conocer, entre otros, al budista tibetano Chögyam Trungpa, de gran influencia en su vida y su obra, marcada tanto por la filosofía oriental como por modernismo, la cadencia musical del jazz (traspasada al papel y la tinta con maestría), el judaísmo de origen y las obras de otros grandes como Walt Whitman y Federico García Lorca, al que adoraba en la distancia del tiempo. Escribía con versos inmensos y largos, con una cadencia propia del contrabajo y el saxofón jazzista, sin cortarse un pelo a la hora de proclamar una exuberancia vital que era uno de sus mayores atractivos para el lector. Era a veces tan crudo que escandalizaba y provocó la prohibición de ‘Aullido’ en 1956, excusa para la primera victoria judicial contra este tipo de prohibiciones. El minimalismo era para otros: Ginsberg era una verborrea literaria digna de elogio, igual que su liberalismo individual y su sinceridad (desde sus problemas familiares con una madre loca, a la homosexualidad, amante primero de Neal Cassady primero y del eterno compañero de viajes y vida Peter Orlovsky). Con las drogas también fue sincero: consumió de forma experimental (como el LSD, peyote, que usaba para escribir). Vivió la vida con la sinceridad que a tantos otros les faltó a pesar de hacer lo mismo. Su regalo fue una obra literaria no muy extensa pero sí determinante.

Diferentes momentos de su vida: juventud, en India y la madurez, con Patti Smith y Burroughs 

No confundir beat con beatnik (no, no es lo mismo)

De una burla humillante se pasó a un sinónimo, y de ahí incluso a la reivindicación histórica de un insulto a santo y seña de un movimiento. Algo parecido a lo que les ocurrió a los impresionistas: “impresión” fue una burla de un crítico, una forma mundana de definir un arte antiacademicista revolucionario, pero que con el tiempo se convirtió en la palabra perfecta para sintetizarlo. Algo parecido ocurrió con beatnik y la Generación Beat. Ellos siempre rechazaron esta forma popular de definirles porque iba asociada con bohemia mal entendida: crimen, vicio, exceso y es que tanto odian los americanos, la pereza. El inventor de la palabra fue el periodista Herb Caen en 1958, una ocurrencia destinada a parodiar a aquella generación de jóvenes que había nacido durante la Segunda Guerra Mundial o eran niños cuando la Easy Company saltaba sobre Normandía. Era una mezcla entre el término beat (abatido, cansado en jerga afroamericana y de jazz) y la sonda Sputnik, que por aquel entonces era el símbolo del poder comunista. Caen quería, por decirlo así, convertirlos en los rojos nacionales para poder arremeter mejor contra ellos.

Nació apenas unos meses después de que el texto-tótem de la Generación Beat fuera publicado, ‘En el camino’ de Jack Kerouac. La idea tuvo su gracia: fue adoptado por el resto de medios de comunicación, que parecen no ser capaces de pensar sin etiquetas, y lo convirtieron en un estereotipo aplicado a la juventud que se resumía en una determinada forma de vestirse, una actitud estética, cierta tendencia a la holgazanería, libertad sexual, violencia, vandalismo y el incipiente mundo de las pandillas urbanas. Al final la misma palabra lo resumió todo. A finales de los años 60, cuando Ginsberg y el resto de superviviente ya eran maduros intelectuales, el los beats no eran más que los ancestros de una revolución mucho más potente concretada entre 1968 y 1969 y la contracultura. Eran los padres espirituales, por decirlo así, de ese gran movimiento. Para entonces ya nadie usaba lo de beatnik pero la imagen de chicas fumadoras con pantalones ajustados y jerseys negros, boina y actitud fría de barra de bar ya había calado. Incluso saltó al cine como parte de cierto folklore de lo que entonces la puritana sociedad americana entendía como lo marginal y que hoy casi provoca compasión.

Especialmente insidiosa fue la revista Life, muy popular y que necesitaba seguir tirando del bolsillo del americano medio; eligieron a los beats durante los años 50 para fustigar y vaya que si lo hicieron, hasta el punto de crear un canon estético que ha tenido efectos incluso en lo que hoy puede verse por la calle: barbas de chivo, omnipresente gafas de sol, lecturas de poesía, cafés, holgazanes y jerga “cool, man, cool”. Que levante la mano quien no conozca a alguien así en su entorno hoy en día. Esa marginalidad sería repetida una y otra vez con casi todo: el rock, el hip-hop, los hippies, las universidades… hasta el punto de que se convirtió en un tic propio de la derecha americana que saltó fronteras y llegó a Europa de lleno, donde no se distinguía nunca entre beat y beatnik y quedaron ambas palabras unidas. Incluso periódicos como El País y El Mundo han repetido más de una vez el mismo cliché hace apenas un par de meses.

Caricaturas beatniks de la época