Un tema atemporal como pocos es el tratamiento de la guerra en el cine y la TV, un género que ha vivido una auténtica segunda época gloriosa en los años 90 y en esta primera década, cuando la Segunda Guerra Mundial se convirtió en el espejo para el talento de americanos y alemanes, cada uno por su lado, para retratar el horror del peor conflicto bélico imaginable.

 

Por Luis Cadenas Borges

Las relaciones entre el cine y la guerra siempre fueron muy intensas: por interés y por épi­ca, por motivacio­nes, por motivos tan diversos como ganar dinero o por di­fundir un mensaje. Y de todas las luchas, quizás la Segunda Guerra Mundial (WWII en el argot) haya sido de largo la más escenificada, la que más veces ha llegado al celuloide, por haber sido la piedra de toque de toda nuestra civili­zación, el punto de inflexión del mundo moderno y, des­de luego, el conflicto bélico más grande de la Historia. Sin querer entrar en detalles históricos y políticos, lo vital y fundamental de lo ocurrido entre 1939 y 1945 es el antes y el después de nuestro mundo, porque marca muchas cosas: la caída de Europa y el auge de EEUU, el ascenso del co­munismo planetario, la con­solidación de la dictadura so­viética, la descolonización, la sociedad del bienestar estatal, el capitalismo posmoderno, la sociedad del consumo, la revolución informática, la im­plantación de la democracia como sistema político final al que tender… Mucho, tanto que sería absurdo resumirlo. Pero el cine sí que lo ha retra­tado, y en los últimos tiempos con una humanidad inmensa.

Así que me centro en el cine, y más concretamente en el cine hecho para televisión, y sobre todo, en las cuatro olas de pasión cinematográfica por la Segunda Guerra Mundial. La primera ya sucedió duran­te la propia guerra, como en el caso de ‘Casablanca’ u ‘Ob­jetivo Birmania’, por poner dos ejemplos conocidos. En este cine bélico pretérito lo que valía era la propaganda, la visión polarizada de quién, cómo, por qué y para qué lu­chaban los Aliados; y digo los Aliados porque el cine nazi y soviético no ha salido de los márgenes marcados. La segun­da fase abarcó los años 50 y 60, la época dorada de la WWII y el cine, cuando se acumularon cientos de películas alrededor de todos los momentos cum­bre. Era un cine épico, doloro­so pero que se amoldaba bien al espíritu narrativo de buenos contra malos, o cuando me­nos, del heroísmo. Aquí ya era más importante la aventura y la acción que el mensaje. En los años 70 el atractivo residía más en la versión ácida y rea­lista del conflicto, y películas como ‘Los violentos de Kelly’, ‘Doce del Patíbulo’, pero so­bre todo ‘La Cruz de Hierro’, dejaron la huella del pesimis­mo, la denuncia y la visión sin polarizaciones. Quizás ‘La Piel’, sobre la ocupación americana de Roma, sea el fil­me definitivo que despoja de toda épica y heroicidad a las acciones de guerra.

Esa sucie­dad moral dejó seco el dique durante años, porque los 80 y parte de los 90 fueron los años de Vietnam. No sería hasta finales de siglo y esta primera década cuando Steven Spiel­berg, con una carga ideológica muy clara, y la irrupción del cine bélico alemán en demo­cracia, cuando surgió la cuarta ola, y quizás la más equilibra­da. Aquí los hombres y muje­res luchan por su patria, por sus principios, porque les obli­gan… todos los motivos y có­digos morales se circunscriben a las circunstancias, los solda­dos son vistos como peones de un juego que no controlan, de unos retos impuestos a los que deben sobrevivir. Ese hu­manismo late en ‘Salvad al soldado Ryan’, en ‘Enemigo a las puertas’, en ‘Windtalkers’, ‘Banderas de nuestros padres’ y su hermana japonesa, ‘Car­tas desde Iwo Jima’, ‘Creado­res de sombra’ o la primera con sello germánico, ‘Das Boot’ (El submarino). Filmes como ‘La lista de Schindler’ también escarbaron en el Ho­locausto desde otro punto de vista, y Spielberg, con ésta y con la primera mencionada, marcaron el nuevo rumbo de ese cine bélico, de la segun­da edad de oro del matrimo­nio WWII-celuloide, y que, menuda ironía, ha alcanzado las mejores cotas de calidad y humanismo en la televisión de pago, y en Alemania.

A un lado del charco están ‘Band of Brothers’ (Hermanos de San­gre) y ‘The Pacific’, dos subli­mes construcciones episódicas donde, como dijo comentó un espectador, “ya no hay la sa­tisfacción de la aventura, que termina bien, sino que es una realidad desoladora porque ves caer uno tras otro a los personajes”. Aquí sólo está la guerra, en toda su crudeza, bondad o maldad son cuestiones casi adaptativas, meros detalles secundarios del principio fundamental, que no es otro que sobrevivir o llegar hasta el final con los deberes con­traídos. Hay un cierto fatalis­mo en el cual el ser humano se redime, bien con el sacri­ficio de la vida o ayudando a los demás. Y esto sólo se logra por una razón: han pasado ya 70 años y todas las diferencias son relegadas a un plano del contexto histórico. Sólo así se entiende que los alemanes hayan creado joyas únicas como la visceral ‘El Hun­dimiento’, la onírica y casi fantástica ‘El ogro’ o la des­corazonadora ‘Stanlingrad’, y que hayan iluminado el mun­do con su magia. Tres obras maestras que demuestran que Alemania purga sus pecados, los exorciza de tal manera que se conecta con el mundo en un abrazo donde el séptimo arte hace de herramienta de salvación.