Ni ventas de discos, ni conciertos, ni festivales ni nada: a la música ya no la salva de los daños colaterales del IVA aumentado ni el milagro casual de Lourdes.

En el último mes se acumulan las noticias y reportajes sobre la actual situación de la música en España, especialmente de los directos: en caída libre. Ya hemos escrito varias veces sobre el terrible daño que supone el IVA del 21% en los productos culturales (entradas de cine, de teatro, de conciertos, costes adicionales de organización, imposiciones fiscales más altas…) tras la subida ordenada por el gobierno y el ministro Cristóbal Montoro. Pasar del 8% al 21% es una canallada que supone un aumento de más del 160% de la noche del domingo a la fría mañana del lunes.

El último ha sido El País, que a través de Vicente Verdú ha puesto una cifra sobre la mesa: “El Gobierno subió el IVA cultural 13 puntos: del 8% al 21%. Una medida que pretendía aumentar la recaudación del Estado, pero que ha terminado por desplomar la venta de entradas y con ella, los ingresos de la Administración que las grava. Una progresión que, a las puertas del verano (el mejor momento del año para la música en directo), podría dejar los ingresos hasta en un 50% menos respecto al año anterior” (Vicente Verdú).

 

 

Es una realidad que España ha dejado de ser un lugar atractivo para organizar conciertos y festivales. El FIB, el mayor de todos, hace aguas por todos lados, se endeuda y reconoce que cada vez es más difícil sobrevivir financieramente a pesar de haber explotado al máximo el binomio música-vacaciones que ha llevado cada vez a más británicos, holandeses y alemanes hasta Levante. Hablar de la caída de un 50% es ponerle el cascabel al gato de un negocio que hasta hace un par de años era la compensación a la piratería.

Es lo que podríamos llamar cadena de consecuencia-efecto: el aumento de la piratería llevó al negocio de la venta de discos a los límites de su viabilidad económica, los autores perdían dinero, así que las discográficas y promotores aumentaron el número de conciertos en directo (que no se pueden piratear, claro) para compensar; de esta manera ya no importaba tanto vender discos como hacer buenas giras. Se volvía a los viejos tiempos. Pero la crisis económica llegó para quedarse: el consumo cayó, aumentaron los impuestos y sobre todo el IVA, con lo que las entradas eran demasiado caras para mucha gente. La afluencia a los festivales y conciertos cayó en picado y los gastos ya eran mucho más alto. Resultado: los números no cuadraban.

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro

Por eso desde hace un par de años muy pocos del círculo supremo del negocio de la música se atreven a venir. De los valientes hay que destacar a Bruce Springsteen este junio, también Muse (un solo concierto) y… poco más. Las grandes divas que mueven cientos de millones ni olerán España (adiós a Beyoncé, Rihanna…). Pero cuando vienen es con las grandes empresas promotoras, muchas de ellas con apoyos de las de aquí para compartir gastos. Porque España está en la zona roja: por la piratería y por los sobrecostes.

Un estudio sectorial pone más cascabeles al gato: en 2012 se perdió un 28,2% de los ingresos, y en lo que llevamos de año la cifra casi se duplica y supera el 40%. Y todos señalan al mismo culpable: el Gobierno, que cae en el error infantil de aumentar los impuestos pensando que va a recaudar más cuando en realidad lo que hace es golpear el consumo y hundirlo. El propio ministro Wert ha reconocido que el teatro y los espectáculos se han visto perjudicados por la subida. Hay que reconocerle que en efecto estuvo en contra desde el principio de ese paso del 8 a 21%, pero quizás no hizo suficiente. El resultado es una debacle financiera, consumista y empresarial, porque muchas empresas se ven obligadas a despedir gente o a cerrar por la inviabilidad económica. Doble error.