El Thyssen-Bornemisza expone la mayor retrospectiva que se ha hecho en Europa al pintor de cabecera de América durante el siglo XX, Edward Hopper.

Pintura. Cine. Verdes y azules. Intimidad. Individuos aislados. Luz y sombras para crear volúmenes. Pero sobre todo, trabajo, trabajo y más trabajo de preparación para conseguir que cada cuadro fuera un instante, una fotografía, un fotograma mejor dicho, de una película de la que sólo podíamos atrapar un suspiro, un segundo. La vida cotidiana de los años de la nostalgia en Estados Unidos recluidos y resumidos en simples respiraciones que Edward Hopper convirtió en un tesoro nacional que por primera vez cruzan el Atlántico para la gran retrospectiva de este americano pionero y maestro en Europa. Unió a la perfección el realismo con el expresionismo inicial. En el Thyssen-Bornemisza madrileño hasta el 16 de septiembre.

Y eso que el cuadro más famoso de todos, ‘Nighthawks’, mil veces imitado, replicado, copiado o prostituido por la pintura, el cómic, la televisión o el cine, no ha podido estar para la exposición. Si están otras pinturas legendarias, como ‘Morning sun’ (‘Luz de la mañana’), el ‘Autorretrato’ de los años 20, ‘Sol en el segundo piso’, ‘Brisa de tierra’, la mítica ‘Casa junto a la vía del tren’ (la misma que luego saldría en ‘Psicosis’), ‘Habitación de hotel’ (quizás su cuadro más tierno y humano, de los más famosos y el preferido de muchos críticos de cine, por cierto), ‘Reunión nocturna’, ‘Oficina de noche’… y otros de su querido Nueva York, o de sus retiros campestres en Cape Cod, en la costa atlántica… Hopper, el realista americano, el que influyó tanto en tantos pintores.

 

The Morning Sun

La exposición recorre la vida del pintor tranquilo y gélido, desde su estancia en París, destino obvio en la primera mitad del siglo XX para cualquier pintor, a su carrera ya retirada y aburguesada a partir de los años 40. La ruta por las salas sacan a relucir los tres aspectos clave de Hopper, al menos tal y como yo lo veo. El primero de todos ellos es esa especie de sensación de distanciamiento y frialdad. En los cuadros los seres humanos son el punto central, pero al mismo tiempo sólo una parte de algunos de ellos, nunca devoran la escena completa. La composición geométrica es perfecta en Hopper. Son individuos aislados, casi nunca establecen relaciones con otros con los que comparten algo. Y de todos los que vi sólo ‘Reunión nocturna’ engloba una conversación activa y directa en la que casi se rozan. En el resto de obras los personajes son solitarios y viven encerrados en sus propios pensamientos y emociones contenidas. No hay viveza, lo que remarca la sensación de fotograma de película de las imágenes. Y este detalle es algo a tener en cuenta, condiciona su sentido.

El segundo aspecto es su capacidad de juego de luces y sombras. Todas sus pinturas tenían un profundo trabajo y esbozo anterior, y Hopper utilizaba las mismas técnicas que se usan en el cine. La íntima relación entre Hopper y el cine se refleja en su estilo lineal, realista, hiperrealista en los edificios pero difuso y basado en el impacto del color y la luz en los seres humanos; también en su forma de enfocar la sombra, lo que da una idea muy peculiar: Hopper creó en los años 20, 30 y 40 el aspecto que tendría el cine y los decorados en las series negras y los thriller de los 40, 50 y casi 60. Hay una íntima relación ante mis ojos entre el cine de Hitchcock: en los cuadros de la ciudad se pueden ver escenas de vidas detrás de cada ventana. Es un recuerdo directo a ‘La ventana indiscreta’. El paralelismo se me antoja continuo, directo. Quizás se conocieran, quizás se inspiraran el uno en el otro, pero quizás más el británico del americano.

El tercer aspecto a sumar a la contención y el trasfondo cinematográfico es el del estilo tan peculiar: en un tiempo en el que el realismo chocaba de frente contra el auge de las vanguardias de Entreguerras, cuando mandaban Picasso y los surrealistas, encontrar a un testigo visual directo de la realidad tiene mucho de meritorio. La influencia francesa es comprensible, y en la exposición en varias salas se colocan cuadros de contemporáneos, o incluso de Degas, para relacionar las fuentes de las que bebió Hopper. Su arte era tan americano, tan práctico, tan realista, tan lejos de la Europa convulsa, esquizofrénica y retorcida de aquellos años… que casi podría decirse que sí, Hopper marcó el estilo americano durante décadas. Esa independencia mantenida en el tiempo tuvo como consecuencia marcar y retratar una época y un espíritu, luego continuado en el tiempo. Así pues, terminó convertido en maestro para EEUU y en un atractivo cultural de primer orden para los cinéfilos. Y los amantes del arte.

 

Hotel room (1931)

Room in New York (1932) 

La exposición se organiza en dos secciones claras. Primero, la formación vital y artística de Hopper, principalmente entre 1900 y 1924, representada por bocetos, grabados, cuadros, dibujos y las ilustraciones que hizo en su etapa como diseñador para publicidad. En paralelo a toda la exposición también hay cuadros de influencias, desde Degas a Winslow Homer, Robert Henri, John Sloan o Walter Sickert. La segunda parte arranca a medados de los años 20 y llega hasta su muerte. Es el resumen de lo mejor de su carrera, organizada por temas, como la especial atención a sus cuadros de ciudad o los que hizo en la costa de Cape Cod. Pero también con un espíritu cronológico, incluyendo también sus últimos cuadros.

 

Autorretrato (1925-1930)

El gran cuadro que falta, ‘Nighthawks’

En la exposición se echa en falta ‘Nighthawks’, ‘Halcones nocturnos’. Quizás mi cuadro favorito de Hopper, y sin duda el más representativo y de los que mejor han servido para alimentar imágenes del cine negro americano. Pintado en 1942, cuando el músculo americano crecía a marchas forzadas en la Segunda Guerra Mundial y anticipada su dominio del mundo. El cuadro no puede ser más sencillo: tres personas sentadas en un típico dinner urbano de Nueva York, las cafeterías americanas de largas barras. Actualmente se encuentra en la colección del Instituto de Arte de Chicago. El título hace referencia a los trasnochadores, y se inspiró en un dinner que había en Greenwich Village, un barrio de Nueva York y pequeña patria de Hopper. El local existió, pero ya ha desaparecido. Lo pintó poco después de la entrada en la guerra y es una síntesis de la enorme preocupación y desánimo que sacudía a la población. De nuevo personajes solitarios, de emociones contenidas e inertes, como si fueran parte del edificio. Hay una pareja y un solitario de espaldas, y el camarero mira hacia fuera del local. Todos parecen vivir atrapados: no hay puertas y la barra es casi una jaula, con lo que se da todavía más trascendencia a la idea de pesimismo y reclusión de la población civil en medio de una guerra devastadora.

 

Nighthawks