Alfonso Zapico consigue hacer el primer biopic del cómic con acierto y buena narración, ‘Dublineses’, sobre la vida del complejo escritor irlandés: ya hablamos de esta obra antes, pero no tan extensamente. 

 

¿Qué tienen en común el dirigente socialista vasco Eduardo Madina, atacado por ETA, el dibujante Alfonso Zapico y el mito literario irlandés James Joyce? Sencillo, una novela gráfica. Zapico se atrevió con uno de los grandes ogros de las letras anglosajonas, James “Ego Sumo” Joyce, uno de los personajes más complicados de las letras de la primera mitad del siglo XX, genio de reconocimiento tardío, bala perdida, vividor, adúltero, borracho, ingenioso, cómico frustrado, viajero incansable que vivió en media Europa salvo en su país… un ser tremendamente complicado que Zapico documentó hasta la extenuación durante su estancia en la capital europea del cómic, Angulema, con una beca. Uno de esos milagros que JAMÁS pasará en España, donde el cómic empieza, ahora, a salir del guetto en el que le metieron la literatura y la “cultura oficial y oficiosa”. En cuanto a Madina, hizo el prólogo, amante como es del cómic. Un ambicioso trabajo además, cuyas entretelas podrán verse en ‘La ruta Joyce’, exposición itinerante que abre su camino en Barcelona (hasta el 10 de junio) en Fnac Triangle.

En ‘Dublinés’, su tercer cómic, hay muchas miradas que confluyen, ya que no sólo se recrea la biografía de un mito literario de cuyas manos salieron libros como ‘Ulysses’ o ‘Retrato de un joven artista’, también un perfil humano que es raro de encontrar en el cómic. Documentación extensa, ritmo de película, ínfulas de novela, mucho de cómic de un joven autor que lleva sólo tres obras y ya es uno de los mirlos blancos, coronado en 2009 cuando ganó en el Salón del Cómic de Barcelona el premio al Mejor Autor Revelación con ‘Café Budapest’. El estilo de dibujo de Zapico no cae en falsos experimentalismos, ni en formas deformadas. En las antípodas del cómic americano, aunque hay de fondo en las páginas en blanco y negro un cierto recuerdo venerable por el trazo de Will Eisner, a quien se parece en el tipo de narración. Sin embargo, una vez leída la novela gráfica, hay que reconocer mejor gancho literario en la primera parte, cuando Joyce es un pobre diablo colmado de todos los vicios y con un ego descomunal que malvive entre Dublín, Trieste, Locarno, París o Roma.

Zapico se debe a la vida de este hombre, pero en el regusto del lector queda la idea de que se aplica mucho más en la parte en la que narra al Joyce niño, adolescente y joven pendenciero, en sus inicios como profesor de inglés en Italia. Luego, el tono decae, es mucho menos humano y se ciñe mucho más a la historia “oficial”, a las anécdotas históricas de Joyce con Proust, T. S. Elliot o Ezra Pound. Deja de ser un personaje para convertirse en un ser histórico. Es, por decirlo así, una de las pocas pegas que hay que ponerle a esta obra que se puede devorar en dos golpes, dos noches de insomnio, o una tarde larga sin mucho que hacer. Salvo leer, claro.

Quizás una de las razones por las que le línea clara y nada difusa, la concentración de viñetas que recuerda en muchos aspectos, a veces, a Hergé, sea el origen principal de la documentación: la biografía de Richard Ellman sobre el dublinés, un formato de un millar de páginas en el que se cruzan el anecdotario intelectual con el ensayo sesudo sobre la obra joyceana. Le da más vida, le da comicidad, porque toda la obra tiene un gran sentido del humor, continuo, pero no se sabe bien si por influencias de Zapico o porque Joyce era así. Al final el resultado es tan llevadero que da igual de donde venga la chispa. Ver la escena en la que Marcel Proust y él hablan de trufas es épico, aunque un par menos de anécdotas y un par de páginas más para entender la difícil relación de Joyce con la religión y las mujeres, o con su mujer, hubiera servido de mucho más. Sólo en algunos puntos se permite divagar, como en el torreón donde Joyce vivió en comuna bohemia: allí la locura hace que Zapico pueda jugar mucho más que con la literatura.

El resultado final es una guía en blanco y negro, a plumilla y tinta, de una de las vidas más disparatadas y productivas, la de un hombre que luchó contra la censura, la incomprensión y la indiferencia hasta que le convirtieron en un mito vivo, algo que él mismo odiaba profundamente. La primera mitad del siglo XX se transparenta en las hojas de ‘Dublinés’, una forma demoledora de contar la Historia moderna que por su sentido común deja bien a las claras la maestría de Zapico para contar historias. Mucho más que un simple dibujante, capaz de viajar por toda Europa detrás del fantasma de Joyce, de pisar las mismas casas, de recuperar dibujos y fotografías antiguas para poder darle mayor realismo y veracidad. Dos años de trabajo que, a mi gusto, son más que merecedores de un aplauso y de la recomendación de leer esta novela gráfica. Que los pequeños detalles no afecten a un libro que aunque no tiene la fuerza moral de otras míticas novelas gráficas (‘Maus’, por ejemplo) o la mitología del héroe (‘Watchmen’), sí que crea un héroe moral, o mejor dicho, anti-moral, en James Joyce.