Dirigida por John Sturges, la fuga cinematográfica más famosa de la historia está basada en la huída de 76 aviadores aliados del campo de prisioneros Stalag Luft III, en la actual Żagań (Silesia-Polonia), en la noche del 24 al 25 de marzo de 1944. Solo tres culminaron la escapada. Por orden directa de Hitler, la Gestapo asesinó como represalia a cincuenta.

Clásico con mayúsculas del cine de la Segunda Guerra Mundial y de las películas de fugas. ‘La Gran Evasión’ (John Sturges) cumple este verano cincuenta años. El filme se estrenó en Londres, el 20 de junio de 1963, y posteriormente en Estados Unidos, el 4 de julio (Día de la Independencia). Pronto se convirtió en un éxito en todo el mundo y en una de las películas más famosas y que mejor aguanta el paso del tiempo en la historia del cine.

Sturges rodó en las instalaciones del Bavaria Film Studio, en los suburbios de Munich, donde se construyeron los barracones y los túneles. En un claro del cercano bosque de Perlacher, se ubicó la réplica del campo de prisioneros de Stammlager der Luftwaffe III, abreviado como Stalag Luft III. Mientras, las escenas de Żagań, rebautizada en la película como Neustadt, se filmaron en Füssen. En Żagań y en los pueblos colindantes fue donde muchos oficiales y suboficiales huidos se subieron al tren para continuar con su escapada.

‘La Gran Evasión’ narra unos hechos reales: la fuga, en la noche del 24 al 25 de marzo de 1944, de 76 aviadores aliados del campo de prisioneros de Stalag Luft III, ubicado en el actual municipio polaco de Żagań (Silesia), a algo más de 200 kilómetros de Berlín. La película está basada en el libro ‘The Great Escape’ (1950), escrito por el piloto australiano Paul Brickhill, capturado en Túnez en 1943 e inquilino involuntario de Stalag Luft III, concebido como un recinto del que, en teoría, era imposible fugarse.

 

Brickhill no participó directamente en la construcción de los tres túneles (con los nombres claves de Harry, Tom y Dick) de más de cien metros de extensión y apenas 60 centímetros de alto y de ancho. Eran tan estrechos que los excavadores, que trabajaban en parejas, no tenían espacio para darse la vuelta. Construyeron cada treinta metros un alto o descansillo que permitía ponerse de pie. La labor de Brickhill fue otra. Estaba al mando de los ‘chiflados’, que se encargaban de avisar con señas o ruidos cuando los soldados alemanes se acercaban a los barracones donde estaban escondidas las entradas de los túneles. Brickhill sufría de claustrofobia y se deslizó intencionadamente hasta los últimos puestos de la lista de los 200 prisioneros elegidos (Sturges elevó la cifra en el filme hasta 250) para escapar. Aquella decisión le salvó probablemente la vida.

La lista se dividió en dos grandes grupos. Los primeros cien nombres se correspondían con los prisioneros que habían trabajado más activamente en el diseño de la fuga y de los túneles más aquellos que dominaban el alemán y, por tanto, tenían mayores opciones para regresar a sus hogares. El otro centenar se designó gracias a un sorteo. Un total de seiscientos prisioneros se involucraron directamente en el plan. La fuga más ambiciosa de la Segunda Guerra Mundial y de toda la historia.

La película de Sturges, que venía de triunfar con ‘Los Siete Magníficos’ (1960), respeta en líneas generales el relato original del piloto australiano. Los guionistas James Clavell, W. R. Burnett y Walter Newman adaptaron el libro. La archiconocida y acertada banda sonora de Elmer Bernstein y un reparto coral ajustado a las personalidades y nacionalidades de los prisioneros de guerra y sus captores hicieron el resto. El resultado: un ‘clasicazo’ del Séptimo Arte, con un ritmo maravilloso que no decae en sus casi tres horas de metraje.

Sturges mezcló, de esta manera, actores británicos (Richard Attenborough, James Donald, Donald Pleasence, David McCallum, Gordon Jackson, Angus Lennie, Nigel Stock y John Leyton), norteamericanos (Steve McQueen, James Garner, Charles Bronson y James Coburn) y alemanes (Hannes Messemer y Robert Graf). McQueen, Bronson y Coburn ya habían triunfado con el mismo director en ‘Los Siete Magníficos’.

Steve McQueen durante el rodaje

Steve McQueen era una estrella en ciernes y reclamó mayor protagonismo. Acertó. El capitán Virgin Hilts, de la USAF, es una de las grandes bazas de ‘La Gran Evasión’. Su carisma, su sentido del humor, su tenacidad, sus innumerables intentos de fuga y sus reclusiones en la ‘nevera’ son eternamente inolvidables. Al igual que una inventada fuga en moto (como la protagonizada en avión por James Garner y Donald Pleasence) en las proximidades de la frontera suiza. Sturges incluyó espectaculares escenas de acción que un loco del motor como McQueen no dudó en rodar. Donde no llegó, como en el salto final contras las alambradas suizas, lo hizo el especialista Bud Ekins.

No obstante, supuso una primera concesión de Sturges sobre el libro de Brickhill. La participación de los norteamericanos en la Gran Evasión resultó menos importante de lo que se ve en la película. De los 76 prisioneros que huyeron del campo, ninguno era estadounidense. Los aviadores norteamericanos sí colaboraron en la construcción de uno de los tres túneles (Dick), pero los alemanes les trasladaron a otra parte del campo siete meses antes de la fecha de la Gran Evasión.

La campaña de bombardeos estratégicos de la USAF se había sumado a las acciones de la RAF. Los aviones eran blancos relativamente sencillos. Pronto el número de pilotos norteamericanos capturados se incrementó. El Reich optó por separar a los estadounidenses del resto de aliados en Stalag Luft III. Esa decisión causó la posterior ausencia de miembros de la USAF en la Gran Evasión. De todos modos, la mayor relevancia de los papeles de los estadounidenses McQueen y Garner significa una licencia comprensible para un filme, a fin de cuentas, de producción norteamericana y que no empaña su calidad artística ni compromete la esencia del relato histórico.

Arriba, James Coburn y Charles Bronson, que repite en la imagen de abajo de uno de los túneles

En la primavera de 1943, el tablero de la Segunda Guerra Mundial había empezado a virar hacia el bando aliado tras la entrada en acción en Europa de las tropas de Estados Unidos y la decisiva derrota nazi en Stalingrado. Alemania había pasado a defenderse, pero aún no estaba vencida. Los prisioneros de guerra se resistían a desempeñar un papel pasivo y se convirtieron en un motivo más de preocupación con constantes intentos de fuga. Continuaron la guerra desde los barracones de los centros de reclusión.

Roger Bushell había llegado a Stalag Luft III en octubre de 1942 con un notable currículo militar antes y después de su captura en mayo de 1940. Bushell, sudafricano de nacimiento e hijo de ingleses, ascendió pronto y ya era jefe de escuadrón en enero de 1940. Se escapó de Dulag Luft, donde colaboró en la construcción de un túnel. También se fugó en Hannover, junto con un piloto checo, cuando viajaban en tren hacia el campo de prisioneros de Oflag VI-B, en Warburg. Bushell, apodado ‘Big X’, se convirtió de inmediato en un líder en Stalag Luft III e ideó la más ambiciosa fuga de la Segunda Guerra Mundial: la Gran Evasión. “Era un hombre de gran habilidad, inteligencia y, por encima de todo, resolución. Hiciera lo que hiciera ponía todo su empeño en ello”, describe Jacy Lyon, uno de los protagonistas de la escapada, en el documental británico ‘La Gran Evasión. La Historia Oculta’ (Steven Clarke) (2001).

Richard Attenborough encarnó a Roger Bartlett, personaje inspirado en Roger Bushell. Sturges plasmó su capacidad de liderazgo en la planificación de una fuga histórica. Los túneles, a diez metros de profundidad para impedir que los alemanes detectaran ningún sonido, se comenzaron a cavar a comienzos de mayo de 1943. Prácticamente, un año de trabajo con la supervisión directa de Bushell. De todos los personajes de ‘La Gran Evasión’, es el más cercano a la realidad. No falta ni la cicatriz en uno de los ojos que Bushell tenía tras sufrir un accidente de esquí, deporte del que era un gran especialista, en Canadá.

 

‘Big X’, que dominaba el alemán y el francés, se escapó junto con el oficial galo Bernard Scheidhauer. Su fuga concluyó en Saarbrücken, a apenas una hora a pie de Francia, con un viejo truco. Un policía, en un control de pases, les gritó “buena suerte” en inglés. Scheidhauer contestó en el mismo idioma. Sturges recreó esta captura, aunque cambió algunos detalles. En el filme, la detención se produce en la entrada de un autobús. Bushell y Scheidhauer murieron en una cuneta, tras dos días detenidos, a manos de la Gestapo. Era el 30 de marzo de 1944. Alemania había asesinado ya a 22 prisioneros fugados de Stalag Luft III.

Además del mayor protagonismo de los pilotos estadounidenses, una de las diferencias más notables de ‘La Gran Evasión’ con los hechos reales es, precisamente, la frialdad de la Gestapo. Todo lo que Sturges cuenta es real pero está, en cierta manera, dulcificado ante la crueldad y la falta de honor de la reacción del Reich. Aún faltaba mucho para que el cine de la guerra de Vietnam y, posteriormente, Steven Spielberg, con la clave ‘Salvar al Soldado Ryan’ (1998), recrudecieran el enfoque de las películas bélicas.

La represalia nazi contra los prisioneros fugados supone uno de los episodios más indignos de la Segunda Guerra Mundial. Adolf Hitler enfureció, movilizó a cerca de cien mil efectivos para atrapar a los fugados y exigió asesinar a todos los capturados. Una cacería humana en toda regla que se alargó durante dos semanas y una clara violación de la Convención de Ginebra. Su círculo más cercano intentó disuadirlo sin excesivo éxito: “Entonces que maten a más de la mitad”, encolerizó el Führer. Heinrich Himmler, comandante de las SS y ministro del Interior del Reich, terció y eligió la fatídica cifra: serían cincuenta.

Arthur Nebe, jefe de la Kriminalpolizei (Policía criminal) nazi, recibió el encargo de redactar la lista y decidir quién viviría y quién moriría. Ocho jefes de la Gestapo de ciudades alemanas recibieron unas órdenes sin precedentes. Los fugados de Stalag Luft III serían asesinados, en parejas o solos, sin piedad, sin que supieran su destino, sin posibilidad de defenderse, rematados a sangre fría y con la justificación de una falsa huída o de una férrea resistencia a la detención. Otros 23 tuvieron más suerte. Salvaron sus vidas. Diecisiete retornaron a Stalag Luft III, cuatro ingresaron en el campo de concentración de Sachsenhausen, del que meses después se escaparon durante unos días tras cavar otro túnel, y dos en el Castillo de Colditz, utilizado en la Segunda Guerra Mundial para recluir a prisioneros. No alcanzaron la libertad hasta la caída del nazismo más de un año después, pero tuvieron más suerte que los cincuenta señalados aleatoriamente por Nebe.

 

Parte del elenco: Coburn, James Garner y McQueen

Como combatientes de guerra, todos pensaban, una vez capturados, que regresarían a Żagań. Pero el Reich tenía otros planes. El certificado de defunción de los cincuenta fallecidos repetía la misma falsa causa y excusa: “Muerto al intentar escapar”. “Al Hake tenía los dedos de los pies congelados y le mataron porque quería escapar cuando apenas podía caminar”, relata con rabia en los ojos Les Brodrick en ‘La gran evasión. La verdad oculta’. Brodrick, fallecido en abril de 2013, había huido del campo de prisioneros junto con Hake.

Reino Unido no conoció la muerte de los cincuenta aviadores aliados hasta unas semanas después tras una visita a Stalag Luft III de las autoridades suizas, neutrales en el conflicto, que fueron informadas por los mismos prisioneros. Anthony Eden, secretario de Relaciones Exteriores, anunció la noticia a la Cámara de los Comunes el 19 de mayo de 1944. El Gobierno británico, indignado, prometió justicia a los cincuenta fallecidos: 21 británicos, seis canadienses, seis polacos, cinco australianos, tres sudafricanos, dos neozelandeses, dos noruegos, un belga, un checoslovaco, un francés, un griego y un lituano.

Concluida la guerra, se inició una investigación, coordinada por Frank McKenna (alto cargo de la RAF), para buscar a los responsables, arrestarlos y juzgarlos. Trece oficiales de la Gestapo fueron condenados a muerte. Otros cinco a penas de entre cinco años y cadena perpetua. Los cincuenta de Stalag Luft III, cuyos restos descansan en Poznan (Polonia), encontraban justicia tras una de las actuaciones militares alemanas más deshonrosas en toda la Segunda Guerra Mundial.

Abochornado por la acción del Reich, el comandante Friederich Wilhelm Von Lindeiner-Wildau, responsable del campo de prisioneros, permitió a los aviadores crear un monolito en honor a los fallecidos. La Gestapo trasladó sus restos a Stalag Luft III. Von Lindeiner, héroe de la Primera Guerra Mundial, fue cesado y sometido a un Consejo de Guerra. Condenado a un año de prisión, ingresó en un hospital militar tras simular una enfermedad mental. Tras la guerra, los aviadores aliados testificaron en su favor y evitaron su condena a muerte en el transcurso de la investigación británica.

Christopher Reeve (‘Superman’) protagonizó en 1988 la tv movie ‘La Gran Evasión: la historia jamás contada’ (Jud Taylor y Paul Wendkos) que narra, precisamente, el desarrollo de las averiguaciones por la muerte de los cincuenta aviadores aliados. Donald Pleasance, que interpretó en el original al falsificador Colin Blythe, que perdió la vista en la preparación de la fuga, interpreta en la secuela a un miembro de las SS.

Blythe, uno de los personajes más recordados de ‘La Gran Evasión’, está inspirado en el teniente Alex Cassie, fallecido en abril del pasado año. Cassie organizó a los doce copistas que falsificaron la documentación de los fugitivos. Un ataque de claustrofobia en la misma noche de la fuga le dejó en el campo de prisioneros. No quiso comprometer el plan y acabó salvando la vida.

 

El papel del frío

Otro factor que en ‘La Gran Evasión’ se minimiza pese a su vital importancia en el fracaso de la evasión fue el intenso frío. Alemania sufrió en 1944 el invierno más gélido en tres décadas. Los alrededores del campo de prisioneros estaban teñidos del color blanco de la nieve que poblaba el bosque de pinos que protegía Stalag Luft III. El frío supuso un obstáculo muy complicado de derrotar. “El mal tiempo nos venció a todos”, resume Jimmy James en el documental ‘La Gran Evasión. La Historia Oculta’.

El frío retrasó más de una hora el inicio de la fuga. El suelo de la entrada de Harry, el túnel de la huída, estaba helado. El ambiente era tan gélido que una columna de vapor, por el contraste de temperatura con respecto al subterráneo, brotaba del agujero por donde los prisioneros saltaron con dirección a un bosque que les esperaba con un paisaje completamente blanco.

Para quienes no llegaron a ninguna estación de tren, la fuga se convirtió en un desafío a la naturaleza mientras caminaban con los pies adheridos de frío hacia el sur, hacia la frontera checoslovaca esperando la ayuda de los partisanos que luchaban contra los nazis. Tenían todas las de perder. La nieve los agotó y los derrotó.

La fuga, prevista para verano, tuvo que adelantarse a marzo ante la creciente presión de la Gestapo. El campo estaba vigilado por miembros de la Luftwaffe. Sin embargo, la Gestapo no se fiaba de los aviadores aliados. “Los alemanes sabían que se estaba escavando un túnel. Habían examinado el edificio varias veces y no lo habían encontrado”, explica Jimmy James en el mencionado documental ‘La Gran Evasión. Una historia oculta’.

El tiempo corría en contra y más después de que Tom, camuflado en la chimenea del barracón 123, fuese descubierto. Los pilotos norteamericanos fueron trasladados justo después de la caída de Tom. Dick, que tenía la entrada en el pozo de las aguas residuales del bloque 122 y nunca fue hallado por los alemanes, se encontraba lleno de la documentación y las prendas falsificadas de los futuros prófugos y, sobre todo, de arena, uno de los principales problemas y quebraderos de cabeza para que la fuga no se viniese abajo. Había que esconder la arena procedente de los túneles sin que los alemanes se dieran cuenta, un aspecto que sí ocupa mucho minutos en ‘La Gran Evasión’, al igual que la búsqueda de materiales para la construcción de los túneles.

Los prisioneros utilizaron una enorme cantidad de las latas de leche en polvo Klim que suministraba la Cruz Roja, colchones, mesas, camas, palas, sillas, bancos, almohadas, cuchillos, cucharas, tenedores, lámparas, toallas, teleros, mantas… y donde no llegaban los suministros, tanto para afianzar los subterráneos como, sobre todo, para falsificar los documentos de los fugados se las apañaron para sobornar a unos desconcertados guardianes de la Luftwaffe. Gracias a la ayuda de la Cruz Roja, los aviadores disponían de chocolate, café, té y jabón, alimentos y bienes de aseo de los que carecían los alemanes. La colaboración mutua fue tal que incluso recibieron a cambio una máquina de escribir desmontada. Y sin preguntas.

Con la arena, la solución ideada se retrata con todo detalle en el filme de Sturges: pantalones con bolsas interiores. Los prisioneros, que tenían huertos, depositaban la fina arena de Silesia sin que los alemanes lo percibieran. Por la manera de andar por el peso de las bolsas, los aviadores que realizaron este trabajo se conocieron como ‘pingüinos’. Más de 200 aviadores efectuaron 25.000 paseos para deshacerse sutilmente de la arena. Bushell y la Comisión de Fuga mostraron una enorme tenacidad e ingenio para buscar una solución a cada problema planteado para mantener viva la fuga.

 

Un esfuerzo logístico sin precedentes para un grupo de prisioneros de guerra que culminó en la noche del viernes 24 de marzo de 1944 en Harry, ubicado bajo la estufa del barracón 104. Cuando llegó la fecha de la fuga, los colchones de las camas de los aviadores estaban sostenidos por apenas ocho tablones por los veinte iniciales. El resto habían ido a los túneles. Era ahora o nunca. Luna nueva, oscuridad absoluta, casi la única ayuda que tuvieron.

‘Harry’ se había quedado corto, no llegaba hasta la protección del bosque, lejos de la presencia de los soldados alemanes. Una solución de última hora permitió comenzar con dos horas de retraso la fuga, con una cuerda atada entre un árbol y la salida del túnel. Fuera, uno de los aviadores avisaría cuando los alemanes, en su ronda nocturna, no estaban a la vista. Tampoco colaboró un fuerte bombardeo aliado entre las doce y la una de la madrugada. La fuga avanzaba más lento de lo previsto. El recorrido en los túneles, con una carretilla, duraba diez largos minutos. Hasta que a las 4:55 horas, un error de comunicación en la cuerda provocó que el 77º fugitivo saliera antes de tiempo y fuera descubierto y, con él, la Gran Evasión.

Solo tres de los 76 fugados consiguieron la libertad: los noruegos Per Bergsland y Jens Müller y el holandés Bram Van der Stok. Bergsland y Müller llegaron en tren hasta la costera ciudad de Szczecin, en la actual Polonia. Allí, consiguieron la ayuda de dos pescadores suecos para llegar en barco hasta Gotemburgo. Sturges repitió este método con los personajes de Charles Bronson y John Leyton, los tuneladores más famosos de ‘La Gran Evasión’. Jens Müller había contribuido en la decisiva construcción de la bomba de aire que permitió a los aviadores disponer de oxígeno para seguir cavando.

Bram Van der Stok se recorrió media Europa hasta asegurarse la libertad. Viajó en tren hasta Dresde y llegó a Utrecht donde se puso en contacto con un miembro de la resistencia holandesa que le escondió en un piso franco en Bruselas. Después, se trasladó, con una identidad falsa, en tren hasta Toulouse. Allí, con la ayuda de un guía francés cruzó los Pirineos para llegar a España junto con dos pilotos de la RAF, dos tenientes del Ejército norteamericano, un oficial ruso y otro francés. Sturges repitió parte de este itinerario con el personaje del piloto australiano interpretado por James Coburn, si bien el atentado de la resistencia francesa a tres nazis es ficticio.

Bergsland, Müller y Van der Stok consiguieron la libertad a un alto precio. Cincuenta de sus compañeros de fuga murieron. 76 aviadores aliados, prisioneros en Stalag Luft III, pusieron durante dos semanas en jaque a toda Alemania. Humillaron al Reich. “¿Valió la pena? Dijeron que hubo cien mil tropas involucradas en nuestra búsqueda. Supongo que causamos bastante revuelo. Pero, ¿valió la pena? Creo que no”, resume con tristeza Les Brodrick en el epílogo de ‘La Gran Evasión. La Historia Oculta’. Al menos el cine filmó una de sus mejores películas como un homenaje imperecedero.