Uno más en nuestra galería de “raros y malditos” con un pintor del que difícilmente habrán oído hablar los españoles antes de que pasara en marzo y abril por Madrid: Odilon Redon.
Por Marcos Gil
Es complicado encontrar un artista y una firma tan entroncada con la psique creadora de la Europa que daba el paso directo hacia la modernidad, y al mismo tiempo ser tan profundamente mórfico (en el sentido de Morpheo, dios del sueño y de la más profunda fantasía). Lo primero que hay que saber de Redon, aparte de su existencia misma, algo nuevo para quien no haya estudiado historia del arte en algún momento, es que sus pasos fueron más que personales. Su vida, su profusión inicial en el campo de la litografía (como medio de vida y negocio) le sacaron de los circuitos habituales, pero le convirtieron en una especie de objeto de culto capaz de seducir a escritores y otros intelectuales lejanos, como Charles Darwin o Armand Clavaud, otro científico de la época. De sus manos salieron ‘Los negros’, una colección de dibujos que eran una reacción total al estilo dominante de la época, cada vez más luminoso.

A partir de aquí su vida fue una transición personalísima desde el impresionismo contemporáneo hasta el simbolismo en su forma más elaborada, conectada a la vez con la mitología clásica y los universos minoritarios de Poe o Baudelaire (a este último le unió amistad y trabajo). Fue mucho más oscuro y se alejó de Monet y compañía. Así que estamos ante un “mondo bizarro” al más puro estilo del marginado. En su obra la fantasía es tan fundamental como cualquier otra pulsión, y siempre con la vista puesta en poder sostener de alguna manera ese imaginario tan particular que, él sabía, no sería para las grandes masas.

El mundo creativo de Redon fue un reflejo del misterio que rodeó su vida: lector voraz de Poe, suyas son las representaciones de las arañas con cara humana, ojos de Polifemo gigantes que lo miran todo, cabezas cortadas, soles negros de luz oscura, los pequeños detalles, el inmenso poder de los sueños y los ángeles caídos, el goticismo sofisticado… algo que le encaminó sin saberlo hacia el surrealismo. Serían ellos en el siglo siguiente los que en parte rescataran de la memoria a Redon, uno de los artistas predilectos del Museo D’Orsay en el centro de París, ciudad que fue su cuna y su escaparate. En Francia es todo un mito de culto, aquí, un desconocido. Al menos hasta ahora.
Otra de las grandes influencias de Redon fueron las Pinturas Negras de Goya. Lo dijo en vida y queda patente en obras como ‘The Evil’, donde el espectador podría intuir el Coloso de la guerra de Goya. El ambiente, las texturas, incluso la forma poco clara y borrosa de plantear personajes fuera del mundo del dibujo demuestran que la locura del pionero Goya quedó inoculada, artísticamente, en Redon.
También la ciencia fue motivo de creación: el materialismo industrial y científico nutrió tanto su imaginario como lo hicieran los mitos griegos o góticos. Todo eso en paralelo a una evolución muy peculiar: hasta la década de 1890 casi toda su obra fue en blanco y negro (de nuevo la influencia litográfica) para pasar entonces a ser luz y color, donde Redon destacó por su poder simbólico, surrealista y pionero de un siglo en el que sería redescubierto y admirado de nuevo. El siglo XX, propenso a recuperar a los malditos y raros, fue su centuria.

Breve biografía
Odilon Redon (1840-1916) está dentro de los llamados simbolistas del XIX, un movimiento posterior al impresionismo que recuperó parte del legado de estos pero no siguió sus técnicas. Su formación artística le adiestró en el arte de la escultura, el grabado y la litografía. Participó en la guerra franco-prusiana y a la vuelta se volcó con el arte de la litografía para poder sobrevivir. Su primer álbum en esta materia no aparecería hasta 1879, pero aún así siguió siendo un desconocido para el público francés. Era un artista separado de los grandes círculos del arte. No despuntaría hasta que en 1884 J. K. Huysmans publicó una novela de culto de la época, ‘A contrapelo’, en el que Redon era un personaje más al ser el objeto admirado de un noble coleccionista. Su admiración por la corriente romántica y gótica de Poe y otros escritores de la primera mitad del siglo le encaminó directamente a Baudelaire, el gran defensor de Poe. El mismo año de publicación de la novela cofunda el Salón de Artistas Independientes de París, refugio autosuficiente de autores sin aceptación entre los grandes marchantes. A partir de entonces se hizo un pequeño nombre que apenas sobrepasó las fronteras de la República hasta convertirse, en el siglo XX, en uno de esos “raros malditos” por su temática, parte de un movimiento tan antiguo como el arte mismo.


