Planeta Comic ha publicado ‘Los espíritus de los muertos de Edgar Allan Poe’, de Richard Corben, un compendio de los relatos del escritor norteamericano recogidos en viñetas. No es la primera vez que le adaptan, ni la última, pero en este caso hará las delicias de los acunados entre la novela gótica y del cómic de terror. Una loa a uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. 

Nada se presta mejor a la vampirización, adaptación, traslación, explotación, que la literatura. Como si el resto de artes no tuvieran suficiente alimento en sí mismas, el mundo de las letras nutre al cine, al cómic, a la televisión, a la música, a la pintura… A veces con acierto, otras con errores garrafales, pero una y otra vez obras y autores son explotados. Edgar Allan Poe es una de las minas de oro de las que todos sacan algo. Tanto de su obra literaria como de su propia persona. Un buen ejemplo es el ‘Raven’ con John Cusack interpretando al atormentado escritor. Lo cierto es que su universo literario dio para mucho: maestro de la novela gótica, parió casi él solito el género negro, fue un prometeico autor de ciencia-ficción y creó gran parte del suelo literario de su joven país. Es todo un icono, una de esas estaciones culturales donde el tren siempre se para. Creó arquetipos, modelos, clichés y pasó a ser a lo largo del siglo XX toda una leyenda.

El autor de Baltimore, hoy tan tristemente famosa por otras razones, fue un prolífico autor de relatos. Pocas novelas y muchos cuentos. Sobre esos universos paralelos creados por Poe se basa gran parte de la novela gótica occidental, y también esa cosa tan inexplicable llamada “thriller” que todo el mundo usa y que, en sus delirios, él convirtió en un modus vivendi junto con la poesía y el eterno lamento por amores perdidos, miedos inconfesables y paranoias. Corben explota a la perfección esos mundos en ‘Los espíritus de los muertos de Edgar Allan Poe’ (Planeta, 216 páginas, 30 euros en papel / 17,99 euros en electrónico), traducida por Ignacio Bentz, que reúne lo mejor de esos micromundos paralelos del escritor. El estilo de dibujo de Corben le va que ni al pelo: grotesco, casi goyesco en su fase Pinturas Negras, conciso y bien conformada. Una versión más detallista y menos abstracta de Mike Mignola, al que en ocasiones recuerda.

Los espíritus de los muertos de Edgar Allan Poe - Richard Corben 1

Dibujante y guionista, adapta los textos y les da una salida muy particular a partir de su propia experiencia como reconocido autor del género que Poe tan bien desarrolló y explotó: el terror. En realidad Corben “le pilla el punto”, por usar una frase castiza y manida. Si ven las viñetas que añadimos verán que es realmente demencial su capacidad para reconstruir las nebulosas fantasías de Poe en imágenes concretas. En aquel tiempo el terror tenía mucho más que ver con la vieja tradición oral al calor de una hoguera que con lo que hoy llamamos terror. Tenía mucho de psicológico, también bastante de navegación por los sentimientos religiosos y de culpa de la sociedad. Tiempos distintos, terrores diferentes.

Pero en este caso Corben extiende un puente viable, claustrofóbico, victoriano, retro y grotesco. Si han visto las Pinturas Negras de Goya sabrán de qué hablamos. Los relatos recogidos son ‘Solo’, ‘La ciudad en el mar’, ‘La durmiente’, ‘La cita’, ‘Berenice’, ‘Morella’, ‘Sombra’, ‘La caída de la casa Usher’ (imprescindible de Poe), ‘Los asesinatos de la calle Morgue’ (hablando de clásicos eternos que lo cambian todo…), ‘La máscara de la Muerte Roja’ (fundamental), ‘El gusano conquistador’, ‘El entierro prematuro’, ‘El cuervo’ y ‘El barril de Amontillado’. Sólo falta el archiconocido pozo con péndulo y lista la suma perfecta de Poe.

El mito Poe

Desde su relativa pobreza material, desde la también incomprensión que sufrió en vida (también relativa, porque en Estados Unidos fue pronto un mito para las fuertes minorías románticas y eclécticas del siglo XIX), Poe fue capaz de abrir un camino nuevo. Autor difícil de comprender, capaz, él solo, de crear el llamado género negro o género criminal, de darle una pátina de brillantez al género gótico literario y de poner en el bueno camino otro formato típicamente moderno, el terror. Y está considerado, igualmente, como uno de los primeros en describir lo que sería la ciencia-ficción (‘Manuscrito encontrado en una botella’, por ejemplo, reverenciado y saqueado también por Ray Bradbury).

Una de las viñetas que mejor recogen el estilo de Richard Corben

Así que Poe fue un Prometeo, alguien que con su trabajo abrió una nueva forma cultural que muchos otros han explotado al máximo. Es un pater, un gurú, un sacerdote literario que hoy es reverenciado hasta el misticismo en EEUU, que presume de genio cuando en su tiempo fue arrinconado e incluso caricaturizado post mortem como un ser depravado y vicioso. Poe es complicado literariamente: su intensidad a la hora de escribir hace que cada palabra parezca vital y el fin del mundo. El lenguaje es en sus textos un arma psicológica más que un comunicador. Si hay un rasgo diferenciador es esa fuerza telúrica a la hora de escribir, en la que parece que muere con cada punto y seguido. Para subrayar el argumento muchas veces crea circunloquios y monólogos interiores a través de sus narradores, muchas veces en primera persona, y con los que calcula efectos en el lector: le incita a meterse de lleno en la historia, le atrapa y le subyuga. Algo atípico en su tiempo, vital hoy en día. Y su temática, más cercana que nunca a nosotros.

El universo de símbolos y mensajes subterráneos de Poe son más fáciles de entender por nuestro tiempo que en el suyo, cuando eran tan originales o tan del gusto perverso de las minorías instruidas que le leían en Baltimore o Nueva York que se salían de lo normal. El escapismo de la ficción, y varias décadas de consumismo cultural de los géneros que él alumbro, nos deja preparados para sus pesadillas. Hay una pulsación mística y depresiva en sus poemas, cuentos y ensayos. Sólo escribió una novela, ‘La narración de Arthur Gordon Pym’ (1838), pero la profusión de cuentos, escritos para los periódicos (era el formato elegido por ser más fácil de publicar), cimentó su leyenda y le lanzó un siglo antes, a la difícil tarea de crear lo que hoy llamamos moderno. En sus palabras late la atmósfera que hoy consideramos normal en cada relato de ficción. Fue un visionario que encajó mal en un mundo dominado por la influencia burguesa y en plena revolución industrial.

La poesía fue mal recibida por la crítica, considerándola ampulosa, barroquista, demasiado artificial, pero sería un poema, ‘El cuervo’ (‘The Raven’), el que le daría la inmortalidad y fama en su tiempo. Mil veces adaptado y comentado, tiene en su honor haber sido llevado al cine y la TV en lugares tan dispares como Japón, España o EEUU, donde incluso los Simpson hicieron uno de sus especiales de Halloween. El teatro, la música o el cine han sido carnívoros de la obra de Poe, hasta el punto de que hoy en día es casi un cliché cultural más que una figura literaria. Ha superado en trascendencia a Lovecraft, por ejemplo, quizás más innovador y rompedor que Poe, pero hay que tener en cuenta que trabajaría casi 80 años después que él, cuando la sociedad era más cómplice de su universo. La crítica americana actual le considera una especie de pulpo creador cuyos tentáculos alcanzan casi todo: diseño, moda, estética, teatro, cine, TV, arte, cómic… y, obviamente, la literatura.

Edgar Allan Poe fue una víctima de muchos accidentes vitales: espíritu introvertido, terriblemente romántico hasta la náusea moral, dotado de un fatalismo que ensordecía cualquier tipo de optimismo para coger las riendas de su existencia, sacudido por la muerte temprana de su gran amor (Virginia Clemm, que se sugiere en las líneas de ‘El Cuervo’), el abandono familiar y la muerte de sus seres más queridos… y el tobogán perfecto para llegar hasta la peor de las drogadicciones, el alcohol. La idea de un Poe borracho y en pleno delirium tremens que tiene alucinaciones que luego plasmará en sus cuentos y poemas es muy suculenta, aunque no fuera muy realista.

La bebida tuvo mucha influencia en su decrepitud final, una muerte todavía sin aclarar pero que por las descripciones y detalles (si bien sigue siendo todavía un misterio la verdadera razón de su muerte) apunta a un colapso por culpa del abuso del alcohol, o consecuencias de ello en su cuerpo. Este panorama le convirtió en un hombrecillo débil y cerrado al mundo, que no destacaba, delicado, y que está perfectamente retratado en su poema ‘El cuervo’: solitario, atormentado, con la cabeza más en el otro mundo que en este, y con una fatalidad en cada instante vital que le conducía a un final muy sombrío. Una de sus frases más memorables desnuda un alma fustigada: “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche”.

Poe básico para lectores

Casi toda la obra de Edgar Allan Poe está traducida al español, gracias en parte a Borges y Cortázar, y editada por muchas firmas. Las dos que más han mimado al americano son quizás Alianza (que el año pasado cerró su ciclo de cuentos completos renovados) y Valdemar, que ha usado al autor casi como un santo y seña editorial. Para un buen lector ésta sería la bibliografía básica para el estante. No están todos los que son, pero sí son un buen principio.

Metzengerstein (1832)

Manuscrito hallado en una botella (1833)

El Rey Peste (1835)

Berenice (1835)

La caída de la Casa Usher (1839)

Un descenso al Maelström (1841)

Los crímenes de la calle Morgue (1841)

La máscara de la Muerte Roja (1842)

El pozo y el péndulo (1842)

El retrato oval (1842)

El escarabajo de oro (1843)

El misterio de Marie Rogêt (1843)

El gato negro (1843)

El corazón delator (1843)

La caja oblonga (1844)

La carta robada (1844)

La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845)

El barril de amontillado 1846)

Hop-Frog 1849)

La narración de Arthur Gordon Pym (1838) – Novela

Poesía

Tamerlane (1827)

El Coliseo (1833)

A alguien en el paraíso (1834)

Soneto del silencio (1840)

Lenore (1843)

Tierra de sueños (1844)

El cuervo (“The Raven”) (1845)

Ulalume (1847)

Annabel Lee (1849)

A mi madre (1849)