El 21 de octubre CaixaForum Madrid cierra su exposición de la obra del artista británico más influyente y personal que ha tenido la isla, uno de los “malditos” del arte que mejor legado dejó tras de sí en la ilustración y la pintura.

Los ingleses tienen su propia versión de Goya. En todos los sentidos: igual de pionero, con un estilo tan personal que escapa a los cánones y movimientos de la época, una forma de entender el arte que trasciende los propios límites de la pintura, capaz de sugestionar y que se pone al servicio de otros ideales. Si en Goya el trasfondo era la amargura y la locura, en William Blake el motor de su arte es el esoterismo y una forma de espiritualidad mística. A ambos les une la pobreza en la que vivieron parte de sus vidas, la incomprensión de sus contemporáneos y el haber vivido en paralelo: el inglés entre 1757 y 1826, el aragonés entre 1746 y 1828. Dos almas gemelas en mundos culturales casi antagónicos.

William Blake ha pasado a la historia como uno de los artistas más excepcionales y singulares de los últimos siglos, un referente continuo para muchos otros creadores plásticos británicos y desde el siglo XX un vanguardista pionero que se adelantó más de un siglo. Fue, además, polifacético, ya que fue tanto pintor como ilustrador de libros, grabador o poeta, con una producción literaria igual de encomiable que la plástica. Es más, figura en la mayor parte de las antologías de poesía inglesa. Fue considerado un personaje excéntrico, y no tuvo la oportunidad de disfrutar del éxito y el reconocimiento de su arte, lo que le llevó siempre a vivir en el umbral de la pobreza.

El anciano de los días 

Blake salió en parte de la oscuridad ante el público español el pasado mes de julio por la exposición selectiva que ha organizado CaixaForum Madrid y que cerrará sus puertas el 21 de octubre. Un centenar de obras dan cuenta en Madrid del carácter visionario de este británico que en su isla es poco menos que un pilar fundamental del arte. Muchos le han imitado, sus piezas son poco menos que inversiones seguras en una economía convulsa y ha sido mil y una veces citado. Un icono contracultural de su tiempo.

‘William Blake (1757-1827). Visiones en el arte británico’ propone un acercamiento inédito a la obra de este artista y a su influencia en generaciones posteriores del Reino Unido. Formada por más de 100 piezas, 74 de ellas del propio Blake y las 30 restantes de otros destacados artistas ingleses influenciados por su legado, es la primera muestra centrada en esta figura que se organiza en España desde 1996. Artista integral, ocupa un lugar incuestionable en la historia de la cultura occidental por su original y visionaria concepción del arte, enfrentada a los dogmatismos sociales, religiosos y académicos. Inconformismo y misticismo son los rasgos definitorios de su obra. Pero también una imaginación poderosa y libre, sin ataduras.

Nabuconodosor

Blake creía firmemente en que los dogmas eran cadenas que había que romper, y esto le llevó a crear un lenguaje visual único, propio y totalmente identificable, clave vital de todo artista con aspiración a ser inmortal. Blake interpretó los grandes acontecimientos políticos y sociales de su época cuestionando el statu quo (creía en la igualdad de razas, de sexos, en la libertad sexual y en muchos de sus grabados y dibujos de su época hay una fuerte crítica social incluso contra el esclavismo, todavía un negocio viable en su época), un inconformismo que derivó en la búsqueda de nuevas técnicas artísticas que le permitieran reflejar sus inquietudes y que le alejaron de las convenciones neoclásicas, asociadas a los valores de la Ilustración. Identificado con el romanticismo, su trazo se basa en personajes sacudidos por una gran fuerza interior, donde abundan expresiones de alegría, tristeza u horror, retorcidos y con un esteticismo en el trazo muy parecido al dibujo de Miguel Ángel. Es agonía y misticismo a partes iguales.

La exposición está dividida en once ámbitos que muestran desde sus primeros trabajos como grabador pasando por los Libros proféticos, los grandes grabados en color, las escenas de la Biblia y la pintura al temple, los famosos dibujos para el ‘Libro de Job’ y ‘La Divina Comedia’ (encargos del joven artista John Linnell) y los Libros iluminados hasta la influencia que ejerció en Los Antiguos (jóvenes pintores que le veían como un profeta y le llamaban “el intérprete”), en los prerrafaelitas, los simbolistas y los neorrománticos ingleses.

 

Canto XIII del ‘Infierno’ de Dante 

 

Blake el soñador

Blake fue un gran defensor de la imaginación frente a la Razón, un vehículo para la reacción visceral del arte europeo tras las revoluciones americana y francesa, o contemporáneas a ellas. El esoterismo que rodeó sus creencias de Fe y la influencia del cristianismo místico fueron cruciales en su particular estilo: es más, tuvo visiones desde pequeño, sacudidas donde veía árboles llenos de ángeles, por ejemplo. El romanticismo rompió el canon neoclásico y academicista de orgullo grecolatino para pasar al esplendor de lo irracional: emociones, mística, religión, ansiedades, anhelos humanos.

Blake cultivó el alma más que la mente. Para él la imaginación era la existencia humana en sí misma. Visionario nato, que trabajaba más a partir de imágenes mentales que por una labor previa y deliberada, creó un catálogo de imágenes de otros mundos o del más allá, siempre llenas de simbolismo y mística. Resumiendo: creó un universo propio, una cosmología muy personal, un mundo en el que el bien y el mal chocan continuamente. Podría decirse que transportó los temas literarios y poéticos a la pintura y le dio una nueva vida que los románticos, prerrafaelistas y muchos otros movimientos vanguardistas posteriores asumirían como propios.

Tres obras fundamentales

‘El Libro de Job’ (1818). Blake desarrolló lo mejor de su talento en el terreno de la ilustración y la grabación de libros. Cuando contaba con 61 años le encargaron que ilustrara ‘El libro de Job’. Fue otro artista, John Linnell, amigo desde entonces, quien le echó una mano con esta propuesta económica. Le compró sus poemas y le dio trabajo, además de asegurar la transmisión de sus valores a las siguientes generaciones. Blake se identificaba, personal y profesionalmente, con la historia de Job: el hombre bueno que sufre.

‘La Divina Comedia’ (1824 – inacabado). Fue el otro encargo de Linnell, hacer la ilustración a partir de una serie de acuarelas sobre el clásico de Dante. El trabajo comenzó en otoño de 1824 y debía publicarse como una serie de grabados. A la muerte de Blake, en 1827, solo habían sido impresas siete láminas y los diseños se encontraban en distintas fases de realización. Se desconocen las razones por las que la mayor parte de estas acuarelas corresponden al infierno. Tal vez porque Blake no pudo terminar la obra. En total fueron 102 acuarelas y bocetos. Es, además, su obra cumbre.

‘Libros iluminados’ (1788-1806). Los libros iluminados impresos entre esas fechas son su mejor periodo creativo, el tiempo en el que se desarrollan sus conceptos temáticos y de estilo. No son simples imágenes que ilustran y decoran, sino que forman un todo con el texto: es el pionero de esta concepción que hoy es habitual. Imágenes y palabras se entroncan y aparecen en relieve en estas obras, que nunca se parecen entre sí: no hay dos iguales, de ahí que cada libro sea una maravilla única.