Marzo de 2014: dos películas de gran producción recuperarán un género que resucitó ‘Gladiator’ y que ahora se refina.
Por un lado tenemos la continuación, o mejor dicho, precuela, de ‘300’: el 7 de marzo de 2014 se estrenará ‘300: el origen de un imperio’; y el 14 de marzo, a la semana siguiente, verá la luz la enésima adaptación al cine de los últimos días de Pompeya antes de ser engullida por la lava y ceniza del Vesubio. A un lado del ring la promesa de que el Mar Egeo se llenará de sangre y tornará rojo, y por el otro tenemos a Kit Harington, más conocido por ser Jon Nieve en ‘Juego de Tronos’, esculpido en el gimnasio para interpretar a un gladiador en esas horas agónicas antes de la erupción del Vesubio.
El peplum toma sus dos temas preferidos: los griegos por un lado y los romanos por otro, una película visual llena de acción y violencia en la nueva entrega de ‘300’ y un drama violento al estilo de la serie ‘Roma’ pero con el mismo trasfondo cinematográfico que todas las adaptaciones al cine del primer gran desastre natural del que tenemos documentación histórica, la erupción del Vesubio que se llevó por delante toda la bahía de la actual Nápoles y que sepultó Pompeya y Herculano, por entonces florecientes urbes del imperio romano.
El peplum, originario de los 50, entró en decadencia a finales de los 60 y quedó para la televisión en series como ‘Hércules’ (una vez más) o ‘Xena’. Pura serie B adaptada a la pequeña pantalla. Entonces llegó ‘Gladiator’ y sus Oscars y resucitó el género, que tuvo en ‘300’, adapación del célebre cómic, otro pelotazo en taquilla. De aquellas historias surge ahora ‘300: El origen de un imperio’ (Noam Munro), otro pulso entre la pérfida y despótica Persia contra los valerosos e hipermusculados griegos. Y si en la primera película el gobierno de Irán, la nueva Persia, acabó pataleando y tildando de mentirosos a los occidentales, aquí no va a ser menos.
La continuación, basada en el cómic ‘Xerxes’ de Frank Miller, deja la historia poco después de la batalla de las Termópilas y representa la verdadera ofensiva final de Jerjes sobre Grecia por tierra y mar, con Eva Green en versión mercantil interpretando a Artemisa, la extemporánea jefa de flota persa. Todos contra el greigo Temístocles, interpretado por Sullivan Stapleton, el general que hará de Leónicas de Esparta para unificar a los griegos una vez más. Junto a ella la viuda del mismo rey, Gorgo, que comandará a las tropas espartanas.
Más tarde, también en marzo, llegará ‘Pompeya’ (Paul W.S. Anderson), épica superproducción que mezcla, como todas sus predecesoras, el aspecto apocalíptico con el humano y realista de historias mundanas dramática entremezcladas. Kit Harington deja la nieve de Poniente para dar vida a Milo, un gladiador que lucha contrarreloj para salvar a su verdadero amor de una muerte segura. La misma que tendría cualquier ser vivo que no supiera volar bien lejos de varios kilómetros a la redonda del Vesubio. Ese amor es Emily Browning (la turgente Sleeping Beauty de ‘Sucker Punch’, que la arrinconó de papeles más suculentos), que interpreta a la hija de Lucrecius, rico comerciante de Pompeya que es además su dueño.
Y como no hay problemas suficientes, Milo intentará salvarle el pellejo también a otro gladiador amigo atrapado en el coliseo cuando comienza el desastre. Por su parte, Kiefer Sutherland dará vida al senador romano que esclavizó a Milo y que obligará al comerciante a concederle la mano de su hija en matrimonio. También veremos a la española Paz Vega, que dará vida a la sacerdotisa Strigana. Es decir, que Anderson, padre de la saga ‘Resident Evil’, rueda en estos momentos esta película que repite el mismo esquema del cine apocalíptico (desastre de fondo, historias de siempre en primer plano) mezclado con drama que ha sido parte del éxito del género.
Imagen de ‘Pompeya’
El inmenso éxito del peplum
El peplum es un género peculiar: nacido en los años 50 al calor de películas que normalmente eran de presupuesto modesto salvo las que hacía Cecil B. De Mille, que adaptó media Biblia al cine para reventar la taquilla. El término nació de la mente de Jacques Siclier, un crítico de cine francés que en 1962 fusionó la idea del atuendo grecorromano llamado péplum con la versión latinizada. Bautizó así su tiempo como “la era del peplum” por la cantidad de películas que se hacían con esta temática tanto en Europa (principalmente Italia) como en EEUU. El orígen está en ‘Hercules’ (1958), cuando Steve Reeves hizo carne y músculo al legendario héroe griego. El gusto por el cine épico de la época en Hollywood hizo el resto. En España, más castiza y común ella, se rebautizó como “una de romanos” que llegó incluso a las canciones de Sabina.
El verdadero peplum tenía, más allá de la época histórica en la Antigüedad (Grecia, Roma, quizás la Biblia), tenía sus propias características de género: un déspota criminal tiraniza un territorio y es desafiado por un héroe hipermusculado solitario. Muchas veces se trata de un forastero que, de forma errática, llega al reino, ciudad-estado o pueblo y decide luchar contra el sátrapa en cuestión. Es decir, el péplum es una versión disfrazada del western de toda la vida. Casi siempre había un desenlace en forma de batalla final donde el tirano, muy al estilo Ricardo III, termina muerto a manos del héroe. Otra característica añadida era que los héroes siempre eran culturistas muy limitados en su capacidad para actuar. No se necesitaba grandes dotes, sólo ser un Hércules de bolsillo que pudiera dar la medida visual de fuerza y nobleza. Este aspecto, curiosamente, se ha repetido en los péplum posmodernos como ‘Troya’ o ‘300’, algo menos en ‘Gladiator’ y ‘Alejandro Magno’. En la Antigüedad hacía calor y había que ir con poca ropa.
‘Ben-Hur’
El hilo argumental se limita a ser el de un gobernante sin moral ni escrúpulos que tiene subyugada a la población y al que el héroe se ha de enfrentar. Generalmente, el héroe solitario llega a la población que está siendo sometida y tras comprobar las penurias de sus pobladores, se compromete a liberarles. El pérfido gobernante trata de acabar con él durante todo el desarrollo del film, pero termina siendo asesinado por el protagonista, generalmente en la batalla culmen. En esta entienda final, el pueblo se ha rebelado contra su dictador y ayuda al héroe en su cometido. Y por supuesto la exactitud histórica es despreciada por completo, con ridículos abundantes como usar decoración romana en plena época arcaica griega o viceversa.
Los estudios de Cinecittá fueron el hogar natural de este género, que en Italia tuvo gran éxito; se hacían de seguido varias películas, incluso con el mismo actor, y eran facturadas mes a mes. Más calidad tuvo el género cuando llegó a Hollywood, donde podríamos encuadrar clásicos como ‘Ben-Hur’, ‘La túnica sagrada’, ‘Quo vadis?’, ‘Espartaco’, la excesiva ‘Cleopatra’ y la menos ambiciosa ‘La caída del Imperio Romano’. Y por supuesto la moralizante ‘Los diez mandamientos’ con Charlton Heston omnipresente. Curiosamente el género que relevó en el entretenimiento barato al péplum fue el spaguetti western, también italiano y exportado a EEUU con éxito.
‘Gladiator’