Fallece B. B. King, una de las columnas de la música afroamericana, uno de los mejores guitarristas de la Historia y de los últimos testigos que quedan entre aquel siglo XX de música y la actualidad. América, y todos, perdemos a uno de los grandes. 

A lo largo del día escucharán a mucha gente decir frases manidas sobre B. B. King del estilo “la leyenda del blues”, “el guitarrista del blues”, “la voz del Sur” o “él y su amor por sus guitarras”. Les ponía nombre y las mimaba como si fueran hijas suyas. También traerán a colación aquella asociación que tuvo con Raimundo Amador. Son todo lugares comunes de la vida artística de un músico como no ha habido más. Fue de los últimos que vivió de cerca aquella otra América pobre y demencialmente racista que él, como afroamericano de Mississippi, tuvo que vivir y sufrir. Ser negro en el peor sitio para un negro debió ser algo que marcó su alma. Quizás por eso abrazó la música y en especial el blues, la música de aquella gente sufrida como ha habido pocas. Ningún género aúna tan bien el lamento de la desgracia con el talento artístico.

King ha muerto con 89 años en Las Vegas, casi aislado del resto del mundo por su representante en una historia oscura en la que no se sabe bien si pretendía salvarle de las zarpas de su familia o bien aprovecharse de él. Había sido ingresado varias veces por complicaciones derivadas de la diabetes. En octubre de 2014 canceló los últimos conciertos de su gira después de interrumpir el recital que estaba llevando a cabo en Chicago por deshidratación y cansancio. Ya llevaba muchos años sin poder moverse de una silla. De hecho desde hace más tiempo del que es fácil recordar nadie le había visto tocando si no era sentado en un sillón. Fue en esta última etapa cuando se le hicieron todo tipo de homenajes y aniversarios, un tributo merecido para alguien con mas de 50 discos a sus espaldas.

Alguien como King es sobre todo una moneda de dos caras: una, la del éxito, en la que vende millones de discos, en la que se patea todos los escenarios del mundo entre aplausos después de haber comido carretera y palos por todos los Estados Unidos durante mucho tiempo. Primero la hiel, luego la miel. La otra cara es mucho mas húmeda, se baña en las lágrimas de años de sacrificios y de ser una de las voces de la segunda fase de esclavitud de los afroamericanos, el de la segregación. Su voz humana y la que salía de la guitarra eran los testigos de un siglo extraño que casi se lo lleva por delante, y que por culpa de malas dietas y hábitos terminó por degenerar en una diabetes que le postró. La guitarra eléctrica era su forma de expresión, y al morir él no sólo cae una pieza más, también se pierde esa voz acústica para siempre.

B. B. King en la época del apogeo, convertido en referente, siempre con su Gibson en las manos

Toda biografía que se haga de él tendrá que contar con esa doble vertiente: la personal y la música, intrínsecamente ligadas a la propia Historia de EEUU. Nació como lo hicieron muchos esclavos: a fin de cuentas, por su edad, 89 años, debió conocer incluso a algunos que lo habían sido antes de que en 1865 se terminara la esclavitud. Esos testimonios de dolor supremo pasaron a las canciones de coro, y luego al blues, que él mismo interpretó. King era la correa de transmisión entre aquel mundo primigenio de esclavos y el actual de votantes de Obama. Sus primeros pasos con la música fueron semejantes a los de muchos otro: el coro de la iglesia. El gospel, la cuna donde se han agitado todos alguna vez. De ser un niño pobre que recogía algodón a vivir en los guetos de los negros en ciudades más grandes hubo un paso.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, se mudó a Memphis, donde B. B. King empezó a ser realmente B. B. King. Tocaba en los clubes de la famosa calle Beale y vivió la efervescencia de aquella ciudad, tan ligada a la música como lo pueda estar Nashville, Nueva York o Seattle. Empezó a hacer lo que mejor sabía: tocar la guitarra. Y a mezclar, que es a fin de cuentas la base de todo. Por un lado seguía vivo aquel chico de coro de iglesia y campo de algodón, y ese sonido lo unió a lo que había aprendido junto a la guitarra eléctrica. Resultado: un filón. Acababa de nacer el blues moderno. Y bien podía decir él que era hijo suyo. De las olas expansivas de ese nuevo sonido nacerían muchas cosas, como el rock, por ejemplo, pero eso ya sería asunto de otros.

Él siguió haciendo siempre lo que mejor sabía hacer: blues. De ahí no se movió. Ni falta que hacía. De tan clásico que era terminó por ser más fresco que todo lo que vino después. Pasó por esa fase: primero arriba del todo, luego, paulatinamente abandonado por los nuevos sonidos de los 60 y 70, y finalmente, otra vez, como en los eternos ciclos de retorno, volvió a ser King, pero como un clásico. Incluso aprendieron a pasearlo como si fuera una talla de un santo. Lo hicieron desde Eric Clapton a los Rolling Stones, que ya por aquel entonces habían dado carpetazo a Gran Bretaña y su sonido para ser más americanos que nunca. De aquel éxito sin fin nacerían amistades peculiares, como con el mencionado Raimundo Amador, y sus giras largas como días sin pan que le llevaron sólo en España a San Sebastián, Madrid y Barcelona muchas veces.

Al final de su vida ya era un tótem primigenio al que todos adoraban para recordar lo que en el fondo debían ser. Los demás habían muerto. John Lee Hooker ya no estaba, quizás el otro gran bluesman conocido, más arrastrado todavía, con aquella voz que sonaba a lija de calidad. Pero King era incombustible, hasta que su cuerpo dijo basta. Medio ciego, con la diabetes arreando como una legión romana y rozando las nueve décadas, decidió dejar a un lado a Lucille, su amada guitarra, y subir a tocar a una nube. Porque es donde debería estar. Atrás queda casi un siglo de vida y de testimonio de aquella pobre gente azotada doblemente, por su condición racial y la pobreza, y al que él rindió tributo y cuentas con su guitarra. Una pena. Queda su música.

BB King pequeña