Si hay una mujer doliente en la música sin duda alguna es Billie Holiday; de haber nacido 40 años más tarde le habría hecho sombra a todas las divas posibles, pero le tocó una era dura donde las mujeres (negras) eran una diana andante. Se cumplen 100 años de su nacimiento y bien merece un respeto y un aplauso general.
Fue un icono del siglo XX, sus fotos cantando enfundada en trajes blancos definió toda la cultura de un país inmenso, pero también la existencia de las mujeres negras en EEUU, donde hoy también hacen fiesta por todo la alto, muchos años después de que aquella diva viera la luz en Filadelfia un 7 de abril de 1915. Mientras Europa se desangraba y América se debatía entre los primeros grandes movimientos obreros y el feliz aislacionismo, antes de la revolución rusa, antes de todo eso lloraba a pleno pulmón Billie por primera vez.
Nació como Eleanora Fagan Gough producto del amor de dos adolescentes que fracasaron en la crianza de aquella niña. El padre se largó y la madre se desembarazó de ella a los diez años metiéndola interna en un colegio. Antes habían dado tumbos desde la ciudad fraterna hasta una mala calle de Brooklyn. Allí, en el corazón obrero y emigrante de la gran ciudad descubrió su amor eterno que jamás la abandonaría, la música. Todos le fallaron, pero ella no. La música tuvo una cara humana que le dio una oportunidad: Benny Goodman, que la fichó siendo muy joven para su tour.
Curiosamente su primer disco llegaría meses después de que Europa aupara al poder a Hitler. Era una contraposición: Columbia publicó una obra de jazz clásico donde Goodman terminaba de empujar a aquella chica que había fichado a principios de los años 30. Fue en 1933 cuando el mundo la escuchó grabada por primera vez en ‘Your mother’s son-in-law’. Y ya entonces estaba el sello de Billie: una voz que se adaptaba a las orquestas, los pianos y los acompañamientos que hicieran falta, potente, poderosa y fuerte, que se elevaba por encima de todo. Muy diferente de su vida de idas y venidas. Luego llegaría la popularidad a la sombra de Goodman, Coleman Hawkins, Roy Eldridge, Lester Young (su gran aliado sobre el escenario) y muchos otros grandes del jazz.
Pero Billie era mucho más que todo eso. Era también una revoltosa que luchaba. En 1939, cuando linchar negros era todavía habitual en muchos lugares perdidos de EEUU, se atrevió a cantar su aportación a la causa de los negros mucho antes de Martin Luther King o Malcom X, fue ‘Strange fruit’, lo que le valió la atención de la sociedad, y del Poder, que ya la marcaría de por vida. La canción creció como un tsunami y hoy en día está considerada una de las más importantes del pasado siglo, no sólo por la calidad interpretativa de Holiday, sino por su mensaje. Billie deambuló entre esta reivindicación, los momentos de felicidad con la música y una vida sentimental que más parecía el frente ruso que la búsqueda de la alegría. Era la premonición de que no iba a salir bien nada salvo su talento para la música.
Su cadena de hombres y de situaciones era para hacer telefilmes de media tarde: Jimmy Monroe, Joe Guy, Louis Mckay… éste último, vinculado con la Mafia, violento y matón, fue de los pocos que intentó sacar a Billie del gran enemigo de las drogas y el alcohol. Fueron muchos los que se acercaron a ella y pocos los que la apoyaron más allá de la música, donde era la reina. Se sabe que fumaba marihuana desde los 13 años. En eso también fue pionera: parecía una estrella de rock de los 60 y 70 en busca de la autodestrucción, y eso que su gran época fueron los 30 y 40, un tiempo en el que incluso beber en público era poco menos que mérito carcelario.
Pasó por la cárcel y la policía bien sabía que la misma mujer que había cantado contra los linchamientos de negros en el profundo Sur era amiga de la heroína. Después de aquella caída libre en los rincones oscuros terminó por ser vetada en muchos clubes de Nueva York, la ciudad que la había parido artísticamente. Su vida aceleraba hasta que en 1959 terminó en el hospital: el hígado fallaba, el corazón también. La cirrosis hepática provocada por el alcohol y las drogas la iban a meter en el ataúd con apenas 44 años. Y lo que es peor, fue la policía la que la tuvo metida el hospital ante su incapacidad para valerse por sí misma.
Lo que quedó detrás fue su arte, su capacidad para cambiar registros y adaptarse tanto al swing de Goodman como al más puro jazz de otros compositores y bandas. Y ella no sólo cantaba: interpretaba, hacía suyas las emociones de la canción o le añadía otras. Sin duda alguna nadie mejor que ella para hablar de abusos a mujeres, y de adicciones, o de ese abismo que se abre bajo los pies. Fue, por decirlo así, blues metido en jazz. Y con ella se revolucionó la música. Ella fue de las responsables de que la música de EEUU mutara en lo que hoy es, y sobre todo quedó como referente para cualquier cantante en adelante, ya fueran mujeres u hombre. Frank Sinatra, en su día, dejó claro que ella había sido su gran motivación, la voz que le convenció de ser él también distinto. Pero ésa ya es otra historia.