Entre las vanguardias del siglo XIX y XX siempre hay grandes movimientos desconocidos para el gran público. Una forma de entender el arte que se escapa. Por ejemplo, el expresionismo de Kirchner, la orgía de color que cambió el arte por completo.
El alemán Ernst Ludwig Kirchner fue uno de los grandes gurús del expresionismo, movimiento artístico elevado casi a la categoría de cliché cultural de Alemania hasta que los nazis quemaron y destruyeron todo el arte y la inteligencia alemana. Desde el pasado 26 de mayo la Fundación Mapfre de Madrid exhibe una gran retrospectiva del artista, la más grande realizada en España, gracias a la colaboración del Kirchner Museum de Davos (Suiza). Las obras muestran el absoluto dominio del color del artista alemán y su continua búsqueda de técnicas, estilos y formas de innovar a través del arte.
Kirchner fue pintor, escultor, autor de obra gráfica, dibujante, arquitecto, fotógrafo, editor e historicista del arte. Todas esas facetas cultivó Kirchner a lo largo de su prolífica y atormentada vida (1880-1938), representadas ahora en esta antológica de Madrid a través de 153 óleos, obras sobre papel y esculturas. Apenas viajó y se formó de manera casi autodidacta en muchos aspectos.


La exposición permite explorar en profundidad todas las etapas y medios del artista, uno de los máximos representantes del expresionismo alemán, desde sus inicios en Dresde (Alemania) en 1905, año en el que funda el grupo “Brücke”, hasta su retiro en los Alpes suizos (1925-1938), en una época en la que adopta un lenguaje abstracto siempre dominado por la fuerza del color. De la primera época (1905-1911) quedan sus retratos y figuras, siempre inspirados en el primitivismo y el sentimiento interior, con influencias de grandes maestros como Vag Gogh y Matisse, aunque siempre, según Karin Schrick, con un estilo propio, basado en largas y fluidas pinceladas de colores vibrantes.
Durante su estancia en Berlín (1911-1915) cultiva un lenguaje rotundamente expresionista de formas angulosas, colores estridentes y radicales contrapicados de figuras, cuya fuente de inspiración encuentra en las calles de la gran ciudad. Más tarde, ya en el Báltico, se dedica a pintar desnudos al aire libre, un tema fijo y recurrente en toda su producción, al mismo tiempo que frecuenta la escultura como otra vía de trabajo. Sin embargo, estas obras se llenan de deformación y ansiedad por el terrible caos psíquico que espolea al artista.

El exceso de trabajo, su vida desorganizada y el excesivo consumo de drogas minaron la salud del artista, a pesar de su éxito social y artístico, que permaneció ingresado largos periodos en distintos sanatorios de Alemania y Suiza. Transformó su enfermedad en creatividad, por eso en estos años es cuando más y mejores obras produce. En 1917 llega por primera vez a Davos (Suiza), dónde se establece definitivamente y comienza a retratar la vida campesina de los paisajes alpinos, con sus montañas azules y verdes, sus típicas casas y coloridos campos llenos de flores plasmadas en composiciones más sosegadas y de colores más tamizados.
La última sección de la exposición abarca el periodo que va desde 1925 a 1938, en el que el alemán adopta un lenguaje abstracto y ornamental que entrelaza la imaginación con la observación de la naturaleza y en el que se aprecia su cercanía estética con Picasso, Léger o Le Corbusier.
Su final es trágico: en Davos ve cómo los nazis destruyen parte de sus obras y le incluyen en la lista negra del “arte degenerado”. Le entra el pánico pensando que el Tercer Reich podría invadir Suiza y decide destruir parte de su obra personal, atesora otra y finalmente se suicida en 1938.

