La inminente salida a la venta de las gafas de realidad aumentada de Google supone un salto adelante en la comunicación, la fusión de internet con la realidad física, pero también un grave problema de privacidad para todos los demás.
FOTOS: Google
El futuro ya está aquí. Los viejos gadgets futuristas de las películas de ciencia-ficción de los 80 y 90 empiezan a hacerse realidad, o así sueña Sergey Brin, flamante cofundador de Google, multibillonario y filántropo, al que se le metió entre ceja y ceja sacar adelante unas gafas que interactuaran con el mundo, conectadas y desde la que poder hacer videollamadas y usarlas para, literalmente, fundir la realidad física con la realidad virtual de internet. Se ha convertido en una sensación, se están recogiendo encargos de venta y preparan el terreno para su puesta a la venta real.
La historia de Google Glass tiene sus contrapartidas: es un capital riesgo, un aparato muy arriesgado y revolucionario, pero Silicon Valley es especialista en financiar saltos mortales, por eso Google ha contado con el apoyo del fondo de capital riesgo Andreessen Horowitz y Kleiner Perkins Caufield & Byers. Pero la clave son los precios: los desarrolladores la tendrán este mismo año por 1.500 dólares, y el resto tendrá que esperar para 2014. Lo que sí se sabe es que funcionará con sistema Android 4.0.3, que la cámara tendrá 5 megapíxeles, con calidad de vídeo de 720p, memoria flash de 16 GB y conexión por Wifi y Bluetooth. Todo preparado para que el salto entre el smartphone y la realidad individual sea lo más lógico, sencillo y eficiente posible.
Literalmente el usuario verá información superpuesta a la realidad física, proyectada en los cristales, de tal manera que si elige una carretera por la que caminar o conducir verá también el mapa y la ruta a seguir sin necesidad de activar el GPS. La patilla derecha tiene adosada una lente incorporada que en realidad es un prisma. Este cristal envía la imagen directamente a la retina aprovechando la luz del entorno. También en esa patilla derecha, más gruesa, está la CPU independiente y las baterías, además de, al principio, al mismo nivel que el ojo, una pequeña cámara frontal para realizar fotografías y vídeos (o detectar objetos con los que interactuar). Igualmente dispone de su propio micrófono para poder hacer llamadas por VoIP. Para evitar problemas, la posición de proyección que ha elegido Google es a un lado, fuera del campo central, en la periferia de visión del usuario.
Sin embargo no todo son ilusiones futuristas, sino detalles y problemas sin resolver. Por ejemplo, mucho antes de que empiecen a venderse, un bar de Seattle (The 5 Point) ha prohibido la utilización de las gafas Google Glass en su interior. Los gerentes del bar temen por una posible violación del derecho a la intimidad de sus clientes, sometidos a la visión aumentada del usuario de las gafas, que podrían grabar vídeos, hacer fotos y recabar información de todos los clientes del interior.
Esto es sólo la punta del iceberg, porque son muchos otros establecimientos públicos los que se plantean lo mismo en EEUU. Sus múltiples aplicaciones despiertan recelo entre la gente, que al saber cómo funcionan temen que cualquier extraño pudiera almacenar datos privados y su actividad, pero sobre todo, crear archivos audiovisuales que podrían quedar a merced de todo el mundo en la red. Y peor, serían datos que quedarían al servicio de Google, lo que todavía crea más temor, quedar radiografiado de cara a una multinacional que gestiona ya tantos datos e información. Ese problema se mantiene incluso en otros apartados: ¿qué ocurriría si alguien usara las Google Glass en un banco, o en un edificio público y consiguiera así datos de todo tipo sobre lo que se hace allí? Algunos ya lo califican de espionaje. Se podría mirar por encima del hombro y copiar las claves de una tarjeta de crédito, firmas, información potencialmente peligrosa en malas manos.
¿Cómo nació Google Glass?
Fue, sobre todo, una idea de Sergey Brin (en la foto superior), cofundador de Google y responsable de la parte de investigación de la compañía, Google X Lab, departamento famoso por ser un gran cobertizo virtual donde se desarrollan cosas como el coche autónomo y todo tipo de gadgets tecnológicos, algunos de los cuales han visto la luz. En él han participado, además de Brin, Babak Parviz (ingeniero que desarrolló las lentes), Steve Lee (manager), Sebastián Thrun. No era una idea nueva, porque ya existe desde hace muchos años, incluso se remonta a los años 60 para tareas de espionaje. Pero es ahora, con el apoyo de Google, cuando ha tomado cuerpo y fuerza el proyecto. El padre espiritual y probador oficial, usándolas a todas horas en su vida diaria, fue Sergey Brin, que se deja ver en público con ellas y hace correcciones sobre la marcha en el diseño. Las empezó a probar en abril de 2012 en un evento en San Francisco, y el 23 de mayo de 2012, Sergey Brin hizo una demostración de las gafas en The Gavin Newsom Show. Volvió a usarlas en junio en otra demostración, y desde entonces no ha parado de trabajar con ellas.
¿Y si el usuario es miope?
De momento el artefacto va sobre ruedas. Pero hay un problema: la gente miope que usa gafas, y que en Occidente es casi el 50% de la población, con muchos grados, desde los que no pueden ver sin ellas a los que las usan para leer, trabajar o conducir. Aunque Brin y compañía ya han dicho que se podrían superponer, depende mucho del tipo de modelo de gafas. Pensemos por ejemplo en las gruesas gafas de pasta tan de moda hoy en día, o en las personas que tengan gafas dobles de visión normal y vista cansada en la parte inferior del cristal… además, Google ha dicho que, evidentemente, las prestaciones se verían reducidas porque la imagen se situaría más lejos y se perdería efectividad. Como esto sí es un problema Google ha avisado, antes incluso de su puesta real a la venta, de que está diseñando un soporte especial para montar sobre las gafas tradicionales.