Arte rupestre y ciencia se dan la mano en Altamira, que durante años fue campo abierto para el público hasta su cierre preventivo que ahora podría acabar. 

Incrustada en Cantabria, Altamira fue una visita casi obligada para cualquiera cuyos pasos le llevaran por el norte. Pero los paleontólogos dieron la voz de alarma porque la presencia humana podía destruir las pinturas y la propia cueva. El problema estaba en el CO2 que generaba la continua respiración humana y que se acumulaba en la cueva; degradaban los colores y contornos, así que en 1977 se cerró por primera vez desde que abrieran en 1917. En 1982 se reabrieron de forma limitada para volver a cerrarse en 2001. No sería hasta 2002 cuando se decidió cerrarla definitivamente y hacer estudios en profundidad.

Para paliarla la clausura se hicieron dos réplicas perfectas en España, una junto a la misma cueva cántabra en un museo ad hoc y otra en el Museo Nacional de Arqueología de Madrid. La primera, también llamada neocueva, es una traslación exacta del ambiente y la disposición de las pinturas y recibió en un año 260.000 visitas, cifra que podría aumentar si el efecto llamada de una potencial reapertura de la original se confirmase.

Las visitas experimentales (donde esas cinco personas y el guía deben llevar calzado y vestimenta especial para no dejar rastros, incluyendo una mascarilla) se harán hasta agosto, cuando los estudios determinen si puede visitarse o no de nuevo Altamira, que además de su importancia científica y artística es también Monumento Nacional, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y una de las mayores atracciones culturales del país. Los equipos de investigadores aprovecharán para testar el impacto limitado de los visitantes durante esos minutos, controlando la temperatura del aire, de las rocas, el nivel de humedad, si hay contaminación biológica y el CO2.

Según los miembros del patronato oficial que gestiona la cueva y el museo adyacente, el fin prioritario es la conservación y conocer si la presencia humana altera o no el interior de la cavidad y, en función de los resultados, determinar posibles futuras visitas y la reapertura. Las visitas formarían parte del propio experimento. De no poderse abrir la cueva, aunque fuera de forma limitada, sería un mazazo para muchos turistas y amantes del arte rupestre que siguen las rutas de cuevas que hay entre el norte de España y el sur de Francia.

La Capilla Sixtina rupestre

Con ese apelativo se refieren muchos a esta cueva antigua que ya se conocía pero sólo levemente. Fue un cazador quien en 1868 descubrió las pinturas, lo que llevó a una posterior excavación, estudio y trabajo de catálogo de los restos. Cada generación de paleontólogos, arqueólogos e historiadores de la prehistoria que ha tenido España ha pasado alguna vez para estudiarlas, más desde que su éxito popular fuera máximo en los años 50 y 60.

Las pinturas y grabados pertenecen a los periodos Magdaleniense, Solutrense y Gravetiense, además de al principio del periodo Auriñaciense, lo que indica que la cueva fue usada por humanos por una horquilla temporal de unos 22.000 años, hasta que hace unos 13.000 años la entrada fue sellada por un derrumbe. Así pues forman parte del legado paleolítico, con un estilo que entronca directamente con el que hay en el sur y oeste de Francia y que evidencia una continuidad cultural primitiva entre esas dos regiones.

Todas se caracterizan por unas dosis de realismo muy complejas, con uso del color (lo que evidencia que podían procesar tintes desde muy temprano), además de las ya clásicas pinturas negras, grabados y figuras antropomorfas un poco más evolucionamos. Tiene, además, algunos de los primeros dibujos abstractos y no figurativo, un salto hacia delante fundamental para la imaginación artística y urbana de las primeras civilizaciones.