El Corso, autor en El Corso | Revista Cultural Online - Página 114 de 115

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Aniversario de Seguridad Social

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La banda Seguridad Social ofrecerá un concierto especial del que sólo se pondrán a la venta 50 entradas exclusivas y que servirá para presentar su gira nacional e internacional conmemorativa de sus 30 años de carrera musical, según informa su promotora. 

Art Madrid 2012

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En la que será su séptima cita y como apuesta consolidada dentro del panorama del arte contemporáneo, Art Madrid 2012 abrirá sus puertas el próximo 16 de febrero hasta el domingo 19.

Globos de Oro 2012: todas las nominaciones

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A continuación os facilitamos todas las nominaciones para que hagáis las quinielas de aquí al 26 de febrero.

‘RIP’ de Almendros

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Felipe Almendros ha recreado la muerte a través del tránsito de su propio padre, Alfonso. Aquella piedra de toque trágica le llevó a un tiempo de  tristeza que empezaría a salir en forma de cómic. ‘RIP’ es, por así decirlo, su exorcismo personal con su sello estilístico.

Visionados de PHotoEspaña

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PHotoEspaña sigue adelante y abre, a través de webs como notodo.com, una oportunidad para los profesionales de la fotografía como Descubrimientos PHE. Se trata del visionado de porfolios de PHotoEspaña que tendrá lugar los días 5, 6 y 7 de junio de 2012 en Madrid.

Nueva temporada en el Musac

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Empieza a finales de enero otra temporada expositiva en el Musac, que resiste todavía con cierta programación de fondo al actual estado de crisis casi total del circuito público español. Recogemos los resúmenes de las exposiciones a través de uno de los medios de referencia en España, ‘Exit’.

Estreno de ‘Los descendientes’

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George Clooney se perfecciona lentamente. Caen los años en sus espaldas y busca cada vez más la dignidad de su oficio. Además, tiene la capacidad de hipnotizar como nadie a Hollywood. Si se junta con el director Alexander Payne, que ya dio en la diana con ‘Entre copas’, debería salir algo bueno.

Y Mario dijo no

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Pues va a ser que no. Era una buena idea, pero Mario Vargas Llosa ya no está para responsabilidades políticas. El Premio Nobel es prudente y sus excesos políticos e ideológicos del pasado se han convertido en eso, pasado.

Reportaje – Viaje a Indochina

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Un gran viaje: Indochina. Un destino que crece por momentos en las agendas de cada turista con dinero suficiente para pagar el plan, o para dejarse llevar mochila al hombro y con un puñado de euros.

Por Santiago Criado

Como todos los viajes, este no iba a ser menos. Todo empezaba en el concurrido Aeropuerto de Barajas. En esta ocasión, me dirigiría a una porción de lo que en un momento de la historia se llamaría la Indo­china francesa. Sí amigos, sí. Ese sitio existió y sí, se hizo una película sobre ello. De momento, solo gastaría algo de tiempo en Laos y parte de Vietnam.

Los viajes en avión nunca han sido mi fuerte. Sobre todo, los que duran un total de 24 horas. Si alguien quiere saber lo que se siente cuando un elefante te pone la pata encima, únicamente ha de viajar lejos, muy lejos. Con eso basta. Por eso, no es de extrañar que sea un auténtico apasionado de los masajes que las bellas señori­tas ofrecen por todas partes. Y no me vayan a malinterpretar, la función de esos masajes no tienen otra meta que la de aliviar al agotado y entumeci­do viajero. Pero, por 5 euros la hora, ¿ustedes que harían?

Cuando parecía impo­sible llegar, de repente, diviso lo que podríamos llamar la capital: Vientián. Si hay una cosa que tengo aprendida es que un país se puede adivinar por su aeropuerto. Este iba a ser un viaje en el que nos meteríamos de lleno en el Medievo. Pueblos sin agua corriente, selva, el río Mekong, la malaria… No os contaré mucho de su capital. Tan sólo decir que jamás en mi vida he visto una capital asiática sin caos en su tráfico. Esta es la excepción. Con esto, se pueden hacer una idea de la tranquilidad con la que viven sus habitantes y el grado de desarrollo que se espera del país en sí. Después de unos días, nos sumergiríamos en pleno río Mekong. Seguramente os suena su nombre. Quizás de películas o de la historia en sí, porque este río atraviesa Tailandia, Birmania, Vietnam, Camboya, Laos… Vamos, que es un pedazo de río. Además, es navegable en su mayoría. Y eso es precisamente lo que haríamos para adentrarnos en la selva. Tengo que decirles que no hay muchas formas de acceder a donde nosotros íbamos.

Todo parecía un viaje feliz; el típico viaje del Im­serso. Las cámaras, la loción antimosquitos apestaba allá donde fueres, las viseras, los flashes. De repente, se empe­zó a levantar un viento de la leche. Parecía que estuviéra­mos en pleno monzón. Hasta ahí, bien. Pero amigos, cuando el techo sale literalmente volando del barco, estando en medio de la nada y con lluvias torrenciales, tiendes a acojo­narte un poco.

El barco, quedó encallado en una de las orillas para poder recoger el techo. ¿A quien co­ños se le ocurriría esta idea? Al final se quedó allí. Lógico. La pega, es que se había he­cho de noche. Y no, no había farolas a los lados como en la M40. Aún recuerdo al capi­tán del barco enchufar unas linternas al motor y con ellas ayudarse para no chocar con­tra las orillas. No se por qué, pero me vino un flashazo de la segunda película de Rambo. Lo que iba a ser un trayecto de 3 horas, duró más de 7.

La siguiente parte del viaje ocurría en Luang Prabang. Es el principal foco turístico del país y una de las ciudades con más encanto de las que he estado. Al haber pertenecido a la Indochina Francesa, se puede respirar esa influencia europea por to­das sus calles y sus bellísimas construcciones. En el 95 es declarada, y con razón, patri­monio de la Humanidad por la UNESCO. Este es, sin duda, “el lugar” del viaje. Gente bohemia por todas sus calles, artesanos, templos budistas mezclados con casas colonia­les, naturaleza soberbia…

Después de esto, volaríamos hasta Hanoi, capital de Vietnam. Aquí si que encontraríamos un caos absoluto en su tráfico. Había­mos vuelto sin lugar a dudas al bullicio de Asia. Si me pidie­ran una imagen de Hanoi, les daría la de una moto. ¿Qué por qué? Podría afirmar, sin ser presuntuoso, lo obvio: hay más motos que personas. Lo que más impre­siona de esta capital es su tráfico. Ellos lo llaman “caos organizado”. ¿Cómo puede ser esto? Curiosamente, al final de mi estancia allí, les daría la razón. A pesar de que parece imposible atravesar sus calles, con un poco de prác­tica, superaremos con éxito esta cuestión. Aquí explicare­mos cómo: si eres religioso, te será más fácil. Cruzar aquí se volverá un acto de fe. Aunque parezca que te van a atrope­llar, no puedes dudar. Has de lanzarte al asfalto con abso­luta firmeza y convicción. No parar es la clave para poder llegar al otro lado. Y un ritmo constante en tu caminar, la llave. Milagrosamente, todo el mundo te irá esquivando y llegarás sano y salvo a tu ob­jetivo. Como último detalle, añadiré una foto de postal: la bahía de Hanoi. ¿Qué también les suena? Es muy posible, porque allí se rodó parte de la famosa película de Indochina. En el barco en que la navegamos, nos pusieron la película por la noche. Creo, a ciencia cierta, que nadie la vio. La mayoría se dedicó a emborracharse.

Aquí termina este viaje. Una vez más por el continente asiático. Como siempre acabamos hablando de comida, comentaré que después de llegar de Laos, la suculenta y sabrosa cocina de Vietnam fue como un vaso de agua para alguien que ter­mina de cruzar el desierto.

 

 

Este es mi Nepal

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Otro viaje recuperado, del colaborador que más kilómetros (de largo) ha hecho de todos. Ni juntándonos sumamos tantos como él. Y menos con ese ojo que tiene.

Por Santiago Criado (Texto y Fotos)

Este viaje comienza en Barajas. Pero no en Barajas pueblo sino en su aeropuerto. Podría parecer un aeropuerto cualquiera pero, justamente, en esta época ha­bía un escenario totalmente diferente: La gripe A. ¿Cómo puede afectar esto a un lugar lleno de gente hasta la ban­dera? Amigos, desconfianza. En estos momentos puedes ver lo peor de la raza huma­na. Un estornudo es motivo suficiente para que alguien te parta la cara. Ante la crisis sanitaria que acontecía decido ponerme una máscara durante todo el viaje. Ahora se lo que sentía el rey del pop cuando no que­ría contaminarse. Realmente, en estos momentos, te das cuenta de lo bien que trabaja el miedo en voluntad de las personas. Llegamos a Qatar y la situación se dramatiza aun más. Allí, todos los emplea­dos del aeropuerto llevan su mascarilla. Antes, no men­cione que, en Madrid, no vi prácticamente ningún opera­rio con mascarilla: “Spain is Different”.

Después de un interminable viaje de algo más de 18 horas llegamos a Katmandú, capital de Nepal. Me siento como una sardina enlatada. Las compañías aéreas no tienen ningún tipo de escrúpulos. Si pueden meter 10 asientos en el espacio de 5, que así sea. Como toda Asia, cuando sales a la calle, lo primero que notas es la polución en el aire. Al momento, te empiezan a invadir decenas de personas luchando, entre ellas, para que les aceptes como chofer. Ya quisieran los comerciales de España tener el 10% de la perseverancia de los Nepalíes. Todavía recuer­do un tío que me quiso ven­der una daga. Me estuvo una hora siguiendo, entré a comer y cuando salí, continuó con su picapedreo hasta que ya el autobús iba tan rápido que no pudo seguirlo a pie. Eso son ganas de vender, coño.

En general, Nepal es un país con un encanto especial. Se nota, sobre todo, cierta deca­dencia y una época dorada ya pasada, que repuntaría hacia los 80. País por excelencia de los amantes del trecking y la montaña deambulan sin cesar por todas sus calles y recove­cos. Recuerdo haber visto a un escalador con dos mu­ñones por manos. Me figuro que los perdió en alguna de sus travesías a las codiciadas cumbres.

Lo que más sorprende del país es ver que la Marihuana crece por todos lados. En las cunetas de las carreteras, en el campo, en el huerto, en el jardín de tu casa, y cuando digo por todos los lados hablo de una auténtica invasión. Es tal, que es considerada una hierba mala y la gente las arranca. Qué desperdicio. Qué sacrilegio. Cómo osan. Otra de las cosas que llaman la atención son las incine­raciones al lado del río y a plena luz del día. Fui con un grupo de fotógrafos que, sin ningún tipo de escrúpulos, buscaban el pulitzer a través de la desgracia ajena cuan coyotes hambrientos.

Como recomendaciones, recordaría al viajero darse un paseo por el museo de los Himalayas. Recuerdo con especial atención el final de su exposición. Como avi­so y recordatorio de todas las toneladas de basura que se sacan en sus cordilleras, decidieron traer una pequeña porción para que la gente lo viese. Te das cuenta de que escalar un 8000 se ha conver­tido en un circo, en una feria. No hay compasión alguna por la naturaleza. Lo que importa es sacarse “la foto” con la banderita en la cima y ponerla sobre la mesa del despacho.

En resumen, diría que Nepal es un país muy hospitalario. Se respira un aire hippie, fruto de la moda que surgió en los 70 por encontrar la iluminación en sus cordille­ras. Si no te gusta el cilantro y el picante, su comida no está hecha para ti. Y cuan­do digo cilantro o picante, digo cantidades industriales en absolutamente todas sus comidas. Es también un placer recorrer sus librerías, llenas de libros antiguos sobre espiritualidad y escalada. Para aquellos que buscan un lugar en el que desaparecer es, defi­nitivamente, perfecto.