Hay dos o tres elementos que pueden definir un país. Si es joven, todavía menos. En el caso de EEUU, además de su geografía y su cultura audiovisual, el gran mito funcional (Revolución Americana aparte) es el Salvaje Oeste, la conquista de todo un continente por los colonos, que diezmaron culturas enteras. Sin embargo la construcción del mito fue diferente, como refleja la exposición del Thyssen-Bornemisza.

Olvídense de matanzas, mentiras, trampas, guerras… eso fue el Oeste histórico y real, porque el que quedó fijado en consciente colectivo americano se construyó primero con pinturas y relatos, luego, ya en el siglo XX, con cine y televisión. Pero la primera fase de la reconstrucción idealizada de la conquista del Oeste se hizo a través de los famosos relatos a veces escandalosamente falsas de pistoleros, cowboys y villanos. Sin embargo la imagen estética la crearon los pintores norteamericanos, todos reunidos en la exposición ‘La ilusión del Lejano Oeste’ (hasta el 7 de febrero próximo). Algunos de los lienzos pertenecen a la propia colección permanente del Museo, la única en España con obra de estos pintores, reflejo de la pasión del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza por las narraciones literarias, cinematográficas y artísticas sobre el Oeste.

Esta exposición propone, por primera vez en España, seguir los pasos de los artistas que en el siglo XIX abrieron el camino al Oeste estadounidense para representar sus paisajes y las formas de vida de sus pobladores, las tribus indias. Hicieron visible el mito de un territorio salvaje, paradisíaco y peligroso, de una grandiosidad natural asombrosa. Con un prólogo dedicado a los exploradores españoles que establecieron los primeros contactos con las tierras y las tribus al oeste del Mississippi, la exposición ilustrará las apasionantes aventuras artísticas de Karl Bodmer, George Catlin y William S. Curtis, que documentaron, entre la precisión y la licencia etnográficas, costumbres, rituales y fisionomías; o las de los paisajistas que, como Albert Bierstadt, Thomas Moran o Thomas Hill, pintaron con ambición escénica la tierra prometida.

Estos artistas contribuyeron a crear desde muy pronto una “ilusión” del Lejano Oeste, combinando el entusiasmo romántico y la admiración genuina con los tópicos, prejuicios y expectativas que enturbiaban la mirada del hombre blanco; una imagen que en adelante se convertiría en el mito del indio salvaje, viviendo en las praderas en comunión con la naturaleza, muy alejado de la visión que el cine popularizaría años más tarde y que estuvo centrada en mostrar el punto de vista de los ocupantes y las fatigas y peligros a los que tuvieron que enfrentarse. Así pues el mito es doble: la del buen salvaje que fue masacrado y la del enemigo que a su vez masacraba a los colonos y justificaba la guerra.

Sin embargo fue un proceso histórico largo, que arrancó desde el mismo momento en el que nacieron los Estados Unidos (entre las primeras decisiones oficiales estuvieron la parcelación y delimitación de las futuras nuevas tierras para colonizar, siempre hacia el oeste) y que se prolongaría hasta finales del siglo XIX. De hecho el Oeste no empezó a contribuir decisivamente al país hasta su industrialización durante la Segunda Guerra Mundial y en los años 50 y 60. Porque lo salvaje era la marca de aquella tierra: la mayoría de la población se apelotona, todavía hoy, entre la poblada Costa Este y la desarrollada Costa Oeste (California sobre todo), con islas intermedias (Texas, Nevada, el río Mississippi). La conquista era el sino de aquella joven república que ansiaba expandirse más allá.

La pintura sirvió pues como una clave. Mientras en Europa se experimentaban todas las vanguardias posibles, la pintura americana se partía en dos: unos intentaban crear el impresionismo americano, primer paso para la explosión estética que viviría el país a partir de los años 40 (en parte por la llegada de los exiliados europeos de la guerra), y otros creaban el mito nacional de espacios abiertos, Naturaleza omnipotente, tribus primitivas pero mejor instaladas que los blancos. Su pintura tuvo buena acogida comercial, ya que la burguesía y las autoridades eran sus clientes y mecenas. Casi siempre era arte realista, figurativo y heredero de lo académico, sin ganas de romper. Es casi pintura naturalista. Culmina, además, con la célebre fotografía de D.F. Barry de 1885 en la que se ve a Toro Sentado en su estudio, domesticado, aburguesado al estilo americano.