Quemados, congelados, desecados, expuestos al espacio exterior. Son casi indestructibles. Nada acaba con ellos, apenas 0,5 mm de longitud y un ADN extremadamente primitivo pero eficaz, pueden soportar cualquier cosa y abren la puerta a aplicaciones médicas y fisiológicas futuras para la Humanidad.

Hervido, irradiado en el vacío del espacio, congelado, deshidratado hasta convertirlo en una momia, sometido a décadas de hambre… y seguirá vivo. Han soportado hasta 1.200 atmósferas de presión, ser expuestos en disolventes ácidos o sometidos a temperaturas cercanas al cero absoluto, cuando la actividad subatómica de la materia simplemente se para. La muerte total. Pero nada. Una forma de vida que bien podría llamarse Rasputín por su persistencia en sobrevivir a pesar de las múltiples pruebas asesinas a las que ha sido sometido. Pero en realidad se llama Milnesium tardigradum, también conocidos como “osos de agua”, aunque ya son universalmente reconocidos como tardígrados. Y son famosos. Por dos razones muy poderosas: serían la única forma de vida que sobreviviría a un holocausto estelar al estilo de un bombardeo solar masivo, y porque su simplicidad biológica es extremadamente efectiva y eficaz. No importa la temperatura (alta o baja), la ausencia total de agua o las condiciones ambientales, modulan su metabolismo y forma para sobrevivir, aumentando o disminuyendo de tamaño y alterando sus funciones internas.

Parecen ositos de peluche sin pelo, con seis patas y una simple boca, algodones de azúcar hinchados cuando están en el agua y resecas uvas pasas en ausencia de la misma. La prueba definitiva la hicieron hace no demasiado en el espacio: mantuvieron en el exterior a los tardígrados el tiempo suficiente para recibir radiación solar y cósmica suficiente para matar a cualquier forma de vida (más de 6.000 unidades de medición, cuando apenas se superan los 100 en las máquinas humanas), incluyendo el hecho de que no tenían ambiente atmosférico y estaban sometidos a las variaciones térmicas extremas del espacio. Y sobrevivieron. No es la primera vez que una forma de vida terrestre soporta eso: ya se habían hecho pruebas antes con bacterias y virus, pero nunca un ser pluricelular articulado había demostrado tanto afán por la vida. Pero no es deliberado: su diseño biológico es extremadamente funcional, y abre las puertas para futuras aplicaciones a todos los niveles en los humanos.

Tardígrados enquistados, a la espera de que vuelva a existir agua suficiente para revivir

Y son muy pequeños. Mucho. Apenas superan los 0,5 mm de largo y forman parte de una extensa familia de seres microscópicos que incluye a cerca de un millar de subespecies, todos englobados con el nombre tardígrado, pero hay mucha variedad interna. No tienen sistema circulatorio, respiratorio ni excretor, y practica la criptobiosis: metabolismo reducido hasta casi enquistarse, reducir un 95% su volumen de agua y volver de nuevo. Viven en cualquiera lugar donde haya agua, sea cual sea su temperatura, y su tamaño hace que puedan vivir incluso en el rocío que se acumula sobre el musgo. Además, su particular condición biológica no le hace ascos a casi nada, incluso las fosas oceánicas, donde también se han encontrado tardígrados, sometidos a una presión extrema de decenas de atmósferas. Son supervivientes natos. Son luchadores. Son, por así decirlo, microscópicos superhéroes de la Naturaleza. El tono con el que se habla de ellos hoy en día en los medios es precisamente ése, el de un prodigio natural casi indestructible. Y eso sin ser lo que en ciencia se denomina extremófilos, seres diseñados para ambientes extremos: son formas de vida normales que a pesar de ser sometidas a todo tipo de variaciones, sobreviven.

O mejor dicho, resucitan. Una de las particularidades de los tardígrados es que no funcionan como una forma de vida invulnerable, sino que alteran su fisonomía y fisiología lo suficiente como para entrar en un estado de muerte latente de la que luego regresan. Por ejemplo: si son congelados a temperaturas de -20º C, reducen su actividad lo suficiente como para quedar hibernados en un funcionamiento biológico que raya la muerte. Pero siempre queda una actividad celular mínima que sirve de motor de recuperación una vez las condiciones ambientales cambian para mejor. Algo parecido ocurre si son sometidos a un calor y sequedad extremas: reducen su tamaño, liberan líquidos internos hasta “jibarizarse” biológicamente para no consumir e usar el mismo mecanismo de vida latente hasta que cambie el escenario. Son, por así decirlo, los seres que marcan la frontera de la resiliencia ante la muerte de la vida conocida. Y un buen ejemplo de cómo podría ser la vida en otros lugares del Universo, fuera de la Tierra. A partir de los tardígrados se podría imaginar cómo sería la vida en Marte, Europa, Encelado o Titán.

Así pues tenemos tres ventajas con los tardígrados: usarlos como ejemplo de adaptación fisiológica ante cambios ambientales, un modelo para la vida extraterrestre y también un punto de arranque para potenciales “colonizaciones” biológicas de los mundos que el ser humano conquistara para sí. Está por ver si un tardígrado podría sobrevivir en un barreño de agua en la superficie de Marte (en un ambiente sin oxígeno, sometido a una intensa radiación solar y cósmica porque la atmósfera marciana es débil y el planeta apenas tiene campo magnético protector, y con unas temperaturas extremas), pero desde luego si alguna forma de vida pudiera, sería ella. Hay que pensar que la muerte de un tardígrado, aparte del simple método de aplastarlos físicamente, o quemarlos, sería la total y absoluta ausencia de agua, una situación muy particular que ni siquiera se da en Marte, donde hay depósitos de agua congelada bajo superficie.

Actualmente los tardígrados son estudiados en múltiples vías también para aprovechar sus peculiaridades biológicas como campo de pruebas médicas. Quizás incluso algún día se pueda trasladar su funcionamiento interno a terapias en humanos que permitieran mejoras, en por ejemplo, la hibernación, la cura de enfermedades crónicas graves o incluso la regeneración celular. Pero por ahora sólo son proyectos. Seguirán adelante, y los tardígrados seguirán ahí, en un simple vaso de agua, durante décadas.

Indestructibles incluso al Apocalipsis

Una investigación reciente, publicada en Scientific Reports, con algo de frivolidad incluso en su objetivo (pero no por ello menos interesante) trataba de determinar si alguna forma de vida sobreviviría a un cataclismo parecido al que mató a los dinosaurios, un impacto de un meteorito que paralizase la fotosíntesis, los ciclos vitales e incluso alterara la composición de la atmósfera. Incluso qué pasaría si una oleada de radiación cósmica proveniente de una explosión estelar alcanzar la Tierra. Resultó que los tardígrados serían una de las pocas cosas que podrían sobrevivir. Nuestros campeones. Una supernova no acabaría con la vida en la Tierra. Su peor impacto sería que pudiera hervir y evaporar toda el agua del planeta, lo que requeriría una cantidad inmensa de energía (5,6 x 1026 julios) y que la explosión de la estrella que generara la supernova estuviera muy cerca. Mucho. Concretamente 0,04 pársec (1 parsec equivale a 3,26 años luz), una distancia a la que no hay ninguna estrella de nosotros. La más cercana es Próxima Centauri, que está a 1,295 pársec. Si ésta explotara nos llegaría parte de la onda en forma de radiación, pero no sería suficiente para matarnos. Y además nuestra vecina no parece tener intención de hacerlo en millones de años.

La lluvia de rayos gamma tampoco acabaría con la vida, sobre todo si tenemos en cuenta que un tardígrado puede aguantar 6.000 Gy, una medida de radiación altísima, miles de veces la que recibe un humano. Además, si estuvieran bajo el agua, los rayos gamma quedarían atenuados, destruirían la capa de ozono y matarían la vida en superficie, pero no bajo el agua a una profundidad media. Y finalmente el asteroide. Si tomamos como medida el último más letal, el que acabó con los dinosaurios y el 75% de las especies en aquel momento, tampoco sería definitivo. Para acabar con los tardígrados habría que evaporar toda el agua del planeta, y ni aún así: el agua subterránea quedaría como depósito protegido, y allí también podrían sobrevivir los tardígrados. Actualmente sólo hay 17 cuerpos estelares que podrían generar un impacto tan grande, incluyendo Plutón, que no parece estar dispuesto a salir de su órbita para chocar con la Tierra. Es decir, que la vida sobreviviría. No estaría la Humanidad, pero sí muchas otras especies que reiniciarían el largo camino de miles de millones de años que las formas biológicas iniciaron tiempo atrás.