Vamos a proponeros uno de los cómic más extraños y al mismo tiempo atrayentes de los que se pueden conseguir hoy en día: la adaptación de ‘Tristram Shandy’, joya de la literatura inglesa, a la novela gráfica.

Sin duda una de las rarezas más fascinantes en muchos años, una adaptación al mundo del cómic de una de las novelas más inglesas y al mismo tiempo clave para entender buena parte de la cultura ilustrada y contemporánea de la isla. Gana más fuerza cuando se entiende que hace poco (en 2005) Michael Winterbottom la adaptó a la gran pantalla. El autor original es Laurence Sterne, que creó con ‘Tristram Shandy’ una brutal obra humorística sobre su tiempo y su mundo (el siglo XVIII inglés) que le emparentó con Johnatan Swift y con una tradición ejemplar de compromiso intelectual. Por algo era de origen irlandés.

El cómic lo publica Editorial Impedimenta con el título de ‘Tristram Shandy’ e ilustrada por Martin Rowson (23,95 euros), traducida por Juan Gabriel López Guix y con encuadernación de lujo dentro de la colección ‘El chico amarillo’, destinada a unir el mundo de las letras con la novela gráfica. En realidad es un truco de marketing de Impedimenta para vincular al cómic a los lectores literarios de toda la vida. Así, han publicado ya biografías sobre Boris Vian (otro rompedor profesional), Thoreau o Virginia Woolf. Pero se dirigirán a nuevos públicos gracias a esta Tristram Shandy y también las futuras versiones de ‘Huckelberry Finn’ o ‘El fantasma de la Ópera’.

Una peculiaridad: los dibujos son de 1996, pero se publican ahora en España, en parte por la poca educación cultural anglosajona de nuestro país y también porque el caballero Shandy es quizás demasiado complejo como para ser abarcado por el cómic nacional. Rowson tardó tres años en culminar su trabajo. Y finalmente Impedimenta se ha atrevido a publicar una obra maestra de los 90 con el genial toque satírico y despiadado de Rowson con detallados dibujos que recuerdan a las obras oficiales de paisajes y momentos históricos del neoclasicismo, y donde él también entra y sale de la historia. Rowson se retrata a sí mismo hablando incluso con Shandy.

Retrato de Laurence Sterne

Hay que ponerse en situación primero: ‘La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy’ es una obra compleja publicada en nueve volúmenes, primero en diciembre de 1759 y finalmente a lo largo de los siguientes ocho años. Fue un éxito de su tiempo, hizo famoso a su autor pero vapuleada por los críticos de aquella época, que no entendieron el humor y el aire extravagante que inundaba toda la historia. Medida al milímetro, se ha convertido en el cénit de la literatura humorística inglesa y occidental, hasta el punto de que casi todo lo que vino después (desde Chesterton al genial Tom Sharpe) fue en parte inspirado y desarrollado a partir de las estructuras literarias de esta magna obra que murió con su autor. Al fallecer de tuberculosis en 1768 Sterne no pudo culminarla.

Tardaríamos una eternidad en hablar de la enorme obra, un clásico que no ha parado de reeditarse generación tras generación en Reino Unido e Irlanda, pero a grandes rasgos narra en primera persona el espíritu humorístico, picaresco y extravagante de Tristram Shandy, que da vueltas y vueltas narrativas sobre cualquier tema para colar anécdotas personales sin llegar nunca a ningún lado. El lector literalmente se vuelve loco intentando saber qué ocurre con Shandy, pero en lugar de avanzar se ve envuelto en una densa red de juegos y bromas que lo detienen. Es como una gran red de historias en las que Shandy conecta con cada vez más gente y personajes familiares, amigos, vecinos o desconocidos. Tristram se desvanece de las páginas porque el narrador, que no deja nunca de ser él mismo, se pierde en las historias de muchos otros. Resumiendo: una joya.

En la novela gráfica el caos también es parte indispensable de la historia, la incapacidad de crear una trama lineal y sencilla para mentes igual de ordenadas y sencillas. Para eso están los grandes novelones. Porque aquí Rowson tiene la tarea titánica de meter en vereda ese caos (con orden de fondo) para que pueda ser digerido e igualar el mismo efecto satírico y desmadrado de la obra literaria. Sterne se marcó la primera y verdadera “antinovela” de la Historia y dio paso a un nuevo mundo de papel y tinta. Y ahora de dibujos que unen, un poco más, a la literatura con el cómic. Porque en el fondo queda la idea de que la vida es difícil, dura, compleja, inabarcable, fantasiosa y, en manos de un escritor como Sterne, en un rompecabezas diseñado para no dar descanso. Tan cerca de Swift como de el barón de Munchausen o las repentinas extravagancias de Beaumarchais. Incluso de Rabelais, pero sin barroquismos sinsentido, más bien con todo el sentido.

Rowson utiliza todos los trucos de Sterne, como el de poner narices gigantes a diestro y siniestro, un realismo satírico fuera de toda duda, el humor de corte sexual como una referencia más hacia todo tipo de simbolismos sobre el poder… una más de la lista sin fin de ambigüedades de una novela larga como una vida misma y que narra siempre con el miedo a que se le entienda mal, precisamente con la idea de que se le tenga que entender mal y con dobles sentidos. En realidad Rowson pone faz visual a un texto que no tiene nada que envidiarle (y probablemente supera en ocasiones) la verborrea taimada de Quevedo. Al alto nivel literario y artístico se une la encuadernación, un regalo para la vista del lector: tapa dura, lomo forrado, papel de calidad y una coqueta cinta para marcar las páginas, como en los libros de editorial cara. Es decir, una joya para lectores auténticos y fans del cómic de gran nivel. 

Portada de la novela gráfica