Cada vez va a ser más común encontrar mundos binarios como el que retrató George Lucas en ‘Star Wars’, como Tatooine, el hogar de origen de Luke Skywalker: dos soles atrapados entre sí por la gravedad que hacen girar a su vez a su alrededor a decenas de planetas.

Los astrónomos saben que existen, los han encontrado y las teorías físicas (así como las relaciones íntimas que pueden generarse a través de la gravedad) demuestran que los sistemas binarios son mucho más comunes en el Universo de lo que se piensa. Basta pensar en Plutón y Caronte, planeta enano y luna cuyo tamaño es tan parecido que literalmente bailan un tango agarrado en los confines del Sistema Solar. También ocurre con otros cuerpos estelares, como los púlsares que quedan atrapados en órbitas junto a estrellas a las que literalmente machacan expeliendo material y radiación a gran velocidad. La gravedad y la correlación de fuerzas entre dos cuerpos son las premisas para que este tipo de situaciones supuestamente marginales sean en realidad muy comunes. Sólo hace falta que la masa de ambos sea lo suficientemente grande y equiparable (que no igual) para que estos bailes ocurran.

Diego J. Muñoz (Universidad de Cornell) y Dong Lai han elaborado un estudio publicado hace poco en la revista Proceedings que parece un manual para encontrar los sistemas estelares binarios y encontrar esos planetas Tatooine. La idea central es medir con precisión la relación y las órbitas binarias y comprobar si alguna de las dos estrellas sufre algún tipo de perturbación, la mejor forma de encontrar una masa secundaria presente en ese baile (es decir, exoplanetas). Es pura matemática: una vez que se mide con certeza los movimientos teóricos de ambos soles es relativamente fácil observar si hay variaciones en su movimiento respecto al plan inicial. Eso permitiría presuponer que hay algo que orbita ambos soles y que altera el modelo. De esta forma se podría saber si hay exoplanetas sin necesidad de esperar a que alguna sombra pase por delante del reflejo estelar, el método más usado para hallar exoplanetas.

Los sistemas binarios son tremendamente potentes por la cantidad de fuerza gravitatoria que generan. Algunos instrumentos como el telescopio Kepler es un auténtico cazador de planetas y lleva años enfocando a los potenciales sistemas de este tipo, fáciles de ver ya que las órbitas suelen durar apenas unos días, entre 8 y 100, lo que en mediciones estelares es un suspiro. Pero la distancia respecto a ellos hace que sea complicado ver los llamados “sistemas compactos” que los “laxos”, es decir, que es más fácil ver sistemas binarios de órbita larga (los soles están muy separados entre sí) que los que están muy juntos. Por ello se pierden muchas oportunidades en la feroz carrera por encontrar más exoplanetas. Un buen ejemplo llegó en 2011: ese año el Kepler encontró Kepler16b, un exoplaneta yermo pero que es un auténtico Tatooine: tiene doble crepúsculo, dos soles.

El problema de los sistemas compactos es que las estrellas pierden fuerza y se acercan progresivamente, lo que no augura nada bueno para los sistemas que los orbitan. No es tanto por la posibilidad de que las dos estrellas colisionen sino que el desbarajuste de fuerzas gravitatorias es tan grande que literalmente las órbitas planetarias se deshilachan, con lo que es muy complicado encontrar esos planetas si no pasan por delante del brillo solar. Por eso es más fácil buscar desde las pizarras: la clave no está en esperar a que un punto negro pase por delante del sol sino deducir su existencia a partir de las perturbaciones entre cuerpos. Es decir: tirar de pura inteligencia matemática más que pasar los días frente a un disco solar a que “algo” lo cruce.

Tatooine, del cine a la realidad

El nombre oficial es “planeta circumbinario”, aquel que orbita alrededor de dos soles, y su origen no tiene nada que ver con el nuestro: los planetas migran. Literalmente estos planetas son vagabundos que acaban enlazados por la fuerza gravitatoria de ambas estrellas según un estudio de la Universidad de Bristol, que ha determinado por qué existe esta anomalía. En el imaginario colectivo están esos planetas donde en el horizonte aparecen otros planetas o lunas más grandes, y luego está esa rareza de Tatooine, el planeta hogar de Luke Skywalker en ‘Star Wars’, con una puesta de Sol extraña donde hay dos soles.

Estos mundos se forman lejos de las estrellas y luego migran hasta formar el sistema. Porque un sistema binario es algo marginal pero real en el Universo: una situación extrema por las perturbaciones gravitacionales que provoca la existencia de dos estrellas activas en un “espacio” reducido. No sólo se trata de las alteraciones entre ambos soles, también los que provoca que haya un planeta y las que sufre éste por estar cerca de ambos. Las fuerzas son tan grandes que normalmente los planetas pueden terminar desgarrados, deformados o colisionando entre sí.

La mayoría de estos planetas circumbinarios se han formado mucho más lejos de las estrellas binarias centrales y luego han migrado a su ubicación actual. Es decir, serían el resultado de uno de esos planetas errantes sin sistema que existen en el universo, grandes planetas con su propio campo gravitatorio que, sumidos en la oscuridad del vacío, se asemejan al Holandés Errante en busca de un puerto. Pero el destino no es enlazarse con un sol salvador sino terminar en medio de una pelea entre dos estrellas, sus campos magnéticos y gravitatorios. Algo que sólo puede terminar mal.

Además estos sistemas son muy malos para la formación in situ de planetas que no hayan sido “cazados”: las tensiones gravitatorias son tan fuertes que darían al traste con cualquier fase de formación de planetas rocosos, ya que el resultante podría ser destruido cuando todavía no ha nacido. Esta información es clave para seguir con la maratón para encontrar más y más exoplanetas en busca de una nueva Tierra. Ahora sabemos que Tatooine, de existir, no sería tan habitable como en ‘Star Wars’.