Clásico (y clasicista), detallista, “suntuoso” y seductor, el retratista de un orondo Napoleón en el trono y de odaliscas en todo tipo de poses, el último de los rafaelistas que también sirvió de puente hacia el siglo XIX y los grandes cambios. Desde mañana El Prado abre sus salas a este artista. 

Ante todo Jean-Auguste-Dominique Ingres fue un esteta como ha habido pocos. Esteta en el sentido de que la forma era tan importante que el fondo (incluso más si tenemos en cuenta que algunas de sus ideas artísticas fueron sustituidas por él mismo en vida). El resultado es un artista que conoció como nadie las dos variantes de su oficio: por un lado un trabajador incansable de su propio estilo, de inspiración rafaelista en cuanto que para él la belleza estética, la delicadeza de formas y la sutileza lo eran todo. Por otro, el de trabajador incansable al servicio de los gustos de su época, empezando por la nueva y pujante burguesía fundadora del nuevo capitalismo occidental. Ella, mucho más que las cortes o los aristócratas (aunque también, como los Alba en España), auspició los cambios estéticos que llevarían a Ingres a hacer bastantes variaciones en su carrera, desde las piezas religiosas a las costumbristas que tan bien se vendían.

Todo ese compendio de fronteras (entre el clasicismo del XVIII y el nuevo orden decimonónico) se resume en la exposición que el Museo del Prado inaugura mañana con 70 piezas de Ingres que abarcan todo lo que tocó: retratos, grandes escenas históricas, pintura religiosa, mitológica y costumbrista. Titulada simplemente ‘Ingres’, estará abierta hasta el 27 de marzo y abre una nueva visión para el público en relación con un artista pocas veces visto en España, donde no se prodigó. Lo hace de forma cronológica, con especial atención al género del retrato, donde quizás alcanzó la cima junto con Velázquez. Nunca fue un tipo de arte de su gusto, pero esa burguesía enriquecida le reclamaba, y pagaba. Y un artista no vive del aire. Lo que ansiaba Ingres era ser un gran pintor de temas históricos que sirvieran de máximo marco de expresión artística y al mismo tiempo lección para la ciudadanía. Una ambición que tuvo que dejar atrás en un punto concreto de su vida al verla agotada.

Dos ejemplos de pintura histórica y clásica: ‘Edipo y la Esfinge’ y ‘Virgilio leyendo la Eneida a Augusto’

Ingres es un gran desconocido para los españoles, uno de esos artistas que quedan entre el mundo moderno del XVII y el XVIII y el arte contemporáneo inaugurado por los impresionistas. Sus cuadros son identificados a la primera oportunidad como referentes culturales, pero su figura y su obra en particular no son bien conocidos. Como decía antes, un creador de frontera, como un punto basculante entre un mundo y el siguiente. Clásico desde fuera, innovador desde dentro. Su paso por Roma y Florencia bajo la época napoleónica fueron vitales para entroncar con Rafael, también con los franceses del mismo corte como Poussin, para luego ser influencia principal (especialmente en España). Sus primeros pasos los dio con su padre, un buen pintor de provincias que canalizó en su hijo todo lo que él no pudo conseguir. Hizo de cicerone, maestro y guía durante los primeros años del joven Jean en la Academia de Toulouse hasta que conocer al otro monstruo de su tiempo, Louis David, que se convertiría en su maestro en segunda fase.

Le tocó vivir París en la etapa revolucionaria, no en la definitiva sino más bien en la postrera de la traición del Directorio y Napoleón. En 1797 llegaba a la gran capital y se inscribía como discípulo de David y de la École des Beaux-Arts. Destacó por su tesón y estudio aplicado frente al resto de alumnos, aislándose de la locura revolucionaria. De ideas claras respecto a su oficio, este mismo método de introspección y aislamiento lo usaría más tarde en Italia. Resultado: su estilo se depuró y evolucionó hacia un grado superior. Allí, donde coincidió con la dominación francesa de la península (sobre todo de Roma), pudo mejorar y recrear una de sus grandes obsesiones, la tradición clásica y su escenificación en grandes cuadros. En ese momento era el más clasicista de todos, con una misión personal: convertir la Historia Antigua en un referente para los nuevos tiempos de Francia. Su estética y su temática se daban la mano perfectamente.

Tres ejemplos del retrato masculino según Ingres: Ferdinand Phillippe (duque de Orleans), Louis-François Bertin y F. Marius Granet

Finalmente logró el mayor reconocimiento que existe, el Grand Prix de Roma (1801). Pero no eran tiempos como los actuales: el “cheque”, o mejor dicho, el premio económico, no llegaría hasta cinco años más tarde. Durante esa etapa se dedicó a romper los moldes del retrato y de la figuración costumbrista (frente a la tradición academicista francesa) para poder comer. Sus retratos de esta época reflejan la plenitud de los modelos italianos, el colorismo de los flamencos y unas sutiles reminiscencias goticistas que revelan la asimilación madura de los modelos de la tradición de la pintura reunidos en el Louvre napoleónico. Al mismo tiempo, constituyen el mejor adelanto de la vía artística independiente que emprendió en sus años romanos. Fue retratista a su pesar, siempre con el prejuicio estético y formalista por bandera: pero el plato no se llenaba y había que servirse del talento para hacerlo.

La necesidad de ajustarse al valor jerárquico de los géneros pictóricos hizo que intentara apartar su talento para el formato en beneficio de su misión personal como pintor de la Historia en coherencia con su formación clasista e ilustrada. Sin embargo desde el principio demostró tener una capacidad inmensa para el retrato, especialmente a la hora de dotarlo de profundidad psicológica, algo que sólo los grandes saben hacer. De hecho su estética personal pudo por fin encontrar un punto de expresión perfecta a través del retrato, mal que le pesara a Ingres. Lo hizo además con cambios: David había optado por el modelo romano de desnudo heroico y marcial, mientras que Ingres dejó de lado los hombres y optó por crear el canon del desnudo femenino que quedaría fijado en la retina con las Odaliscas, fusión del gusto por el exotismo oriental de la sociedad europea de la época y su talento artístico para recrear formas progresivamente más sutiles. Aquí fue donde rompió con el viejo academicísimo hierático y lo hizo suyo, creando un nuevo tipo de retrato y de desnudo. La famosa Odalisca fue el primer ejemplo de desnudo moderno, sin ataduras formalistas.

Detalle de ‘El baño turco’, una de las grandes obras de desnudos de Ingres

Ingres, consciente de que la pintura de historia nunca satisfaría las ambiciones que había depositado en ella, se dedicó, tras su regreso de Italia, a repensar sus lienzos literarios y eróticos, pero sobre todo a los retratos. Estos suponían la posibilidad de introducir innovaciones en un género de moda, como quedó patente en cuadros como ‘Monsieur Bertin’ y ‘Ferdinand-Philippe de Orleans’ o su famoso retrato del ministro Louis-Mathieu Molé. La alta sociedad le encumbró, él pudo vivir de su arte y al mismo tiempo buscar espacio para nuevos caminos. Dividió sus retratos en dos: para los hombres todo era rotura de formalismos dentro de un ambiente sobrio para poder desplegar toda la psicología del retratado; para las mujeres siguió con la citada modalidad sugerente. En el caso de las mujeres de la alta sociedad, a las que no podía pintar desnudas, Ingres optó por ser un detallista sin límite con atención a la moda de la época. Reflejaba en esos cuadros de mujeres burguesas hasta el último detalle, por mundano que fuera, desde lo rizos del pelo a los pliegues de la carne en el cuello, reservando el idealismo para sus desnudos.

También pintura religiosa

En un siglo donde el conservadurismo de la alta sociedad y de la derecha política se hizo más presente, pero la vieja religiosidad se perdía a ojos vista, la pintura religiosa perdió pie en el mundo del arte. Faltaba poco para que los impresionistas rompieran por completo con el viejo mundo formalista de la pintura y la escultura, donde la religión dejaría de tener fuerza (espiritual y de mecenazgo) salvo para los artistas menores. En su época la pintura religiosa quedó en manos del romanticismo llegado desde Alemania, donde la exuberancia barroca dio paso a una quietud y piedad contenidas y místicas. Faltaba mucho todavía para el célebre Cristo cúbico de Dalí, pero Ingres creó su propio estilo dentro de esta corriente fusionando su actitud para la pintura histórica con la representación (histórica) de hechos de la Biblia. También recreó toda una serie de obras marianas que terminaron convertidas en más productos para vender en estampas. Era el siglo XIX y el arte empezaba a reclamar más al autor casi que la obra. Y eso se cobraba.

La condesa de Haussonville - Ingres 1845

Ejemplo de retrato femenino por encargo: ‘La condesa de Haussonville’ (1845)