Una alerta urgente en la Estación Espacial Internacional puso este año, otra vez, sobre la mesa, el riesgo de la basura espacial en órbita. Para las misiones futuras será un gran problema y un peligro de seguridad.
Un simple tornillo en órbita en el espacio, dando vueltas y vueltas a la Tierra, es uno de los mayores peligros imaginables, un dolor de cabeza para todas las agencias espaciales y la amenaza más grande para cualquier satélite. Con apenas cinco centímetros de largo, ese tornillo, a una velocidad de miles de kilómetros por la orbitación terrestre, sin erosión alguna al no haber resistencia en el vacío espacial, podría llegar a hacer un boquete en un transbordador, en la Estación Espacial Internacional (ISS) o dejar sin funcionamiento un satélite. Y el agujero no es a escala, sino que aumenta. Es una pesadilla, y el mayor recordatorio se dio este mismo pasado mes, cuando toda la tripulación de las ISS fue evacuada a la Soyuz a cientos de kilómetros sobre el planeta, para evitar un cúmulo de basura espacial que podría haber pulverizado el mayor sueño aeroespacial de la civilización.
La basura espacial que obligó a los tripulantes de la ISS a refugiarse en las naves Soyuz acopladas a la estación pasó a unos 250 metros de la plataforma, según fuentes del sector aeroespacial ruso, las mismas que añadieron en un comunicado internacional que “los restos fueron identificados demasiado tarde para que la estación pueda hacer una maniobra para evitar el impacto”. Cada nave tripulada tiene radares y sistemas de detección de basura en órbita, pero lo cierto es que a veces no da tiempo para “dar un golpe al timón”. Más o menos es como un barco en los polos tratando de evitar los icebergs, sólo que aquí no son masas de hielo gigante, sino en ocasiones un grupo de piezas o tornillos perdidos disparados a toda velocidad. Cuando la ISS se ve amenazada por la basura espacial, y el blindaje que lleva incorporado no es suficiente, se ordena a la tripulación que suba a bordo de la cápsula de rescate para poder dejar la estación si fuese necesario. Es el procedimiento de escape urgente habitual, y ocurre muchas más veces de lo que aquí abajo suponemos.
El catálogo de piezas calcula que hay más de 50.000 objetos en órbita mayores de un centímetro, el tamaño mínimo necesario para ser un problema. Casi todos en las órbitas bajas, un poco en las geoestacionarias, las más útiles y complicadas, vitales en las telecomunicaciones. Ya en 2003 había 10.000 perfectamente identificados, con un peso global por encima de las cinco toneladas, lo que da una idea de la gravedad para la carrera espacial. La misma, por cierto, que irónicamente, en este círculo vicioso, alimenta su propio problema: los componentes de las etapas de los cohetes son el mayor problema; queda muy bonito en los vídeos, pero algunos de esos fragmentos no se hacen polvo en la reentrada, sino que se dispersan en fragmentos más pequeños. Cerca de 100 toneladas de fragmentos generados durante aproximadamente 200 explosiones todavía están en órbita.
En 1991 comenzó a registrarse minuciosamente este efecto perverso de la tecnología humana: La primera maniobra oficial de la evitación de la colisión de la lanzadera espacial fue durante STS-48 en septiembre de 1991. Un encendido del sistema de control durante siete segundos fue vital para evitar un posible encuentro con restos del satélite 955 de Kosmos. Desde entonces ya van al menos tres colisiones en órbita terrestre. Siguiendo el llamado “síndrome de Kessler” (ver despiece ‘¿Qué es la basura espacial?’), cada colisión provocará exponencialmente más trozos sueltos, más basura espacial, en una progresión geométrica extremadamente peligrosa. El valor de esa progresión es que en 200 años habrá más de 18 colisiones, de todo tipo, desde satélites a estaciones espaciales y naves tripuladas.
Basureros espaciales
Una vez que se sabe cuál es el problema, la solución es extrema: simplemente, limpiar, puesto que evitar colisiones será casi una maratón en años futuros. Los expertos reconocen que hacer frente a este problema es complicado y costoso: básicamente habría que construir basureros espaciales, máquinas capaces de detectar esas piezas y anularlas, bien regresando con ellas a la tierra, o también lanzándolas contra la atmósfera para que se pulvericen en la reentrada. Con piezas pequeñas podría ser viable, pero con satélites enteros de varios kilos de peso, es muy peligroso. Otra opción barajada sería una “cordada de basura”, unir con cables los elementos más grandes y con un cohete lanzarlos al espacio profundo, lejos de las órbitas terrestres. Pero eso, a día de hoy, es más ciencia-ficción que realidad. Una tercera vía sería retrasar la decisión de qué hacer con la basura que hay y usar componentes en cohetes y satélites que pudieran, por decirlo así, autodestruirse sin dejar rastro en el futuro, cuando ya no sean útiles. Lo que sea antes de que llegue la mitad del presente siglo, cuando sea tal la maraña de basura que sea imposible lanzar nada al espacio.