Salto adelante en el desarrollo de miembros artificiales gracias a un experimento que conecta el sistema nervioso con la máquina directamente.

Dennis Aabo es un simple nombre en un papel, un ciudadano danés de unos 36 años sin más extravagancias que haberse dejado convertir en un conejillo de Indias para un experimento. No tiene mucho más que aportar que una vida marcada por una amputación: le falta la mano izquierda porque años atrás, durante unas vacaciones, la perdió al manipular fuegos artificiales con la familia. Un accidente que en España, adicta a la pirotecnia, tiene muchos émulos. Sin embargo se hizo famoso hace un par de meses por una simple razón: su mano biónica, capaz de sentir texturas, formas y detalles que hasta ahora sólo podía hacer una mano humana. Todo con gran parafernalia de cableado: el sistema está todavía en mantillas y necesita de varios aparatos externos para conseguir que Dennis sienta que agarra con su mano mecánica un simple vaso de plástico. Pero es un salto adelante hacia un futuro cada vez menos lejano.

La biónica forma parte del ser humano desde que el primer imitador del capitán Akab se ciñó una pata de palo. Entre Dennis y el marinero que cojea sobre el trozo de madera hay una distancia sideral pero el mismo concepto: hacer trabajar a la tecnología y la biología juntas para conseguir un fin. Es la definición aplicada de ingeniería biónica, la biónica a secas es algo más compleja y se define por la aplicación de soluciones biológicas a necesidades tecnológicas. Justo el proceso inverso de lo que todos piensan. Y sin embargo es una rama de la ciencia que no para de crecer en paralelo a la disciplina estrella a la hora de reconstruir al ser humano, la genética aplicada a células madre. La larga sombra del cyborg se cierne sobre nosotros a partir de estos detalles.

Mano biónica - Dennis Aabo 2

Dennis Aabo durante el experimento; en el centro, la mano biónica en primer plano

Dennis ha conseguido sentir el vaso en la mano mecánica gracias a un depurado sistema informático combinado con la ingeniería de precisión del tamaño de una mano humana. A grandes rasgos es la misma operativa de un brazo robótico pero conectado al cerebro de Dennis. Hasta ahora se habían conseguido muchas cosas: que el cerebro enviara señales a la mano biónica y ésta se moviera. Eso ya era una realidad. El problema era la modulación de fuerza, movimiento y tensión de los componentes para evitar que la mano aplastara el vaso de plástico. No es lo mismo sostener un frágil huevo que un vaso sólido de cristal. La máquina todavía no discernía porque no estaba realmente conectada a un nivel superior al cerebro humano.

Hoy en día el sueño las manos de Will Smith en ‘Yo, robot’ o Luke Skywalker en la escena final de ‘El Imperio contraataca’ por ejemplo, son una quimera, y menos a esa escala. Las manos biónicas más avanzadas a día de hoy apenas puede abrir y cerrar y sentir variaciones de calor. Poco más. Otra cosa es correr con prótesis, que, a fin de cuentas, son piezas regulables que no requieren de electrónica para funcionar. Una cosa es una pierna de fibra de carbono y otra muy diferente algo tan extraordinariamente complejo como una mano, para la que el cerebro humano reserva casi el 30% de su función motora para manejarla. Así de vitales son para nosotros.

La mano de Dennis es un sistema desarrollado por Silvestro Micera en coordinación con la Escuela Politécnica Federal de Lausanna (Suiza) y la Escuela Superior de santa Anna (Italia) que fusionó cirugía y mecánica. Dennis tuvo que pasar por una operación de varias horas para implantar electrodos en los nervios periféricos del brazo donde estaba la mano amputada, los cuales se conectarían luego a la máquina. La mano está unida por cableado a los tendones y al sistema nervioso del brazo biológico de Dennis, de tal manera que se aprovecha la anatomía natural humana para darle sentido a la propia mano, no al revés. Así, esos sensores permiten saber qué fuerza necesita la mano y cómo debe modularse para agarrar objetos enviando estímulos a los nervios sensoriales del brazo de Dennis. Su cerebro y la mano se conectan así a través del propio sistema nervioso, se crea una conexión directa entre hombre y máquina.

El gran salto que frenaba las prótesis biónicas, la falta de conexión real entre cerebro y máquina, ya está dado. Para probar si funcionaba Dennis se vendó los ojos y se puso tapones en los oídos, o música, de tal forma que no tenía estímulos sensoriales que le permitieran saber qué le ponían en la mano biónica: y fue un éxito, logró sostener los objetos sin aplastarlos y pudo manipular la mano en función de si era sólido, blando e incluso la forma. Nace así una de las primeras “neuroprótesis”; un paso muy concreto hacia delante que ha dejado a Dennis con un sabor agridulce: el experimento fue temporal y su vida diaria es con una mano que apenas puede abrir y cerrar. Quizás dentro de una década ya sea habitual.

¿Qué es la biónica?

A grandes rasgos es una variante tecnológica de la cibernética, disciplina que estudia la conexión y las aplicaciones de la unión de humano y máquina. Sin duda una de las más mediáticas de todas, porque entronca directamente con buena parte de la ciencia-ficción y de esa mitología futurista que ha encandilado al siglo XX y ya es una realidad en el XXI. De ellas han nacido desde Robocop a la mano de Dennis, pasando por los robots militares que imitan arañas. Pero no se trata sólo de eso: en realidad la biónica intenta solucionar problemas como amputaciones o limitaciones físicas que permitan al ser humano dar un salto adelante, desde poder coger un vaso de cristal hasta ver o tener un corazón mecánico. Si bien la biónica está más orientada a imitar a la naturaleza para otros fines es indudable que el retorno hacia lo biológico es su camino natural: primero se imita una mano humana y luego ésta es implantada en el humano. Las aplicaciones en medicina son infinitas, desde miembros amputados a ojos, oídos y corazones artificiales, siempre imitando a la vida real. Es otro camino paralelo a los órganos biológicos de laboratorio con un futuro abierto y de una utilidad fuera de toda duda.

El mito moderno del cíborg

En realidad todos somos cyborg o cíborg, dice un pequeño dicho moderno de los ingenieros. Muchos llevamos relojes en la muñeca o usamos el móvil para casi todo. Somos seres biológicos unidos a máquinas para que nuestra vida sea más fácil o lleguemos allí donde nuestros cuerpos no nos dejan. La palabra surge de la unión de cibernético y organismo, y se define por la composición de elementos orgánicos naturales con dispositivos tecnológicos con la intención de mejorar el potencial orgánico. Es decir: coja usted el móvil y consulte el tiempo. Según la definición clásica ya es usted un cíborg. Pero en realidad va más allá. En la ciencia-ficción es un género en sí mismo, el cine está lleno de cíborgs o de personajes que son cíborgs discretos o limitados.

Por ejemplo, y volviendo al modelo de Will Smith en ‘Yo, robot’, un brazo mecánico más fuerte y casi indestructible unido al cuerpo. Pero eso es el horizonte lejano, el cercano son las personas con marcapasos (quizás el mejor ejemplo actual que podemos hallar) o los sordos que vuelven a oír gracias a los implantes cocleares. Sin embargo lo que no debemos hacer es confundir cíborg con androide. Olvídense de ‘Blade Runner’ porque es una cuestión bien diferente: en la literatura sci-fi suele confundirse pero lo cierto es que un androide es una máquina de apariencia humana que incluso puede actuar como tal, pero no es lo mismo. El concepto de cíborg parte de la vida humana para fusionarse con la máquina, es justo el camino inverso.